Opinion

Diez horas que estremecieron a Estados Unidos

EE. UU. está en una situación inédita desde Abraham Lincoln: el rechazo al orden constitucional por una parte importante del electorado

MOSCÚ – A la insurrección del 6 de enero en el Capitolio estadounidense le faltó el dramatismo épico del ataque al Palacio de Invierno, eso es seguro. La turba, incitada a marchar al Congreso por el Presidente Donald Trump en un acto celebrado en las cercanías, logró interrumpir una sesión conjunta para confirmar el voto del Colegio Electoral a favor del Presidente electo Joe Biden. De todos modos, los legisladores cumplirán su deber constitucional y la asunción de Biden se realizará el 20 de enero.

Los insurrectos no eran, ni de lejos, tan disciplinados como los cuadros bolcheviques de soldados y marinos revolucionarios de Lenin. La mayoría eran “guerreros de fin de semana” rollizos, de mediana edad y con gorros rojos, tan interesados en tomarse una buena selfie en la rotonda del Capitolio como en derrocar a su gobierno y consagrar a Trump como un dictador no electo. Fue, como dijo un comentarista, un “Golpe de Barrigas Cerveceras”.

Y, sin embargo, las acciones de los insurrectos –a pesar de su patetismo- tendrán implicancias revolucionarias para la autoimagen de Estados Unidos y su reputación en el mundo. Por primera vez en la historia del país, un presidente en el cargo, derrotado en las urnas para un segundo mandato, animó a una turba a que intimidara al Congreso para violar la constitución estadounidense y, así, mantenerse en el poder. Con la ayuda y el aliento de los medios de derechas y los votantes republicanos, los cuatro años de Trump en el cargo, con su abierto desprecio por los valores, instituciones y normas de la democracia, han generado lo que siempre quiso: una revuelta ilegal y nihilista contra las “élites” protagonizada por los “perdedores” a los que convirtió en sus más fanáticos partidarios.

Rompiendo ventanas y superando en cantidad a la policía del Capitolio, los sublevados irrumpieron en las cámaras del Senado y de los Diputados, obligando a los parlamentarios y su personal a evacuar las instalaciones. Al momento de escribir esto, una mujer ha muerto por disparos, pero está por verse cuántos heridos hay y cuántos daños ha sufrido el edificio del Capitolio.

Una cosa que Trump y Lenin tienen en común, así como Napoleón y todos quienes han lanzado un golpe contra un gobierno en funciones, es su desprecio por el estado de derecho y las figuras políticas que les precedieron. Como Lenin, Trump detesta las normas que apunten a limitar el ejercicio del poder y, en consecuencia, tiene poca paciencia hacia la cultura de compromisos que sustenta los gobiernos representativos. Y, como Lenin, tiene una salvaje capacidad de detectar debilidades, no solo en el régimen establecido, sino en sus propios y serviles funcionarios, algunos de los cuales han violado el juramento de oficio para protegerlo.

Aun así, los regímenes a los que se enfrentaron Lenin, Napoleón, Mussolini y Franco no solo eran débiles: carecían de la voluntad de sobrevivir. Por lo general, los golpistas más notorios de la historia empujaron puertas abiertas.

A juzgar por su conducta en las últimas semanas, Trump parece haber llegado a la conclusión de que también era así en su caso. En su cabeza, tras cuatro años de sus ataques, las instituciones de representantes de Estados Unidos no tenían la voluntad de defenderse. ¿De qué otro modo se pueden explicar sus intentos de forzar a las autoridades de Arizona, Michigan y Georgia a “buscar” suficientes votos para convertirlo en ganador?

En lugar de ver los repetidos rechazos oficiales como una señal de que la República Estadounidense no estaba lista todavía para caer, Trump se centró en el hecho de que no ha pagado precio alguno por sus intentos de subvertir los procesos e instituciones democráticos estadounidenses. Si hasta entonces no había enfrentado ninguna consecuencia, ¿por qué no seguir insistiendo hasta que el sistema se derrumbara por completo?

Después de todo, el triste espectáculo en el Capitolio también contó con la complicidad de legisladores republicanos como los Senadores Ted Cruz de Texas, Josh Hawley de Missouri y casi tres cuartos de los republicanos en la Cámara de Representantes. Todos habían dado señales de su intención de objetar los votos que ya han sido debidamente certificados por los gobiernos estatales. Ellos, con su validación de teoría paranoides sobre un “fraude electoral”, fueron los que dieron a Trump, un verdadero cobarde en cualquier otra circunstancia, el ímpetu para alentar a la turba enardecida.

Pero los “congresistas de la sedición” no fueron los únicos culpables. A lo largo de cuatro años, el líder de la mayoría republicana en el Senado Mitch McConnell y el resto de su partido han hecho la vista gorda a medida que Trump iba degradando la presidencia estadounidense. Tras el juicio político a Trump el año pasado en la Cámara de Representantes, los senadores republicanos votaron para absolverlo, dando una credibilidad inicial a sus falsas acusaciones de fraude electoral.

Incluso hoy, cuando la turba se acercaba al Capitolio, McConnell siguió difundiendo la mentira de que los demócratas eran quienes habían socavado la democracia estadounidense primero. De manera similar, la Senadora Susan Collins de Maine ha expresado por años su “preocupación” por la conducta de Trump, pero no ofreció ninguna resistencia a sus ataques a las instituciones en su único mandato.

Estos políticos serviles vivirán el resto de sus vidas en la infamia, pero también lo harán todos y cada uno de los periodistas de Fox News (y el propietario del canal, Rupert Murdoch) que se han hecho altavoces de las mentiras de Trump. Lo mismo con los líderes de las plataformas de redes sociales –en particular, Mark Zuckerberg, Director Ejecutivo de Facebook- que han propagado ampliamente la desinformación y las falsedades.

Estados Unidos se encuentra hoy en una situación inédita desde los tiempos de Abraham Lincoln: el rechazo al orden constitucional por una parte importante del electorado. Mientras los adversarios de ese país veían con regocijo los sucesos del 6 de enero, sus muchos amigos y aliados de todo el mundo lo hicieron con desaliento y consternación.

Al igual que Lincoln, Biden tendrá que enfrentar de lleno este reto existencial creado por sus propios conciudadanos. Una cosa ya es segura: la insurrección trumpiana no se calmará con discursos tranquilizadores sobre “avanzar” sin condenar a los culpables. Para Trump, para el Partido Republicano, hoy cabe aplicar la brutal verdad de los Proverbios 11:29: “El que perturba su casa no heredará más que viento”.

Nina L. Khrushcheva es profesora de Asuntos Internacionales en The New School. Su último libro (con Jeffrey Tayler) es In Putin’s Footsteps: Searching for the Soul of an Empire Across Russia’s Eleven Time Zones (En las huellas de Putin: la búsqueda del alma de un imperio a lo largo de los once husos horarios de Rusia.)

Copyright: Project Syndicate, 2021.
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