Opinión

OEA, soberanía y lucha

De la abstención electoral no se pasa a elecciones libres, sino, a un cambio profundo de sistema



Ortega ganó las elecciones. Es una victoria pírrica. Para él, como para Pirro, los costos y sacrificios han sido más graves que el beneficio. Después de la batalla de Asculum, en la que pese a ganarla perdió 3,500 soldados, según Plutarco, Pirro exclama: “otra victoria como ésta y estaré perdido”.

Lo banal aquí es que Ortega, un simple aventurero sin escrúpulos, se ha puesto zancadillas a sí mismo. Con mala intención, Ortega ha dado una pirueta mortal desastrosa a los ojos del mundo, con estos comicios electorales que ha ganado fuera de la lógica democrática.

Lo que llama la atención, si acaso, en este proceso viciado, es la abstención electoral, porque esta omisión encierra algún mensaje ciudadano, políticamente muy relevante en contra del orteguismo, a pesar que es el orteguismo mismo quien suscita esa especie de huelga de pulgares caídos. El otro elemento de atención, es la crisis internacional del orteguismo, inducida, también, por esta farsa electoral.

En conjunto, es una obra maestra de metida de pata. El absolutismo hace tropezones en grande.

Desvirtuar el rol de las elecciones culminó en una crisis de legitimidad

Ortega quiso desvirtuar el rol de las elecciones como manifestación de la voluntad popular. Y lo ha logrado, a simple vista.  La abstención electoral apabullante sería –para sus planes- una muestra que la población deposita su confianza en una conducción política mesiánica, limitándose a reclamos economicistas (a esperar láminas de zinc, gallinas y chanchos).

A última hora, perdió legitimidad ante los ojos amenazantes de Washington y, entonces, le convenía que las elecciones fueran concurridas. Debió hacer un giro de 180 grados. Un vuelco táctico, demagógico, porque en la práctica no podía ya revertir que el proceso electoral resultara una farsa.

De pronto, ante Nica Act, el Consejo Supremo Electoral tuvo que manosear las cifras otra vez. Ni en el desierto de la farsa pudo jugar limpio por una vez en su vida. Montó una farsa dentro de la farsa, al estilo de Lope de Vega en su obra clásica “Lo fingido verdadero”, que ve al mundo como teatro. Así, los ausentes votan en los comicios virtualmente más concurridos, sin votantes reales, que no obstante eligen abrumadoramente a Ortega en esa realidad carnavalesca, cristiana, socialista, solidaria, de la demagogia barroca imperante (que transforma la realidad en ficción, más que la ficción en realidad, en una alquimia retorcida).

¿De cuánto fue la abstención electoral?

Imposible saberlo. Mal hacen aquellos que dicen cifras sin datos ciertos, o que lucubran fórmulas inútiles con variables en blanco. El trabajo del Consejo Supremo Electoral es hacer un conteo extraviado. Pero, cada quien en su barrio vio lo mismo: un proceso viciado sin votantes. Eso basta.

Contradicciones a la orden del día

Ortega conversa con la OEA, respecto a los ataques que su gobierno hace a la democracia representativa. Plática con quienes ha llamado sinvergüenzas al provocar imprudentemente este pequeño tsunami. E invita a Almagro a visitar Nicaragua, para consensuar con él un informe sobre las violaciones que Ortega ha hecho a la carta democrática interamericana. El primero de diciembre llegará Almagro al país. Apenas en junio pasado Ortega le espetó que renunciara irrevocablemente de la Secretaría General, acusándolo de injerencista. Al decir de Ortega, Almagro lavaría con su renuncia las manchas y las vergüenzas de la OEA por su comportamiento ilegal, irrespetuoso y prepotente.

