Centroamérica

Los panameños esperaban conocer la verdad sobre múltiples asesinatos y violaciones de derechos humanos

Noriega, último dictador panameño, se llevó a la tumba numerosos secretos

Noriega

Mantuvo un tortuoso vínculo con EE. UU.: Fue agente de la CIA, sangriento dictador aliado de Washington y más tarde derrocado por sus aliados



Panamá y Washington.- Manuel Antonio Noriega, fallecido el lunes en un hospital panameño a los 83 años, fue el hombre de la CIA en Panamá y un hábil socio de los narcotraficantes colombianos en los años 80, un vínculo que a la postre abonó la invasión estadounidense que lo arrancó del poder.

De origen muy humilde, Noriega llegó a ser el último dictador militar de Panamá en su historia. Quienes lo conocieron afirman que infundía temor con su mirada y entre sus múltiples apodos figura el de “Tony el breve”, por lo sucinto de sus comentarios.

Conocido popularmente como “cara de piña”, por las huellas que dejó en su rostro la viruela, purgaba en su país varias penas por distintos delitos que sumaban unos 60 años de cárcel.

Una de esas condenas era por el asesinato de Hugo Spadafora, uno de los principales críticos de la actuación del Ejército en Panamá.

También cumplía condena por la muerte del mayor Moisés Giroldi, que intentó derrocarlo, así como por la desaparición de otras dos personas y acusaciones de violación de los derechos humanos.

Noriega, que llegó a general sin haber combatido, se educó en el Instituto Nacional, el colegio estatal más antiguo del país, y sus biógrafos indican de joven que era afín a ideales de la izquierda tradicional.

Se graduó como alférez de ingeniería en la Escuela Militar de Chorrillos, en Perú, y a los 22 años entró en la Guardia Nacional.

En 1968 apoyó el golpe militar que llevó al poder al general Omar Torrijos, quien lo formó en Inteligencia militar. De hecho, en 1970 fue nombrado jefe del servicio de inteligencia G-2 del país.

Reconocido agente de la CIA especializado en operaciones de contrainteligencia, Noriega transformó la Guardia Nacional en las Fuerzas de Defensa panameña y puso bajo su control casi la totalidad de los organismos del Estado. La oposición le acusaba de participar en el tráfico de drogas y en el contrabando de armas.

Su declive se produjo a raíz de las acusaciones contra él de un compañero de armas, el coronel Roberto Díaz Herrera, al imputarle en 1987 relaciones con el narcotráfico y otros crímenes, lo que abrió una crisis.

Acusado por el Congreso estadounidense de narcotráfico, asociación de malhechores y beneficios ilegales, en enero de 1988 el entonces secretario de Estado, George Shultz, declaró que el Pentágono había exigido a Noriega abandonar el poder en la sombra y dar paso a un Gobierno auténticamente democrático.

Tras la invasión militar estadounidense de diciembre de 1989, que lo derrocó, Noriega fue expulsado del Ejército por Guillermo Endara (1989-1994), el primer presidente en democracia desde el golpe militar que protagonizó Omar Torrijos en 1968.

Noriega fue extraditado a Panamá el 11 de diciembre de 2011, tras cumplir más de 20 años en la cárcel en Estados Unidos y Francia por narcotráfico y blanqueo.

Llegó en silla de ruedas, anciano y fatigado, aparentemente enfermo, pero fuertemente custodiado, y fue encarcelado en una prisión de seguridad media en uno de los márgenes del Canal de Panamá.

El recibimiento de Noriega fue totalmente diferente a las acostumbradas fanfarrias que se escenificaban cada vez que llegaba de viaje o cuando celebraba su cumpleaños (11 de febrero) o una efeméride militar, como el Día de la Lealtad (16 de diciembre).

“Con mi corazón, bajo el nombre de Dios, no tuve nada que ver con la muerte de ninguna de estas personas”, afirmó Noriega el pasado 27 de enero, en la que fue su primera y única declaración ante un juez panameño, en el marco de las audiencias para que se le concediera un arresto domiciliario temporal que finalmente fue aprobado para ser operado.

