Opinión

No hubo adiós

"La mirada retrospectiva permite a Héctor comprender que detrás de la vida de sus padres hay una historia digna de contarse"



“Las veo siempre juntas y juntas están siempre
en mi cabeza… Luisa es la mano dura, Emma la suave,
Luisa la autoridad y Emma el permiso; la una regaña y
la otra sonríe. Son el padre difícil y la madre cómplice…”.
Adiós a los padres— Héctor Aguilar Camín

En el territorio de nuestras vidas las licencias a las que pueden recurrirse son infinitas. El espacio es ancho y el tiempo elástico. Los recuerdos enturbian la memoria. Agrandar o minimizar los hechos son las dos caras de una misma historia. Por más que uno intente apegarse a la realidad jamás deja de fabular. El relato puede alargarse más allá de la brevedad de las vivencias. Pudo haber sido un instante, ¡para nosotros toda una eternidad! Hay mucha invención. El disfraz con que arropamos la vida de nuestros padres —también de nuestras madres y hermanas— siempre es el resultado de la combinación —en variadas proporciones— de distintas emociones. Los géneros para verter la historia van desde el testimonio, la crónica, la biografía, el ensayo, el drama y la investigación periodística. Se puede elucubrar a la carta.

En la medida que nos distanciamos de la realidad nos aproximamos a la ficción. No siempre de manera deliberada. ¿Será que empezó por novelar la vida familiar y al final terminó oscilando entre la crónica, la biografía y el testimonio? Una pregunta que me hice varias veces, en la medida que me internaba por el torrente afectivo de Héctor Aguilar Camín al develar su historia familiar. ¿Cuánto de esto será verdad o es mentira? ¿Acaso importa? Adiós a los padres, Random House, México, (2014), ratifica la inexistencia de géneros literarios puros. No es una novela en sentido clásico como aducen los editores. El escritor se sintió tentado de rememorar las vicisitudes de su padre, la dulzura de su madre y la claridad de su tía Luisa, tributo a una deuda impagable. Las dos fueron el verdadero sostén de su vida y la de sus hermanos.

Comparado con El amor en los tiempos del cólera, (Alfaguara, 1985), homenaje de García Márquez a los amores descarriados de su madre, Luisa Santiaga, con su padre, Gabriel Eligio, Aguilar Camín en Adiós a los padres, no intenta convertir en ficción los altibajos y tropezones familiares. El mexicano busca rescatar del olvido la historia de Emma Camín, la cubana, y de Héctor Aguilar Marrufo, maderero chetumalense. Traza el itinerario sin realizar concesiones. En ocasiones evita trastocar la realidad. Adulterar hubiese significado disminuir el orgullo que siente de ser hijo de dos mujeres fuertes, empecinadas en derrotar la adversidad. Mujeres con enorme carácter. No abandona la brújula. Se ciñe a ella para no extraviar el camino. Dónde es más fiel su relato, ¿cuándo graba y transcribe o cuándo colma vacíos auxiliándose de su imaginación?

La mirada retrospectiva permite a Héctor comprender que detrás de la vida de sus padres hay una historia digna de contarse. Puedo ir más allá. Estoy convencido que la vida de muchísimas familias merece ser contada, solo que no disponen de un escribidor como Aguilar Camín. Esta es la gran diferencia. El hijo hurga a fondo para revivir el drama. Su abuelo Lupe, elegante y adinerado, un padrote monumental como el coronel Aureliano Buendía, tuvo tantos hijos como se le antojó. No solo con su abuela, Juana. Transgredió los linderos hogareños. Desparramó su progenie más allá de las fronteras mexicanas. En Belice no solo despaló montañas, también plantó su árbol y Adelfa Pérez, le parió a Gaspar, Jaime, Raúl, Amira, Bambi y Ricardo. Con Julieta Angulo, amiga de su abuela Juana, tuvo a Narno.

Los recursos estilísticos de Aguilar Camín, van desde le reconstrucción etnográfica de Chetumal, pasando por la recreación de los brujos y brujas que pululaban en los años sesenta por Ciudad México, hasta transcribir interminables conversaciones entre Emma y Luisa. La minuciosidad con que describe el mundo habitado por los oficiantes de la magia blanca, roja y negra, la adivinación en la palma de las manos, la lectura del tarot y la esfera de cristal, los signos del agua, el tiritar de las velas, la suerte en el culo de una taza de café y las alineaciones de los astros, obedecen a que su padre —quién iba a creerlo— terminó encamado con Trinidad Reséndiz, pitonisa conocida en el mundo encantado de la brujería, como Nelly Mulley. Los mexicanos, aventura Carlos Monsiváis, son entusiastas practicantes del esoterismo. Siempre lo han sido.

