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Adiós, Mr But. El estadista ante el peligro y la precariedad de Trump

Obama: lo que se juega en elecciones de EE.UU.

Barack Obama cede el paso a Hillary Clinton. ¿Puede Estados Unidos construir la sociedad más liberal de su historia?



But.

But.

But-but-but.

But.

But. But. But.

El primer discurso que escuché de Barack Obama fue en un mitin de Chicago durante las primarias demócratas para las presidenciales de 2008. Como tengo una especie de manía con observar los actos políticos como más o menos elaboradas escenificaciones, pronto me dejé llevar por sus maneras educadas. Me sorprendió la calma ausente que proyectaba, su tono serio y las pausas, tan juiciosas que en ocasiones resultaban demasiado extensas, como si en la búsqueda de la palabra adecuada se jugaran todas las certezas. Tenía un lenguaje pulcro y de frases concisas y cada parrafada estaba tejida con pocas oraciones. Empleaba a menudo las tríadas, un recurso narrativo que, al repetir tres frases o tres verbos o tres ideas, provee ritmo y énfasis. Era sencillo seguir el parlamento; invitaba a pensar que las palabras a veces sirven de algo. Sin embargo, de todo, lo que más me atrajo desde el minuto uno fue un elemento simple: el empleo de una conjunción, pero.

(Quédense un segundo aquí, que abro el manual escolar: el “pero” es una conjunción —ergo, enlaza proposiciones— que facilita trabajar el sentido de nuestros relatos. Como conjunción adversativa, por ejemplo, nos dice que las palabras que suceden al pero matizan o pueden oponerse a la enunciación precedente: «La campaña es para presidente, pero no serás dueño del país, Donald». También da intensidad a una calificación: «¿Por qué eres tan, pero tan patán?». Y enfatiza el sentido de la frase: «Pero ya debieras saber que no todo es sobre ti».)

Arriesgaré mi hipótesis: Obama suele emplear el pero como un recurso de énfasis que matiza, restringe y atenúa el significado de sus declaraciones. Este es Obama, en 2008, durante la aceptación de su candidatura presidencial: “Proveeremos más escaleras al éxito para los jóvenes que caen en el crimen y la desesperanza. Pero debemos admitir que los programas solos no reemplazan a los padres; que el gobierno no puede apagar la TV y hacer que el niño haga la tarea; que los padres deben asumir la responsabilidad de proveer el amor y la guía que el niño necesita”. Aquí, en el discurso de asunción de su segundo mandato, una mañana gélida de enero de 2012 en Washington, DC: “Hay que tomar decisiones difíciles para reducir el costo de la salud y nuestro déficit. Pero rechazamos la creencia de que Estados Unidos debe elegir entre el cuidado de la generación que construyó este país y la inversión en la generación que construirá su futuro”. Y aquí, en un momento nada afable, tras la matanza de Charleston, en 2015: “He tenido que hacer declaraciones como esta muchas veces. Comunidades como ésta han tenido que soportar tragedias como esta muchas veces. No tenemos todos los hechos, pero sí sabemos que, una vez más, fueron asesinadas personas inocentes en parte porque alguien que quería infligir daño no tuvo problemas para poner sus manos en un arma”.

El énfasis del pero en Obama opera a menudo como una alerta o una advertencia y, en pocas ocasiones, un llamado a la responsabilidad individual o colectiva. Obama parece haber aprendido en la gestión que las promesas incumplidas tienen un costo, y por lo tanto presta atención vigilante a los contextos. Mal empleados, el contexto es un atajo para la excusa, pero usado con honestidad facilita comprender un fenómeno. El discurso está siempre bordado con delicadeza, plagado de matices, condicionales, potenciales. Si hace una promesa, ubica su realización bajo ciertas condiciones. Si presenta un escenario, lo precisa, restringido a X o Y variables. Sus afirmaciones absolutas están restringidas a valores y principios, en apariencia innegociables.

Los autores de los discursos saben que las palabras son perras malditas y que requieren caricias frecuentes porque, maltratadas, se rebelan y tienen la perniciosa vocación de hacernos decir lo que menos deseamos. En Obama, entre muchas otras opciones, el pero tiene un rol significativo. Las cosas estarán mejor, podrá decir, pero deberemos esforzarnos. Nos presentarán un desafío malo, sentenciará, pero nos sobrepondremos. Hemos visto esto antes, pero debemos hacer lo posible para evitarlo. Cada vez que he escuchado o leído a Obama, he puesto atención a toda la frase y, sobre todo, al matiz. Para eso, sigo una regla de de-formación profesional: si escuchas un pero, dale oídos a la siguiente frase. Allí está lo que, en el fondo, quieren decirte: «Lo siento, Donald, pero no soy yo: sos vos».