Se llevó a la tumba numerosos secretos

El exgeneral Noriega Moreno, “hombre fuerte” de Panamá entre 1983 y 1989, murió tras una delicada operación para extirparle un tumor benigno del cerebro, y se llevó a la tumba numerosos secretos.

Noriega pasará a la historia de Panamá tras escribir una de sus páginas más turbias: la dictadura militar que sojuzgo el país entre 1986 y 1989, sobre los que mantenía secretos inconfesables.

La sociedad panameña, por ejemplo, quiere saber dónde está el cuerpo del desaparecido cura mártir de origen colombiano Héctor Gallego, la cabeza del asesinado médico guerrillero Hugo Spadafora, y los restos de otras decenas de desaparecidos durante el régimen militar, del que fue su jefe de inteligencia, primero, y su caudillo, después.

Noriega fue juzgado en ausencia en Panamá, donde fue condenado a 60 años de cárcel por varios delitos, desde violaciones a los derechos humanos hasta atentados a la naturaleza. Regresó a su país en 2011, tras cumplir más de 21 años de prisión en EEUU y Francia por narcotráfico y blanqueo de capitales.

El exdictador nació en Ciudad de Panamá el 11 de febrero de 1935, según su registro de inscripción en la Seguridad Social panameña, aunque otras fuentes dan como año de nacimiento 1934, 1938 e incluso 1940.

En septiembre de 1985 fue acusado de ser el responsable directo del asesinato de Spadafora, uno de los principales críticos de la actuación del Ejército en Panamá.

Ese mismo mes Noriega obligó a renunciar al presidente oficialista Nicolás Ardito Barletta por nombrar una comisión apolítica para investigare la muerte de Spadafora y el mandatario fue sustituido por el vicepresidente, Eric Arturo Delvalle.

El 25 de febrero el presidente Delvalle anunció en un discurso televisado la destitución de Noriega, lo que no fue aceptado por los militares ni por algunos sectores políticos.

Tras las elecciones del 7 de mayo de 1989, en las que el oficialista Carlos Duque y Guillermo Endara se atribuyeron el triunfo, se produjeron disturbios que acabaron con la anulación de las elecciones y el nombramiento como nuevo presidente de Francisco Rodríguez, el 31 de agosto, lo que supuso la continuidad de un régimen tutelado por los militares.

El 20 de diciembre de 1989, cinco días después de que asumiera el puesto de jefe del Gobierno y declarara el “Estado de guerra”, las tropas estadounidenses invadieron Panamá con el objetivo de detener a Noriega y “restablecer la democracia”.

El 3 de enero de 1990 se entregó a las tropas estadounidenses. En septiembre de 1991 se inició el juicio ante un tribunal federal de EE.UU. que lo condenó a 40 años de prisión por narcotráfico y blanqueo.

Noriega logró sucesivas reducciones de pena a 30 y 20 años, por prisión preventiva y buen comportamiento.

En abril de 2004 Francia solicitó su entrega por la condena en 1999 a 10 años de prisión por lavado de dinero del narcotráfico con el que adquirió varias propiedades de lujo en París.

En septiembre de 2007 cumplió condena, pero quedó en prisión en Miami a la espera de la resolución de su entrega a Francia, lo que ocurrió el 27 de abril de 2009.

A poco de su llegada a Francia, Panamá presentó la primera de tres peticiones de extradición, por el caso Spadafora. En enero de 2011 la segunda, por la muerte de Moises Giroldi, y en marzo la tercera por la muerte del dirigente izquierdista Heliodoro Portugal

Noriega llegó en diciembre de 2011 a Panamá y fue recluido en la cárcel El Renacer. En diciembre de 2013 se le notificó el proceso por la desaparición del sindicalista Portugal, suspendido en 2015.

El 24 de junio de 2015, desde prisión, Noriega pidió perdón a todos los “humillados” o “perjudicados por sus acciones como comandante, en su nombre y en el de sus superiores y subalternos”.

Casado con Felicidad Sieiro, tuvo tres hijas: Thais, Lorena y Sandra, que fue diputada del Parlamento Centroamericano.

EE. UU.: El aliado de Noriega que acabó siendo su verdugo

Primero como agente de contrainteligencia de la CIA, después como dictador aliado en Panamá y más tarde como caudillo rebelde derrocado por las armas, la vida del recién fallecido Manuel Antonio Noriega no se entiende sin su inevitable y tortuoso vínculo con Estados Unidos.

