Opinión

Nunca fui primera dama

En Guerra, los demonios que la atormentan, brotan como fuente inagotable: su cubanía, el amor inconmensurable que siente por La Habana



“Saúl dice que los cubanos usamos nuestros
problemas para ganar lo que tenemos: éxito,
galerías, prensa, notoriedad”.
Wendy Guerra

 

En cada nuevo parto, la escritora cubana Wendy Guerra, reitera una y otra vez temas que le obsesionan. No puede alejarse ni desprenderse de ellos. Fagocitan su vida. En su novela más reciente —Nunca fui primera dama, Alfaguara, 2017—reaparecen cercando sus páginas. Una forma de ratificar el aforismo de Ernesto Sábato: los escritores son monotemáticos. Unos locos que siempre regresan a los mismos temas. En Guerra, los demonios que la atormentan, brotan como fuente inagotable: su cubanía, el amor inconmensurable que siente por La Habana, su permanente erotismo, el sol luminoso del Caribe, la censura existente, su abierta disidencia y el deseo persistente de ver publicados sus libros, algún día en Cuba. Sus sueños, preocupaciones y esperanzas sostienen toda su narrativa. Son su norte.

Una espiral consume sus días, da vuelta en círculos concéntricos, sin poder romper el cordón umbilical que la ata con la isla caribeña. No hay forma que tome distancia. Su empeño la vivifica. Escribe para zafarse de sus demonios más persistentes sin poder conseguirlo. Su periplo ha sido largo. Lleno de altibajos. Con más subidas que bajadas. En vez de huir hacia adelante, prefiere hurgar en el fondo de su drama. Su carga afectiva es inmensa. Nunca se ha planteado partir. Traicionaría los elementos sustanciales que nutren su escritura. Su obra ya no sería la misma. Dejaría de ser una escribidora privilegiada. Su sensibilidad está enraizada en el suelo cubano. Sale a la superficie en cada uno de sus lances. Dueña de su carácter, Guerra alza su voz, recrimina y condena. Entona y afina su canto.

¿Lectora tardía de Guillermo Cabrera Infante? Wendy, igual que su compatriota, sabe sacar provecho del humor de su pueblo. Caín hizo de su novela —Tres tristes tigres, 1965— un sentido homenaje a Cuba. Guerra sabe escarbar en la misma trastienda donde abrevó Cabrera Infante. Los juegos de palabras y su ironía, son expresión de la abundancia de humor que destilan los cubanos. Todos atribuidos a terceras personas. Lujo, amante del padre de Nadia —personaje principal en este intento por rescatar la memoria imperecedera de Celia Sánchez— estaba más prohibido en Cuba que Celia Cruz. Alina, locura distraída, invitó a los oyentes a escuchar el Concierto de Aranjuez, tocado por el mismo Aranjuez. Ella misma se confiesa: Soy pirómana, me gusta encender todo. ¿Será que crecí entre apagones?

La novela trae como portada una fotografía emblemática de Celia Sánchez, en colores blanco y negro, sentada sobre unas cajas de manera, mientras toma un dictado de Fidel Castro, repantigado en su hamaca de campaña, en los días gloriosos de la guerrilla cubana en las estribaciones de la Sierra Maestra. Sin duda una estrategia publicitaria encaminada a multiplicar lectores. En la contraportada, escogieron escrupulosamente un texto con las mismas pretensiones: El secuestrador ha muerto, la jaula queda abierta y no siento impulso de salir sino el pánico a que alguien desconocido entre por esa puerta. Ahora, cómo vamos a vivir sin alguien que nos diga lo que tenemos que hacer”. Alude su condición de alfa y omega, principio y fin de todo lo que ocurría en la isla. ¿A quién teme? La sucesión ya estaba definida.

¿Podemos colegir que las bondades de Nunca fui primera dama, derivan de estas argucias? ¡Jamás! Su grandeza proviene de su diseño arquitectónico y la abundancia de recursos narrativos. Nadia Guerra abre vuelo con un disparo autocrítico, en su programa de radio, Una madrugada con nadie. La severidad de su juicio provoca a los iluminados. Desean haga acto de contrición, que se autocensure. La invitan a que se flagele. No acepta. Lamenta que el compromiso con la revolución era lo primero. Nosotros —expresa Nadia— fuimos personajes secundarios para nuestros padres, lo demás venía por añadidura. Era el tiempo que una consigna podía más que un sentimiento. La expulsan. Se siente liberada. Crea su propio programa radial. En la intimidad puede decir lo que siente y piensa.

El engarce entre los capítulos dos y tres, sirven de transición para conectar a su madre con Celia. ¿Cuánto de autobiográfico hay en esta novela? ¿Más de lo que podemos suponer? Una pista explícita está grabada en alto relieve en los agradecimientos que la introducen. Los nexos de la madre de Nadia Guerra —podríamos cambiar el nombre de Nadia por Wendy— con Celia, aparecen resaltados. Agradece a Celia, también a su madre: A mami por sus páginas perdidas y por su poesía recobrada. El encuentro con Celia la salva del desamor. ¿Su búsqueda fue fortuita? Solo en parte. En los claroscuros, Celia queda perfectamente fijada. Engrandece su estoico silencio. Le magnifica. Dimensiona su estatura. La equipara con el Che, Camilo, Maceo, Agramonte, Mariana Grajales y Martí.

Igual que hizo con Anais Nin, trayéndola de regreso a La Habana, partió hacia otras tierras para armar las astillas dispersas de una mujer que nunca pidió nada para ella. Nadia le presta vos a su madre, para que narre su vida y su relación con Celia. Al hacerlo, aparecen dibujados los contornos y la nobleza de Celia. ¿Cómo llegar a conocerla si su vida estuvo dedicada a la conservación del patrimonio ajeno? Desde esta otra orilla, la exaltación de Celia cobra nuevos matices. En su anonimato radicaba su manera de conducirse. Encomia su discreción. “Estaba segura de que un solo rastro suyo interrumpiría la existencia del otro, cualquier infidencia malograría su intención”. Su estela brilla en el firmamento cubano. Este tributo la coloca en un mundo aparte. Más allá de tribulaciones y egoísmos enfermizos.

Celia vivió para los demás; al triunfo de la revolución, sin tener grado militar alguno ni cargo importante dentro del gobierno, se convierte en la figura femenina con más alta jerarquía moral y política del país, sin que nadie cuestionara esa posición, solo superada por Fidel y Raúl Castro. Y así fue hasta su muerte. La conducta de Celia resulta atrayente. Muy digna. Su parentesco con el Che es indudable. Su característica fundamental fue la dejación de los intereses individuales en función del prójimo. También lo fue su vocación consciente de renunciación, su actitud de servicio como deber natural que no necesita reconocimiento ni estímulo. Celia resplandece en sus páginas. Puede tocarse, sentir su pálpito sereno y percibir el aprecio de todos. Su figura brilla. Wendy cierra este viaje azaroso, con la muerte de Fidel.