Opinion

Dictadura, coronavirus y parálisis de la oposición

En los próximos meses, la crisis económica interna se agravará por la recesión económica mundial provocada por la pandemia.

Dos años después de la insurrección de abril del 2018, la dictadura Ortega-Murillo se mantiene en el poder. Está debilitada, repudiada a nivel nacional e internacional, pero todavía ejerce su control absoluto sobre el aparato del Estado.

Es indudable que Daniel Ortega logró cambiar, a mediados del 2018, la correlación de fuerzas a su favor. Esta relativa victoria de Ortega ha aplastado temporalmente la resistencia popular y con ello ha alargado la agonía de la dictadura, provocando la atomización y dispersión política de la oposición. A su vez, en un terrible juego dialectico, la crisis y debilidad de la oposición contribuye a alargar la vida de la dictadura.

La improvisación de nuevos sujetos políticos

El levantamiento popular en abril del 2018 tiró una palada de tierra sobre el sistema de partidos políticos tradicionales, que la dictadura ya había logrado desarticular o captar. En realidad, la rebelión de abril no tuvo una conducción política. Esa fue su vitalidad, pero al mismo tiempo su enorme debilidad

Los acontecimientos posteriores al levantamiento de abril del 2018 demostraron el enorme vacío total de conducción política en la oposición. La Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia (ACJD) a inicios de mayo del 2018, bajo la tutela de la Iglesia Católica, no fue creada como un liderazgo político para profundizar la movilización popular, sino para iniciar una mesa de negociación con la dictadura. Las negociaciones del primer Diálogo Nacional fracasaron, no por falta de flexibilidad de la ACJD, sino porque la dictadura solo quería ganar tiempo mientras aplastaba el levantamiento popular.

Meses más tarde, después del aplastamiento militar de los tranques, cuando Ortega había logrado recuperar el control pleno del país, en circunstancias muy difíciles, se conformó a inicios de octubre del 2018, la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB), como la primera gran coalición en donde participaban todos los grupos de oposición, incluida la ACJD. Esta finalmente se retiró de la UNAB a finales del 2019.

La estrategia de negociación con la dictadura fracasó estrepitosamente.

La renuncia a construir una nueva fuerza política

En la medida en que la ACJD y la UNAB renunciaron a convertirse en el eje aglutinante para construir un partido político, como demandaba la población, el futuro de cualquier coalición electoral irremediablemente dependerá de los partidos políticos tradicionales, porque conforme nuestro sistema electoral el monopolio para la postulación de candidatos está en manos de los partidos políticos, los mismos que la población rechazó en 2018. Y aquí es donde, de repente, nos topamos con los mismos actores del pasado que han resucitado, y que aspiran en silencio a liquidar definitivamente las banderas democráticas de abril del 2018.

El fetichismo de la “unidad”

El discurso sobre la necesidad de la unidad contra la dictadura no es nuevo. Forma parte de nuestras tradiciones políticas y de nuestra historia. En 1959 se conformó la primera Unión Nacional Opositora (UNO). La segunda UNO se conformó en 1966, y la tercera UNO, la única victoriosa, se conformó en 1989. En cierta medida, corresponde a una situación de debilidad de la oposición ante el aparato represivo de las dictaduras. Ese es el contexto del nacimiento de la Coalición Nacional (CN)

La pandemia del coronavirus

La pandemia vino a cambiar radicalmente la situación política y a agravar la crisis económica del país. El pesimismo y la incertidumbre se han apoderado de la ciudadanía que se siente desprotegida por el Estado, y se encuentra paralizada y atomizada en la supervivencia individual y familiar.

A nivel político, la dictadura es de los pocos gobiernos en el mundo (Bielorusia y Brasil) que, sin decirlo abiertamente, optó por aplicar la estrategia de “inmunización de rebaño”, es decir, no ha impuesto cuarentenas ni ha impulsado el distanciamiento social. El objetivo es claro: que el contagio produzca algún grado de inmunidad en la mayoría de la población (solamente un 5% es mayor de 60 años), trazando un frío cálculo sobre la cantidad de posibles muertes en 800.

Últimamente, forzada por la realidad, la dictadura ha comenzado a girar lentamente y comienza a aplicar parcialmente algunas recomendaciones de la OMS, impulsando algunas decisiones: cierre en los hechos de las fronteras, fumigación de mercados y transporte público, cabinas sanitizantes, uso de mascarillas en las instituciones públicas, campañas de vacunación nacional contra la influenza y neumonía, etc.

En las próximas semanas la ocultación de datos mostrará toda la crudeza de la pandemia.

La parálisis de la oposición

La pandemia introdujo una crisis sin precedentes en la Coalición Nacional (CN). No hubo acuerdo unitario en torno a la repuesta. La ACJD y la UNAB salieron públicamente con posiciones diferentes, el PLC hizo lo mismo. Hubo propuestas de “tregua”, se produjo un discreto distanciamiento de las cámaras empresariales, pero no hubo una repuesta unificada ante la pandemia. El vacío de conducción es más que evidente.

La propuesta de “gobierno de transición”

Como contraposición a la parálisis de la oposición, un sector está desempolvando la consigna de “gobierno de transición”, que estuvo a la orden del día durante la rebelión de abril del 2018. Obviamente, la inmovilidad de la oposición conduce al fenómeno inverso: la tentación de sustituir la realidad concreta con propuestas abstractas. Mucho se discutió sobre el “vacío de poder” en Nicaragua, por la desaparición temporal prolongada de Daniel Ortega.

Lamentablemente, la dictadura sigue ahí, con las manos ensangrentadas, pero controlando férreamente las instituciones del Estado. Hasta el momento, ningún sector social representativo se ha postulado para encabezar una posible “Junta de Gobierno”. No basta desconocer a la dictadura en un comunicado, y proclamar la instalación de un “gobierno provisional”, se requiere reagrupar a la población sobre las mismas reivindicaciones democráticas de abril que han sido abandonadas a lo largo de estos dos años.

El talón de Aquiles: la agudización de la crisis económica

La extrema debilidad de la dictadura puede apreciarse en el agravamiento de la crisis económica. Ortega tiene un escaso margen de maniobra, por eso no toma ninguna decisión relevante, porque la economía está en cuidados intensivos.

En los próximos meses, la crisis económica interna se agravará por la recesión económica mundial provocada por la pandemia. Aunque la dictadura cierre los ojos ante la realidad, la crisis económica golpeará duramente al país en el periodo inmediato, por el descenso de las remesas, el cierre de mercados para las maquilas y ciertos productos agrícolas, y porque en 2020 se notará el impacto que la reforma fiscal del 2019 ha tenido en el sector agropecuario.

No debemos de perder de vista que las sanciones internacionales impuestas contra la dictadura, le impiden acceso al financiamiento externo que tanto necesita. Hay una asfixia económica y financiera, el Estado a duras penas garantiza su funcionamiento mínimo.

La oposición no ha logrado construir un discurso sobre el eje que más preocupa e interesa a la población: la lucha efectiva contra la pandemia y la agudización de la crisis económica, que afecta a todos los sectores sociales. Sin propuestas claras, la población continuará dispersa y atomizada.

Invito al debate.

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