Llamemos a Obama por su nombre de guerra, entonces: Mr. But.

***

El miércoles 27, en Philadelphia, Barack Obama inició el discurso con el que cedió el mando del Partido Demócrata y la continuidad de sus políticas a Hillary Clinton, con un repaso del país —devastado— que recibió de George W. Bush y la suma cuidadosa de sus méritos en dos mandatos en el Salón Oval. Tras la peor crisis en ocho décadas, la Administración Obama redujo déficits, recuperó la industria automotor, bajó el desempleo, lanzó estímulos que ayudaron a crear nuevos trabajos. El sistema de salud se amplió a varios millones de personas. Estados Unidos es más poderoso ahora que depende menos del petróleo extranjero —y produce el doble de energías limpias que hace una década. Dos guerras fueron concluidas casi en su totalidad. Se retomaron las relaciones con Cuba e Irán. Los estudiantes tienen apoyos para pagar los créditos devastadores que deben pagar en la universidad. Hay matrimonio igualitario y los derechos sociales y civiles son, sin dudas, más fuertes. Su gobierno, dijo al cabo, “ajustició” —ejem— a Osama Bin Laden.

—De muchas maneras —pausó—, nuestro país es más fuerte y más próspero que cuando comenzamos.

But:

Los republicanos no creen lo mismo, aceptó. En su Convención en Cleveland mostraron una visión pesimista del país donde pelean unos contra otros mientras Estados Unidos se aleja del mundo. En la comprensión republicana, recordó, no hay soluciones, sino un ventilador encendido con resentimiento, culpas, ira y odio

But:

—Esa —dijo— no es la América que yo conozco.

Y dijo más:

“La América que conozco está llena de coraje, optimismo, e ingenio. La América que conozco es decente y generosa. Seguro, tenemos ansiedades reales —pagar las facturas, proteger a nuestros niños, cuidar a un familiar enfermo. Nos frustramos con la parálisis política, nos preocupamos por las divisiones raciales; estamos conmocionados y entristecidos por la locura de Orlando o Niza. Existen sectores de Estados Unidos que nunca se recuperaron cuando cerraron las fábricas; hombres que estaban orgullosos de trabajar duro y mantener a sus familias ahora se sienten olvidados; padres que se preguntan si sus hijos tendrán las mismas oportunidades que tuvimos nosotros. Todo eso es real. Estamos desafiados a hacerlo mejor; a ser mejores.  Pero a medida que he viajado por el país, a través de los cincuenta estados; a medida que me he alegrado con ustedes y me he dolido con ustedes, lo que también he visto, más que nada, es lo que está bien con América. Veo a la gente trabajando duro y lanzando negocios; gente enseñando a los niños y sirviendo a nuestro país. Veo a los ingenieros inventando cosas y a los médicos dar con nuevas curas. Veo una generación más joven llena de energía y nuevas ideas, no limitada por lo que es, lista para aprovechar lo que debe ser. Y, por encima de todo, veo a los estadounidenses de todos los partidos, todos los orígenes, todas las religiones que creen que somos más fuertes juntos —negros, blancos, latinos, asiáticos, nativos; joven y viejo; homosexuales, heterosexuales, hombres, mujeres, personas con discapacidades— prometiendo lealtad, todos bajo la misma orgullosa bandera, a este país grande y audaz que amamos. Esa es la América que conozco”. Un segundo después, Mr. But informó que Hillary Clinton era la única persona capaz de construir ese futuro que él observa. Uno donde los peros se ven en positivo, no con la lente oscura del Partido Republicano.

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Si un pero enfatiza, el mismo pero divide las aguas entre dos frases —dos ideas y, en estos días políticos, dos mundos.

El discurso de Obama planteó una dicotomía ideológica entre demócratas modernos y republicanos retrógrados —en términos pop, el lado Jedi versus el lado oscuro de la Fuerza. Hillary, dijo Mr. But tras recorrer su historia mutua como adversarios y ya juntos en el gobierno, es la única persona calificada para dirigir la oficina presidencial de la mayor potencia económica y militar de la Tierra. Porque enfrente —y uno podía oler un but silencioso—, lo que está es Donald T***p. Una presidenta de verdad versus a guy. Padme —es facilista, lo sé— ante Palpatine.

