Opinion

“Noticias del Imperio”

La Historia, y en especial ésta Historia, demuestra que toda apuesta por la eternidad es irracional.

NOTA ACLARATORIA: Este artículo para CONFIDENCIAL escrito en 2010, es hoy, reescrito especialmente, en homenaje a Fernando del Paso, autor de “Noticias del Imperio”, libro en el cual basé una realidad que vivimos y cuya claridad se la debemos a él. Fernando, que encontró en los escritores y escritoras nicaragüenses fraternidad y admiración por toda su obra, acaba de fallecer el miércoles 14 de noviembre de este 2018, a los 83 años. Nos deja este retrato de Carlota, en el cual ustedes como lectores podrán encontrar similitudes con personajes y situaciones actuales, difíciles  de calificar como coincidencias.

“Me dicen que estoy loca, Maximiliano, y que parezco una niña porque tengo un teléfono invisible y con él hablo con los muertos y con los vivos.” Grita Carlota Amelia. Yo también debo estar rondando la locura, digo yo. Hace poco recibí un correo de mi amigo Ramón Barreda, fechado en 1864 en el despacho de Napoleón III en Saint Cloud: “Me permito proponerte un tema para tus interesantes artículos, que vos seguramente tratarás con acierto. ¿Por qué necesita reelegirse Daniel Ortega, o elegir a su mujer o a uno de sus hijos? Seguramente para perpetuarse en un poder absoluto que le permite muchas cosas, sobre todo enriquecerse. Pero también porque no puede dejar el asiento que con tanto trabajo ha conquistado, pues si lo hiciera no faltaría quien le pidiera rendición de cuentas: ¿Qué hiciste durante tu gobierno. De dónde tomaste lo que ahora tienes? Y un largo etcétera que él no puede ni está dispuesto a satisfacer. De manera que el trono se ha convertido para él en una bendita maldición. Ni siquiera puede dejarlo, porque no es la primera vez en la Historia que un trono se convierte en un banquillo de acusado.”

Carlota Amelia de Bélgica, Emperatriz de México y de América, según ella de ochenta y seis años de edad y sesenta de beber, me grita que puedo hacer uso de su mensajero para responderle a Ramón: “Tu pregunta lleva implícita la respuesta, sin olvidar que trono en Nicaragua también tiene otra connotación, y eso es lo que nosotros los monarcas hacemos en el país. Desde luego que nos interesa, por sobre totas las cosas, el poder absoluto. Los pasos que ya dimos para apoderarnos del ejército y la policía, son para no rendirle cuentas a nadie. Hemos creado, cuidadosamente, un círculo vicioso. Nuestros allegados corruptos dependen de nosotros, y a su vez nosotros de nuestros allegados corruptos, quienes sin nosotros los monarcas están perdidos económicamente, y sin ellos nosotros los monarcas, perdidos políticamente. Ahí es cuando se cierra el portón de hierro frente a las narices de la democracia. Nadie podrá divisar retorno, pues ésta presidencia es la inversión que hicimos los monarcas por la eternidad en el poder, y a cambio les vendimos nuestras almas al diablo.” Las cosas, pienso yo, están así, aun cuando ya las describió mucho mejor el recién fallecido escritor mexicano Fernando del Paso en <Noticias del Imperio>, que trata de la trágica historia de un efímero imperio, impuesto a México en 1861 por Napoleón III.

La Historia, y en especial ésta Historia, demuestra que toda apuesta por la eternidad es irracional. Tiene como principal protagonista a la alienada voz de la emperatriz Carlota, quien va desgranando recuerdos vertebrados en torno a su esposo, el Archiduque austriaco Fernando Maximiliano de Habsburgo, Emperador de México, quien acaba siendo fusilado. Muchos recuerdos y comparaciones nos traen esos hechos. Sin embargo, aunque lo de aquel breve imperio fue un hecho histórico, insistimos en decir que cualquier parecido con personas reales de la actualidad, es pura coincidencia: “Yo soy Carlota Amelia, Regente de Anáhuac, Reina de Nicaragua, Baronesa del Mato Grosso, Princesa de Chichén Itzá… Hoy ha venido el mensajero a traerme noticias del Imperio. El mensajero me trajo también algunas hebras de la barba rubia que llovía sobre el pecho condecorado con el Águila Azteca. Me han dicho que esos bárbaros, Maximiliano, cuando tu cuerpo estaba caliente todavía, te arrancaron la barba y el pelo para vender los mechones por unas cuantas piastras. Al mensajero se lo contó Tüdos, el fiel cocinero húngaro que te acompañó hasta el patíbulo y sofocó el fuego que prendió en tu chaleco el tiro de gracia, y me entregó el mensajero un estuche de cedro con un pedazo de tu corazón y la bala que acabó con tu vida y con tu imperio en el Cerro de las Campanas”.

“Dicen que estoy loca, que parezco una niña porque aunque sé que estás muerto le pido a Juárez que no te mate Pero Juárez se niega a hablar conmigo. De todos modos no se me va a escapar. El prometió que la historia los juzgaría a los dos y tendrá que entender que lo fuiste todo: Maximiliano el magnánimo, el bondadoso, el sordo, el mediocre, el mentiroso, el inocente, el arrogante, el falso, el cándido, el imbécil Maximiliano, para que entienda que como casi todos los seres humanos fuiste de todo un poco muchas veces, pero no una sola cosa siempre, para siempre usurpador e impostor como te quieren los que no te quieren, o , como yo y porque tanto te quiero te quisiera, para siempre víctima y mártir. Por eso, Maximiliano, el día que yo me muera te vas a morir conmigo. Yo soy tu miembro envuelto en hojas de plátano. ¿Te dije alguna vez, Maximiliano, que tu inventaste México y el mundo para mí? Eso también fue mentira: yo te inventé a ti para que tú los inventaras. Si te dicen que estoy loca de los pies a la cabeza, diles que yo tengo a México a mis pies. Diles que lo tengo en las manos porque cada día lo invento, y los invento también a todos. Les doy y les quito la vida.”

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