Opinion

¿Novela, crónica o reportaje?

Aquiles o El guerrillero y el asesino, un inédito de Carlos Fuentes. Lo eximo responsabilidad, por la aparición de una obra que no terminó de escribir

Una sola razón salvaba mis dudas: habían pruebas que demostraban la existencia de un texto inédito de Carlos Fuentes, Aquiles o El guerrillero y el asesino, (Fondo Cultura Económica⁄ Alfaguara, México, Junio, 2016). El escritor mexicano declaró que estaba trabajando en esta novela, al menos en dos ocasiones: la primera, mediante la lectura de un capítulo introductorio durante el Festival Internacional de Roma (2004), y la segunda, leyó otro capítulo —teniendo como marco— la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (2007). La obra viene precedida por una nota escrita por su mujer, Silvia Lemus, y un prólogo a cargo de Julio Ortega. ¿Lo hicieron para liberar sospechas? ¿No sería otro el motivo? Una novela de Fuentes, autor consagrado y consagratorio, no requiere de advertencias o estudios preliminares, a no ser que haya motivos para hacerlo. La publicación me daba la alternativa de despejar incógnitas. Descorazonado lo leí tres veces y en las tres ocasiones el hilo de Ariadna se diluía.

La justificación del atraso de su publicación resulta insuficiente: Fuentes no quiso entregar el manuscrito a los editores mientras el conflicto en Colombia no tocara fin. Leída de derecho y de revés, de abajo hacia arriba y de atrás para adelante, la obra no contiene exabruptos, condenas, alarmas, predisposiciones o mala leche que pudiesen enturbiar acuerdos de paz. En lo que coincido plenamente con Lemus, es que Aquiles o El guerrillero y el asesino, se edita en el mejor momento. Siempre será oportuno conocer los juicios de Fuentes, acerca de un conflicto que tiene encima los reflectores de los medios de comunicación. El proceso de negociación, entre el gobierno de Manuel Santos Calderón y las guerrillas de la Farc, realizado en La Habana, mantuvo expectante a la opinión pública mundial.¿Cuánto incidió esta situación para decidir su reescritura? Fuentes,poseía una visión latinoamericanista. Sus argumentos estremecían conciencias y soliviantaban los ánimos.

Dar por sentado que Fuentes escribía una novela —sobre un tema que concita  interés— no significa aceptar de primas a primeras que haya terminado de escribirla. Ambas cosas son distintas. Era la segunda que aparecía después de su muerte. Un lector informado no deja de preguntarse o especular,las motivaciones que tendría el  mexicano para posponer indefinidamente su publicación y más aún, jamás darla por concluida. ¿Se trata de un caso más dentro de la literatura universal? ¿El autor empieza una y otra vez el borrador, lo pasa en limpio, insatisfecho, lo hace a un lado y al no encontrar el tono, la estructura y el lenguaje requeridos lo desecha? Las diversas tentativas y reensayos de escritura, señalados por Ortega en el prólogo, permiten vislumbrar los tropiezos y las posposiciones recurrentes de Fuentes. ¿Los inconvenientes solo fueron de estilo? ¿Hubo otras razones? ¿Al mantener vivo el deseo de escribirla, su terquedad salvó el texto del olvido?

Hay dos afirmaciones de Ortega que me causan perplejidad. “Como crítico estaba yo obligado a una interpretación: Fuentes ha escrito de joven su obra más formal, histórica y madura para poder escribir, de adulto, su obra más exploratoria, libre y juvenil”. ¿Justificación previa? Pensar de esta manera, sería redimir a García Márquez por haber escrito Memoria de mis putas tristes (2011), y asumir alegremente que estamos frente a una propuesta experimental. Ortega está consciente que su proceso laborioso lo llevó a transcribir y barajar distintas secciones. Su trabajo consistió —él mismo lo confiesa— en componer un rompecabezas: “pero era un puzle que carecía de una imagen matriz, cuyas partes se suponen que arman una figura”. ¿Qué nos está revelando? ¿Podíamos pedirle mayor sinceridad? No lo creo. No es la primera vez que Ortega enfrenta y supera un reto como este.¿La otra digresión deberíamos interpretarla como prueba fehaciente de su honradez como crítico?

