Opinión

Obstáculo para la nación

Notes

Más que tirar chimbombas u ondear banderas nacionales, derrotar a Ortega significa conquistar a ese 60% que aún no entiende la lucha libertaria



La esencia de la política progresista es resolver, con la acción del pueblo, los problemas nacionales del presente. De tal solución, de la forma en que se enfrentan y se resuelven las contradicciones, depende el futuro. Por ahora, en lugar de atacar de inmediato las causas del atraso y de nuestro fracaso recurrente, debemos detenernos para apartar por la fuerza a Ortega, con gran dispendio de energía, de recursos y de vidas humanas, porque, a pesar de conformar un Gobierno miserable, cargado de crímenes censurados universalmente, Ortega insiste en aferrarse al poder a cualquier costo, como una fuerza de ocupación empeñada en el saqueo de las pocas riquezas disponibles.

Después de abril, la situación política se define como una guerra abierta, con fuerzas policiales contra la sociedad, de parte de una variante del crimen organizado que tiene los recursos del Estado bajo su control absoluto. En la sociedad orteguista en crisis, como en una inmensa retorta, se destilan los vapores del lumpenproletariado por la descomposición en curso de la economía, mientras los políticos tradicionales suben selfis a las redes sociales como que estuvieran a un paso de la victoria.

Hay una crisis dentro de la crisis

El orteguismo, como germen patógeno inoculado en el organismo social, hace que incluso luego de la masacre de abril, el 60 % de la población no culpe a Ortega por la crisis, según la encuesta de Borge & Asociados del 4 de marzo del 2019. Y que el 38% (6% más que el porcentaje de la población fanáticamente orteguista) estime que Ortega deba terminar su periodo.

Más que tirar chimbombas u ondear banderas nacionales en los centros comerciales, con piquetes exprés, derrotar a Ortega significa conquistar a ese 60% que aún no entiende la lucha libertaria. Desarrollar la conciencia de la población hacia el cambio de sistema es el objetivo de la lucha política, y ello no se logra con pequeños grupos de vanguardia que hinquen simplemente las costillas de la bestia dictatorial.

En la cumbre de la crisis más grave de nuestra historia, en marzo de 2019, el 68 % de los nicaragüenses no simpatiza con ningún movimiento o partido político. Y este porcentaje del pueblo que se desmarca de la lucha organizada tiende a crecer en la medida que perciben la crisis como un conflicto exclusivo de la clase política cristalizada, como una contradicción entre piquetes de jóvenes, que actúan como molestos moscardones para el régimen, y salvajes policías afectos a la dictadura.

Para colmo, el nivel de desconfianza en Ortega ha descendido 11 % en los últimos 5 meses, debido a que la rebelión de abril, sin capacidad de conducción política, decepciona a la población. Nadie atiende esta otra crisis dentro de la crisis, que no sólo frenará la rueda de la historia, sino, que la hará girar en vacío.

¿Por qué no podemos?

La novedad política de una juventud desinteresada, generosa, valiente, capaz de enfrentar por una causa noble a una tropa entrenada de miles de asesinos fuertemente armados, pronto se vio desplazada, por efecto de la represión, por los sólitos políticos tradicionales, que sin vergüenza se atribuyen la lucha espontánea de abril. Y la marea de admiración y dignidad que rebozaba en el alma del pueblo ha comenzado a refluir. Si se atomiza el odio contra la represión, pierde su significado político.

Una revolución se ve empantanada, más que por la capacidad represiva del enemigo, por el peso muerto de la política y de la cultura tradicional. La ventaja, si se puede llamar así a la torpeza de Ortega, es que el dictador sigue una estrategia derrotista, sin atajos, en contra de los derechos humanos, y que carga a patadas la mesa de negociaciones incluso cuando hace concesiones. La torpeza brutal es parte fundamental de su naturaleza.

Ortega piensa como monarca absolutista en una época equivocada. Lo cual hace imposible un acuerdo con él en torno a un nuevo orden más contemporáneo. No obstante, Ortega no es quien gana tiempo negociando (ya que, al anacronismo mesiánico, el tiempo y la realidad les resultan ajenos), es la lucha libertaria, conducida de modo inconsecuente por los políticos tradicionales y por el COSEP, la que pierde el tiempo, desmoralizando a las masas con frases huecas sobre la negociación, que se presenta –por sí misma- como método de cambio. Una negociación, independiente de la nación, que adormece a las masas, y que les da cierta relevancia mediática y les permite a los negociadores ejercer cierto control en la crisis, que de otra forma no lograrían.