Cómo hijo ejemplar, ante un padre disipado, Aguilar Camín dispensa un trato afable a Héctor Aguilar Marrufo, quien les abandonó siendo él un adolescente. En sus años finales se hace cargo de su vida como este jamás se hizo cargo de la suya, ni la de su madre ni la de sus hermanos. El artificio literario para tomar distancia de su progenitor, consiste en llamar a su padre, Hectorcito, en ese viaje inevitable de volver a ser niños, una vez llegada la vejez. Hay grandeza. El resentimiento no tiene cabida. Solo una duda le consume y embarga. Deseaba juntar las cenizas de su madre con las cenizas de su padre, debajo del suace llorón que Ángeles, su mujer, plantó en el jardín de su casa. Esperaba cumplir el sueño fetichista de reunirlos. ¿Un deseo inconcluso? Las dudas surgieron cuando salió en búsqueda de las criptas de Lupe y Trinidad.

Después de transcurridos los años, ¿habrá puesto fin a la incertidumbre? ¿Reconcilio a sus padres? Un paso que reclama coraje. El día que decidió visitar el Panteón Francés de La Piedad, un domingo de resurrección, preguntó al panteonero en dónde quedaba la tumba 201, ubicada sobre la avenida sexta. ¿Cuál es el nombre que busca? Trinidad, respondió. El narrador miente o dice la verdad, al confiarnos que, asistido de su teléfono, tomó un par de fotografías de la inscripción estampada en tumba de Trinidad. El diálogo con Ángeles Mastretta, novelista prestigiosa como su marido es más que revelador. Se entera que el obituario en la cripta de su abuelo Guadalupe, los firman “Tus hijos, Trini y Héctor”. Ángeles automáticamente especula que eran pareja. Irritada, indaga: “¿Qué le puso a la bruja?” ¿Una treta literaria?

Héctor pone el teléfono para que Ángeles pueda leer la pantalla. “Trinidad:/ Mi vida, mi único amor, te recuerdo con ternura por los momentos más hermosos y más bellos en que convivimos. /Te adora y es todo tuyo: / Héctor”. ¿No lo esperaban? Al concluir el recorrido familiar, preso de nostalgia o rencor, afirma no haber tomado la decisión definitiva de juntar las cenizas de Héctor con Emma. ¿No se atreve a reconciliarlos porque cree que sería una traición inmerecida con su madre? ¿Siguen donde estaban? Las de Hectorcito las guardaba en una urna plateada, en un librero de su estudio, mientras que las de Emma, en un joyerito de plata, en un cajón de su mesa de noche. La distancia que los separa, ¿es la misma que guarda por el amor que siente por su madre? Me atrevería a decir —más allá del recurso literario— que así es.

La manera ferviente dedicada a evocar a su madre y a la tía, resulta más intensa y desgarradora que la forma que narra las caídas y recaídas de su padre. Era un asunto de justicia. ¿Cómo no consagrar la mayor parte de la historia al recuerdo de su madre y de su tía? A golpe de máquina de coser y clarividencia los educaron. Cuando Hectorcito se marchó, Aguilar Camín tenía trece años. Emma y Luisa lo matricularon en un colegio de jesuitas. Deseaban la mejor formación para su prole, los cinco retoños concebidos con su padre. Contrario a su abuelo Lupe, su padre nunca tuvo más hijos. ¿Su desprendimiento caló en la decisión de Héctor? Asistió a su padre, nunca lo dejaría solo. Le quiere y admite tal como era. Asumió los costos afectivos y económicos de su vejez, como si tratase de un padre modelo, gesto encomiable.

En sentido estricto, el libro de Aguilar Camín debió llamarse Adiós a las madres, padre no tuvieron. Deben lo que son al esfuerzo y consagración de su madre y de la tía Luisa. Sin ellas los Aguilar Camín no hubieran viajado a estudiar a Ciudad México. La decisión fue de ambas. Su padre —más allá de su nobleza— fue un eterno perdedor. ¿Cómo hubiese sido la historia si Aguilar Marrufo hubiera escuchado a su mujer y a su cuñada? Tal vez tendrían los bolsillos llenos de plata. El eterno sueño de Héctor, el maderero, caído varias veces en desgracia, fagocitado por su padre. No dudo que La historia sería otra. No digo mejor. El temple de las cubanitas, su resolución y terquedad, están en la raíz del triunfo familiar. Admiro la grandeza de Aguilar Camín. La historia de su núcleo familiar merecía ser contada en los términos que lo hizo.