Su muerte, ocurrida en la noche de este lunes a los 83 años, se produjo en un hospital de Panamá, pero bien podría haber ocurrido en suelo estadounidense, en cuyas prisiones pagó veinte años de su vida a la Justicia antes de proseguir su periplo carcelario en Francia y acabarlo en su país de origen.

Quien fuera “el Hombre fuerte de Panamá”, creyó que su privilegiada relación con Estados Unidos le eximiría de toda culpa por hacer del itsmo una plataforma para el narcotráfico, un puerto de distribución de la cocaína colombiana.

Pero antes de acabar con sus huesos en prisión, la historia de uno de los últimos dictadores de América Latina relata una estrecha y hasta dulce relación con Washington, con quien durante los años de la Guerra Fría empezó a colaborar como espía hasta hacerse, de su mano, con las riendas del país.

Su habilidad y el enclave geoestratégico que desempeñó Panamá como centro de operaciones de EE.UU. para el resto del continente en plenas tensiones con la Unión Soviética, llevaron a un joven Noriega a ser una pieza valiosa para la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

Según varios de sus biógrafos, la CIA lo captó recién ingresado en la Guardia Nacional panameña, donde participó en el golpe de estado que aupó al general Omar Torrijos al poder (1969-1981), y en cuyo seno también desarrolló con destreza contactos de todo tipo sin importar ideologías.

Antes de convertirse él mismo en el “hombre fuerte” de Panamá en 1983 “mantuvo una relación de más tres décadas” con la inteligencia de EE.UU. y fue clave en el manejo de la información sobre las guerras civiles que sacudían a Centroamérica, según cuenta el veterano periodista John Dinges en su libro “Nuestro hombre en Panamá: El astuto ascenso y la caída brutal de Manuel Noriega” (1990).

“Por ejemplo, la vigilancia de los líderes políticos de los diversos países de Centroamérica. Noriega estaba al cargo de todo eso”, explica Dinges, quien fuera corresponsal en Centroamérica para el diario The Washington Post y uno de los reporteros especializados en América Latina más reconocidos de EE.UU.

Sandinistas nicaragüenses o sus enemigos de “la contra”; revolucionarios cubanos o su eterna némesis imperialista en la Casa Blanca, ninguno se resistía a su red de contactos, incluidos varios cárteles de la droga, entre ellos el capo colombiano Pablo Escobar.

Noriega “poseía -en palabras de Dinges- la extraña habilidad de absorber información, clasificar las opciones disponibles para un adversario, ponerse en los zapatos de la otra persona y anticiparse astutamente a los posibles cursos de la acción”, algo muy apreciado por la CIA y clave en su meteórico ascenso.

Tras la muerte de Torrijos en un accidente de avión en 1981 -que el exdictador atribuyó después a EE.UU, aunque otros lo acusaron a él de provocarlo-, Noriega emergió como comandante de las Fuerzas de Defensa en 1983, y al hacerlo, asumió el poder en la sombra. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que los aliados se volvieran uno contra el otro.

Confiado por su relación con Washington, empezó con sus manejos por su cuenta, políticos pero especialmente con los cárteles de la droga colombianos, así como sus abusos de derechos humanos, lo que llevó al Congreso de EE.UU. a poner fin a cualquier flujo de ayuda económica o asistencia militar a Panamá en 1987.

Pero la decisión definitiva por parte de la Casa Blanca del reciente estrenado presidente George W. H. Bush no llegó hasta que, tras meses de represión a la oposición en las calles, Noriega interfirió abiertamente en las elecciones presidenciales panameñas de 1989, anulándolas y colocando a su candidato a dedo.

El 20 de diciembre de ese año, citando motivos de seguridad nacional, Bush lanzó la Operación Causa Justa, una fuerza de invasión de más de 20.000 soldados destinada a capturarlo. El dictador no luchó, se refugió en la Nunciatura Apostólica y acabó por entregarse tras sufrir un asedio ininterrumpido de diez días a base de enormes altavoces y música rock a todo volumen.