El atraso político de Ortega y de sus opositores tradicionales (que comparten el mismo sistema), se retroalimenta recíprocamente para impedir el cambio.

La rebelión previsible del 18 de abril

Los burócratas que se infiltran entre los luchadores contra Ortega, escriben: abril fue una sublevación imprevista, no el resultado final de un proceso consciente.

Ninguna insurrección de masas es resultado de un proceso subjetivo. La sublevación de abril, en sus rasgos esenciales, era previsible, como también fue previsible la rebelión de masas que sucedió tras el asesinato de Pedro Joaquín Chamorro. Son discontinuidades comunes en la historia, es decir, saltos de la conciencia política del pueblo, por efecto acumulativo en el inconsciente colectivo de un descontento político contra un poder ubicado por encima de la nación, que supera de pronto, en un momento de desvarío o de locura brutal, el comportamiento usual del poder arbitrario, y que emprende una violación extraordinaria de los derechos ciudadanos.

Las crisis se gestan en el anacronismo

Las crisis profundas casi siempre se anuncian, probabilísticamente, a grandes rasgos. Un régimen anacrónico no puede no cargar en su seno varias crisis latentes a flor de piel, como crisálidas que encierran capullos de mariposas que oportunamente eclosionarán, bellas y resplandecientes, como una insurrección.

Lo que no significa que estas rebeliones puedan organizarse a voluntad, como un asalto guerrillero a un banco. La historia, como proceso consciente, voluntarioso, es la visión difundida oficialmente por el sandinismo para atribuirse así un rol caudillista en la sociedad. El sandinismo ha pretendido que la crisis del somocismo y el salto de conciencia de las masas, en enero de 1978, fue producto de la acción muy limitada e intermitente de células guerrilleras en los dieciséis años precedentes. La revolución antisomocista es presentada, subjetivamente, como el resultado final de un proceso voluntarioso del movimiento guerrillero.

La realidad, en cambio, sufre grandes tormentas por el simple aleteo, en algún sitio, de una mariposa. Es decir, un input, de diferencias consideradas pequeñas por la dictadura, como “vamos con todo” (decidido por el mando caprichoso del absolutismo), produce a la salida, en la sociedad, tremendas diferencias en la reacción ciudadana y en la reacción de la comunidad internacional.

Las discontinuidades rompen el control dictatorial

A la dictadura le perece, por torpeza burocrática, que controla a voluntad tanto el input como el output de su modelo absolutista. O sea, le parece que controla mesiánicamente la interfaz humana dentro del orden de la sociedad. Y cuando la reacción ciudadana, ante sus crímenes brutales, se revela independiente de su control, ésta lo atribuye a una conspiración externa, y lo niega, llamando puchitos a las multitudes admirables que se manifiestan abiertamente en las calles contra la opresión y el crimen.

La sublevación de abril no fue una insurrección que pudiera ser organizada voluntariamente. Lo que desconcierta a la burocracia, a uno y otro lado del poder. Pero, sí fue una discontinuidad previsible, como el valor que asume una función matemática en un punto del dominio de la iniquidad extrema, en un ambiente político de impunidad, extraordinariamente abusivo, caprichoso, sin escrúpulos. La dictadura, a pesar que aplana continuamente el espíritu humano, gesta, con su brutalidad, saltos libertarios de la conciencia política. El problema es que con un salto político espontáneo no se controla el Estado. La espontaneidad de las masas tiene limitantes, sin una fuerza política que organice y le dé contenido coherente a la lucha.

El fracaso del zapatismo en México ha demostrado, experimentalmente, después de 36 años de existencia, que es una ilusión anárquica proponerse el cambio del mundo sin la toma del poder. He allí el problema estratégico del momento revolucionario actual: la conducción metodológica de la lucha política por el poder, para superar el atraso en todos los sentidos.

El autor es ingeniero eléctrico.