La presidencia de Obama estuvo marcada por la demora. Él apostó al consenso bipartidista para sancionar leyes que el GOP bloqueó de manera sistemática con fillibustering —¿recuerdan cuando Estados Unidos se volvió un país tercermundista incapaz de honrar su deuda?— y se reservó hasta el final del ciclo las facultades ejecutivas que le facilitaron sortear varias veces el empantanamiento. Sin embargo, aunque intentó hasta último momento el camino del diálogo, para los republicanos fue un presidente divisionista. Ahora, la continuidad de una gestión demócrata con Hillary Clinton al frente resulta insostenible para esta deformación genética del partido de Abraham Lincoln. Asumo que la resistencia principal, antes que asunto de principios políticos, son los prejuicios. El mundo misógino y sajón en la cúspide del GOP de T***p debió tolerar primero un negro y no quiere la perspectiva de una mujer al frente porque supone que esa opción sólo trae peores noticias, como un presidente latino muy pronto o, vade retro, uno musulmán. No es el país que quieren cuando se ponen las gorras rojas de T***p. Para ellos el plan más aceptable es Make America White Again.

Los demócratas han respondido a la precariedad intelectual del discurso de T***p —¿son eructos de 140 caracteres un “discurso”?— manteniendo el barco en las mismas aguas que surcó Mr. But durante ocho años: conversar con argumentos, que la razón domine la escena. No puede ser más claro el foco: frente a la distopía anunciada por los republicanos, una democracia nada utópica, realista. Nada de extremos, sentido común, colectivo.

Tal vez esa sea la obvia razón por la cual la Convención Nacional Democrática tituló la sesión del miércoles “Working Together”. El objeto, como citó Obama, es mirar adelante: que el pero sirva para matizar el color de las aguas. El país tiene desafíos, pero las dificultades son superables. Hay diferencias, pero se resolverán con disenso respetuoso. Ante cada opción negativa presentada por el Partido Republicano, los demócratas buscan infundir esperanza, enjundia, voluntad. A la furia, razón. A la demagogia, responsabilidad. A la exclusión, xenofobia y racismo, inclusión. Todos peros en el sentido correcto:

  • Que hay que resolver la agenda migratoria, sí, pero el camino no es deportar a once millones de personas o levantar un muro.
  • Que debe combatirse el terrorismo también, pero no con la estigmatización de una fe.
  • Que Estados Unidos será grande mientras mantenga principios democráticos de inclusión, justicia y libertad, pero abrazará la incivilización si reniega de ellos.

El lineup de oradores que precedió a Obama el miércoles 27 estuvo diseñado para contrastar un mundo multicolor y tolerante en la acera de la apta Hillary Clinton con la ínfima diversidad del GOP y las incapacidades de su candidato. Ex generales del Pentágono poniendo peros a la cacareada determinación de T***p para manejar conflictos. Michael Bloomberg, el ex alcalde republicano de New York, poniendo peros a la aparente capacidad empresarial de T***p: “Soy neoyorquino; conozco a un estafador cuando veo uno”. Tim Kaine, el VP de Hillary, poniendo peros a la intolerancia de T***p hablando de cuando en cuando en español —incluido un festivo “Sí se puede” coreado por una multitud de, caramba, miles de gringos.

Todos ellos prepararon el camino para que Mr. But ceda la antorcha a Hillary.

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El video de presentación de Barack Obama incluyó decenas de testimonios sobre su gestión y su calidad como presidente. En un momento, antes o después de una mención a Obamacare, las palabras de un hombre joven me hicieron recuperar la mirada que proyecté a menudo sobre el presidente. A Obama, decía el muchacho en off, no le interesa la política, al menos no en el sentido inmediatista. Su práctica política encuentra la meta en la trascendencia, una carrera que demanda temple. “Él está dispuesto a perder”, dijo con convicción la voz joven, “por conseguir que avancen las ideas”.

Barack Obama se ha ganado el acceso al club de los estadistas. A seis meses de concluir su mandato, su gestión tiene el respaldo de más de la mitad de la población de Estados Unidos. He oído decenas de veces que el mundo político, intelectual y académico extrañará a Mr. But.

