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Nosotros, el tiempo y el Universo

¿Es posible que al concebir el tiempo sólo como función de crecimiento nos estemos engañando?



En muchas ocasiones los jóvenes profesionales, refiriéndose a otros de mayor edad y de mejor posición socioeconómica, dicen lo siguiente:

“Cuando yo tenga su edad, voy a tener una mejor posición social y económica”.

Este es un fenómeno interesante que se presenta en todos los adolescentes y jóvenes, al contrario de los niños quienes experimentan una percepción del tiempo muy distinta.

Para los niños, el mundo está menos ordenado, tal como dice Stephen L. Macknik, en su obra Los engaños de la mente: “Se olvidan de lo que ha pasado hace un minuto e incluso de cómo se han sentido. No parece que sepan anticipar un estado futuro, ni proyectan lo que pensarán y sentirán. Carecen del concepto de razonamiento lógico.”

Desde luego con el tiempo y al entrar en determinada edad, el mundo de la racionalidad se abre ante ellos, y el tiempo empieza a desempeñar una fuerza poderosa de crecimiento y desarrollo. El desarrollo de la personalidad y de la adquisición de conocimiento no es sólo función del tiempo, pero lo quiero resaltar el hecho de que el tiempo es concebido entre los seres humanos, en especial, entre los jóvenes, como factor de crecimiento, de desarrollo y de superación, como que existe un límite en el tiempo en el cual la vida da un giro sustancial, y el tiempo se convierte en factor de cambio y de éxito.

No dudo que muchos de los lectores habrán tenido este pensamiento y/o sentimiento en sus años de adolescencia. A partir de cierta edad, también los niños conciben el tiempo como función de desarrollo, de crecimiento, de grandeza. “Cuando yo sea grande…”, dicen, con una extraordinaria seguridad acerca de la vida. Jean Piaget, psicólogo genético, ha dicho que si escucháramos en voz alta las reflexiones de los adolescentes, nos daríamos cuenta de lo descabelladas que son, pues sus sentimientos de grandeza llegan al nivel de un megalómano.

Siempre vemos el tiempo, aún sin tener formación académica en matemáticas, como una función de crecimiento, no sólo físico, sino intelectual y económico, y sólo a una edad avanzada, nos percatamos también de que el tiempo es factor de decrecimiento y decadencia.

No obstante, en su visión primaria, el tiempo sirve a los jóvenes de catarsis frente a sus ilusiones, contra los que tienen más poder, pues piensan que cuando lleguen a la edad de su antagonista, serán iguales o superiores. Al igual que los escritores, los jóvenes viven la angustia de las influencias. ¿Por qué es tan espontáneo ese sentimiento del tiempo como función de crecimiento o desarrollo en el ser humano?

La famosa frase “time is money” o “el tiempo es dinero”, que define esa variable como generador de dinero, no recoge en verdad toda la fuerza simbólica del tiempo ni el papel sicológica que juega en nuestras vidas. Eso sí, la frase no está lejos de la realidad ni de los artilugios de las matemáticas financieras, pues el crecimiento de la riqueza –representado por el fetiche del dinero– es función no solo de la tasa de interés y el capital, sino también y del tiempo, y quien ignora su importancia en la sociedad, está sujeto a grandes calamidades financieras.

Pese a la reticencia de la mayoría de los seres humanos a las matemáticas formales, el cerebro humano de hecho opera siempre con los más refinados modelos matemáticos. “Los niños son verdaderas máquinas de aprendizaje estadístico, con una rudimentaria capacidad para las matemáticas y el lenguaje”, destaca Macknik, en la obra citada sobre Los engaños de la mente.

El mismo autor afirma que nuestro cerebro busca constantemente un orden, un patrón y una explicación, y está diseñado para abominar el azar, la casualidad y el capricho. En ausencia de una explicación, la inventamos. Cuando creemos que estamos eligiendo algo, y esa opción varía o cambia de alguna manera, nos mantenemos firmes pese a todo y justificamos nuestra ‘elección’.

“O sea, que nos engañamos a nosotros mismos”, enfatiza Macknik. ¿Es posible que al concebir el tiempo sólo como función de crecimiento nos estemos engañando? La autocrítica más clarividente que he escuchado de los adultos es que cuando uno es joven se siente dueño del mundo. ¿Es posible que un poco de matemática formal nos ayude a salir de ese espejismo? Eso parece difícil, pero eso no impide que podamos avanzar y desarrollar nuestro talento de “verdaderas máquinas de aprendizaje”, de desarrollar lo que Piaget llama nuestras estructuras lógico-matemáticas.
El concepto del tiempo como función de crecimiento es una constante en nuestras vidas, pero el decrecimiento es la otra cara de la misma moneda.

Desde la formulación de la teoría de la relatividad por Albert Einstein sabemos que el tiempo es relativo, es función de la velocidad, lo que ha sido comprobada de múltiples maneras. Si cierta nave viaja a velocidades cercanas a la luz en la tierra y tanto el navegante de esa nave como un terrícola miden el tiempo que tarda en recorrer la tierra, el tiempo que marcará el navegante de la nave será diferente al que se mida en nuestro planeta, porque el tiempo medido varía en función de la velocidad. Lo único invariante o absoluto por ahora es la velocidad de la luz.

Así, pues, tendremos dos mediciones diferentes del tiempo. ¿No era esto inconcebible a principios del siglo pasado? El tiempo que se mide no es absoluto, es función de la velocidad y del observador. ¿Cuándo más intensamente vivimos no parece que el tiempo pasa más rápido? ¿Acaso no pasa el mismo fenómeno en las cosas del amor?

Y cuando el tedio nos abruma, sentimos que el tiempo pasa lentamente… Pero ¿acaso alguien quiere llevar una vida tediosa y aburrida? En ese sentido, el tiempo nos empuja a la acción, a la vida, ya sea para el bien o para el mal, para la paz –efímera en todas las épocas—o la guerra.

Una vez le preguntaron a Einstein qué era la relatividad y contestó:

“Cuando estás cerca de una estufa caliente, los segundos parecen horas, cuando estás cerca |de una muchacha bonita y simpática, las horas parecen segundos. Eso es relatividad.”

Las controversias filosóficas y física sobre el tiempo aún persisten. En El nacimiento del tiempo, Ilya Prigogine, científico belga-ruso, se pregunta, si el tiempo apareció en el momento del Bing Bang. “Me gustaría tratar de mostrar cómo en cierto sentido el tiempo precede al universo; es decir que el universo es el resultado de una inestabilidad sucedida a una situación que le ha precedido”, explica.

El nacimiento de nuestro tiempo no es, pues, el nacimiento del tiempo. Ya en el vacío fluctuante preexistía el tiempo en estado potencial, enfatiza Prigogine, al explicar que el hombre proviene del tiempo; si fuese el hombre quien creara el tiempo, este último sería evidentemente una pantalla entre el hombre y la naturaleza.

(Este tema y otros pueden encontrarse en Matemáticas profanas. Pueden ver los libros del autor en Amazon)


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