Es evidente, que bajo ese comportamiento errático, Ortega ha pasado a la defensiva, por sus bravuconadas irreflexivas, y por profundizar su régimen anacrónico, ridiculizando los comicios electorales. Este salto de Ortega, guareciéndose temerosamente en la trinchera de la OEA (injerencista y prepotente), es una ópera bufa, porque a veces en un contexto abusivo y trágico ocurren episodios cómicos.

Vivimos un teatro del absurdo, de mal gusto. Desde que Ortega asumió el poder, aquí, como decía Camus, se experimenta lo absurdo a la vuelta de la esquina. Pero, Camus agregaba: “Con la rebelión, nace la conciencia”. Esta abstención electoral es un destello de esa conciencia escurridiza, una rebeldía en floración, un despertar primigenio en la crisálida. No más.

Pero, sobre esta trasmutación en curso –y no en la OEA o en las elecciones- conviene cifrar las probabilidades de cambios efectivos, con la derrota histórica del orteguismo.

Intervención de la OEA, su significado actual

En 1978 se pide la intervención internacional, para aislar a Somoza. Esa solicitud obedecía a una maniobra táctica al servicio de la estrategia nacional, que levantaba con fiereza una alternativa real de poder, independiente de la intervención extranjera. El desarrollo de esa alternativa de poder, indiscutiblemente heroica, era lo esencial de ese momento histórico.

Un análisis bobo compara hechos históricos, aisladamente, la intervención de entonces con la intervención actual, y olvida la esencia de la evolución de la realidad que encadena de manera particular los acontecimientos (cuyo significado específico se deriva de ese contexto en transformación).

Cuando la oposición electorera, sin alternativa propia de poder, acude ahora al Congreso norteamericano y a la OEA, subordina toda estrategia nacional a los fines geopolíticos de dicha intervención. Es una posición claudicante, sin principios, vacía de contenido programático nacionalista, contraria a los intereses nacionales. Revela un pensamiento burocrático de cúpula, sin escrúpulos nacionalistas, no digamos ya, sin carácter social de los sectores trabajadores. Obviamente, ese manjar repugnante del intervencionismo extranjero viene aderezado, sin luchas nacionales, con puñados engañosos de buenas intenciones. Empedrando así el camino del infierno, que de generación en generación las elites provincianas han embaldosado tristemente por 200 años de vida republicana.

En las farsas anteriores –tan viciadas como éstas- no pidieron lo mismo, porque se les permitió ocupar (hasta que Ortega quiso) algunos curules.

Almagro ni quiere ni puede dictar cuál debe ser la correlación de fuerzas dentro del país. Ni la misión de la OEA es repartir cuotas de poder. Los partidos electoreros no ven otra salida, para ellos mismos, fuera de los puestos estatales.

El mensaje de la abstención electoral es, también, un rechazo a esta oposición electorera. De la abstención electoral no se pasa a elecciones libres, sino, a un cambio profundo de sistema. A la desarticulación de la dictadura, y a la derrota de las fuerzas sociales afines a ese modelo dictatorial.

Alternativa de poder de los nicaragüenses

Lo esencial del momento es conducir la crisis de Ortega hacia una alternativa de poder, basada en la movilización popular. Un partido de combate necesita convertirse en un partido de masas, no en un partido necesariamente reconocido por el Consejo Supremo Electoral orteguista.

Hay una interrelación dialéctica entre la lucha por conquistar espacios legales, y el uso de los espacios legales exclusivamente para la lucha de masas. El objetivo mínimo, el más inmediato, es la caída de Ortega por medio de la movilización de las masas trabajadoras. Luego, los luchadores decidirán democráticamente la transformación del país.

Las elecciones podrían contribuir a ello, si se usan no como un fin (al que se le llame ideológicamente civilizado o pacífico), sino, para movilizar a las masas a la lucha efectiva en contra del sistema, por intereses sociales.

Ortega podría terminar amarrado a un castaño, rumiando en sus adentros bajo un cobertizo de palma en el patio, que la máquina del Estado totalitario se ha descompuesto para siempre.

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El autor es Ingeniero eléctrico.