Yo seré uno. Me gusta Obama, precisamente, por ser Mr. But. Le he tolerado medidas antipáticas —no cerró Guantánamo, tal vez pudo empujar más por Obamacare y la reforma migratoria y aún más para montar cercos a Wall Street—, de un modo que no toleraría a otros políticos. Y no tengo más que una breve explicación para esa excepción: no veo dogma. Siempre he creído que Mr. But era Mr. But por método: su elección de la duda como herramienta, su afecto a macerar las ideas y, con ello, evitar la precipitación, el arrebato y, al final, el equívoco. Admito: en general, creo que Obama ha tomado decisiones pragmáticas dentro de un marco aceptable, la mejor posible según las circunstancias —el bendito contexto. Y esa decisión no llegó producto del apresuramiento, por capricho ni oportunismo ni por el salto de un fusible emocional sino por asumir con responsabilidad el privilegio de guiar a una nación poderosa. Actuamos como somos y la calma y coolness de Obama reflejan su paciencia intelectual —de idéntico modo que la exaltación, el comportamiento errático y el temperamento agresivo exhiben el peligroso déficit de sosiego de Donald T***p.

La noche del miércoles 27 Mr. But presentó con su discurso una propuesta política de continuidad y contigüidad que es, sobre todo, una propuesta intelectual, la posibilidad de un contrato social aún más moderno. El Partido Demócrata tendrá suficiente con la simple derrota de T***p, pero sería una mala elección una opción política de mínimas cuando enfrente hay opciones de máxima. Con el nuevo presidente, Estados Unidos discute más que la dicotomía graciosa pero peligrosa de elegir entre la Persona Sana y Donald T***p: discute un modelo de nación que será referencia en todo el mundo. Madam President tendrá la administración de Obama como punto de partida a partir del cual introducir cambios —herencias sociales, económicas y políticas que deben ser resueltas—, pero también tiene la posibilidad cierta de llevarlo hasta consolidar un ciclo único en la Historia. Mr. But ha dejado la fundación de un edificio democrático que la sociedad estadounidense —y esa cosa indefinida pero atractiva llamada sociedad global— pueden capitalizar: Hillary Clinton tendrá la potestad de nombrar, cuanto menos, dos jueces en la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, quebrando la mayoría de tres décadas de jueces conservadores. En la práctica, un tribunal progresista o liberal dictaría la jurisprudencia de las próximas dos décadas, trasladando el fiel hacia una sociedad aún más inclusiva.

Tal vez sea un momento irrepetible. Hasta hoy, sólo dos presidentes demócratas —Franklin D. Roosevelt, durante veintidós años, y Harry Truman, por ocho— encadenaron más tiempo en la Casa Blanca que el tándem Obama/Clinton. Y así parezca circunstancial, el periodo Obama/Clinton admite coincidencias macro llamativas con sus predecesores: Roosevelt dejó un legado indeleble en la elevación de Estados Unidos como potencia pero antes debió sacar al país del desastre especulativo que disparó la Gran Depresión de 1929 y enfrentar la emergencia del discurso del odio de Adolf Hitler y el Nacional Socialismo. Obama tuvo la odiosa responsabilidad de rescatar al país de su segunda mayor crisis —que conmocionó a la economía mundial tal vez más que el Crack del ’29— y también dejará la Casa Blanca viendo cómo a sus pies ha crecido un discurso odioso y fanático. Truman sucedió a Roosevelt tras la Segunda Guerra Mundial y vio el mundo entrar en un difícil equilibrio que llevó a la Guerra Fría con la Unión Soviética. Tras Obama, Hillary tendría un escenario que parece una imitación tragicómica, pues al otro lado del Océano está Vladimir Putin cabalgando en bolas sobre la montura de una Rusia nada tímida para tensar las relaciones internacionales.

Ese mundo de dientes apretados —y todos los desafíos doméstico a sortear— requieren un esfuerzo mancomunado cuya necesidad el Partido Republicano y su monigote presidencial no parecen comprender. Demasiado sumergidos en la retórica de la confrontación sin programa, la bola buena ha quedado en campo demócrata. Y tal vez por eso, porque las cosas no están tan mal como el mundo de Sauron que pinta T***p, Obama optó por cerrar su discurso sin confrontaciones, recuperando el motto de su presidencia: Hope.

“A ustedes les hablaba hace unos doce años”, dijo, “cuando hablaba de esperanza. Han sido ustedes quienes alimentaron mi fe tenaz en nuestro futuro, incluso cuando las probabilidades y el camino son largo. Esperanza frente al rostro de la dificultad; esperanza ante la incertidumbre; la audacia de la esperanza”.

Voy —¿vamos?— a recordar a Obama. La Historia le ha reservado un gran espacio, meritorio y merecido. Mr. But tiene el temperamento necesario para enfrentar las grandes causas y los peores momentos. Mesura, inteligencia. Apertura, cierta ecuanimidad, el fiel puesto en los mecanismos de balances. La duda como herramienta decisiva —decidida.

Voy a extrañar que Barack Obama no nos siga poniendo peros.