Para liberarnos de equívocos, Julio Ortega, realiza un doble acto de malabarismo. Evocalo dicho por Julio Cortázar, el texto puesto en sus manos era un rompecabezas sin modelo para armar. Rayuela, verdad. Asegura de manera rotunda, que después de todo Fuentes “no llegó a leer, pluma en mano, el manuscrito de este libro”. Atenido a la sentencia de su coterráneo, Luis Alberto Sánchez, (quien prescribe que todo gran lector debe imaginar el final de una novela),no duda en añadir,que Fuentes sabe “que todo lector sería el editor de esta interpolación, más que mera suma, de secuencias; y que armaría, postulando su propio documento, una figura refundadora propia y distinta”. Todo lector hace de la lectura una obra nueva. No hay dos obras distintas, advierte Arturo Pérez-Reverte, porque no existen dos lectores iguales. La labor arquitectónica de Ortega fue ardua,compleja y complicada. Al final lo que leemos es su recomposición y construcción de la novela.

El texto resalta las marcas de la escritura de Fuentes, su imprecación por el asesinato de Carlos Pizarro, viene sostenida por una prosa que corta el aire.Presta su voz al núcleo de dirigentes del M19, para que compartan con nosotros sus sueños. Clama por desatar los nudos que atan a Colombia con una violencia prolongada que pareciera no tener fin. Aquiles, Diomedes, Pelayo y Cástor, como les llama, libran batalla para que nadie siga siendo —en ese país—rehén de las políticas obtusas libero-conservadora. Combaten para que desaparezcan los grupos paramilitares y su cauda de muertos. No solo pretenden recuperar la tierra para los campesinos, también para que las palabras resplandezcan de nuevo y adquieran su verdadero significado. Son los representantes del cambio. Los cuatro se fueron a la guerrilla para que la gente tuviera derechos. Se presentaron como hijos de Camilo Torres.¡En verdad lo eran! Luchaban para que los desarrapados tuvieran un mundo distinto, aunque esto suene hueco a los insulsos.

El libro es un tributo a Carlos Pizarro, Aquiles, Pelayo, Cástor y Diomedes, es decir, Iván Marino Ospina, Jaime Bateman y Álvaro Fayad, hermanados en la desgracia colombiana, hija legítima de una violencia que no cesa. Eran los años duros de los enfrentamientos armados, la guerrilla como lubricante de la revolución y esta como lubricante de la justicia. Un sicario adolescente asesinó a tiros a Pizarro, viajaba en un Boeing 727 de Bogotá a Barranquilla. Fuentes pasó años buscando la mejor manera de contar las múltiples razones de esta lucha,el origen familiar del Comandante Papito, la educación recibida por su madre y la obtenida de los jesuitas. El cambio de vuelo media horas antes,no impidió que los asesinos tuviesen tiempo de esconder el arma entre los compartimientos del baño del otro avión. ¿Quiénes y cómo planearon su muerte? Carlos Pizarro, jefe guerrillero del M 19, caía abatido el 26 de abril de 1990. Otro proceso de paz truncado.¿Le irá mejor al actual?

No alcanzo a discernir si Fuentes se hubiese consentido, como una licencia,la publicación de una novela en proceso de escritura. La hibridez de Aquiles o El guerrillero y el asesino, impide saber si estamos ante una novela, un reportaje,una crónica o para expresarlo en lenguaje muy mexicano, podrían ser las tres cosas y ninguna. La sumatoria de contenidos y recursos estilísticos son diversos,con altos y bajos,me revelan que Fuentes, apegado en sus últimas obras más al ensayo y a la filosofía política, ya no pudo desembarazarse de esta forma narrativa. Las reflexiones políticas, religiosas, económicas y filosóficas están más cerca de La voluntad y la fortuna (2008), o de Federico en su balcón (2014), que de La muerte de Artemio Cruz (1962), o Gringo viejo, (1985). Obra reflexiva, más que una creación de ficción. No nos llamemos a engaños, Fuentes forma parte de mi reducido santoral. Lo eximo de toda responsabilidad, por la aparición de una obra que jamás terminó de escribir.

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