Opinion

Libertad o caos

Resulta desvergonzado hablar de cohabitación democrática cuando rige la suerte del país una dictadura que impone una cohabitación carcelaria

Humberto Ortega, uno de los nueve comandantes responsable del desastre de los años ochenta, hermano del otro Ortega que se mantiene a sangre y fuego en el poder, escribió un artículo en La Prensa del 17 de febrero, que tituló “Cohabitación o caos”. El artículo es imposible leerlo. No obstante, algunas partes pueden adquirir sentido gramatical y dar una idea de lo que quiso decir. Tomé sólo esa parte, y le quité todo lo inútil y sobrancero, condensándolo de tal manera que resultara coherente, por así decir… Es como si hubiera hecho una liposucción para recuperar, de la deformidad grasienta, una forma original comprensible y estilizada. El texto, luego de la cirugía plástica es el siguiente:

“El reto del presente, exige nos integremos coherentemente para vencer la pobreza en plena libertad y democracia, concertando un Acuerdo Nacional de cohabitación democrática con todos los sectores de nuestra sociedad. Superando la dañina polarización política. Recoger lo bueno y desechar lo malo para lograr gobernabilidad. Marchar en la espiral ascendente de la historia. Marcar el rumbo de libertad en democracia para vencer la miseria, generando desarrollo económico-social. Asumir en las distintas ideologías los valores humanistas, y desterrar para siempre los graves vicios políticos-ideológicos arrastrados desde el remoto pasado, que actualmente tienen a Nicaragua en un atolladero”.

Si se le pregunta a este señor si este texto cohesionado reproduce su pensamiento, responderá durante media hora cualquier cosa, gesticulando. Mejor no preguntarle.

Pero, ahora, es posible analizarlo. Son las mismas ideas que expresa el filósofo de la “unidad en la diversidad”, que piensa que tal unidad sea un fin deseable, dado que no entiende que en la unidad de lo que existe como identidad se produce el devenir dialéctico, conflictivo. Y que, de ese conflicto excluyente, y no del consenso, es que resulta la “Nicaragua posible”.

Este texto, de este otro Ortega, se puede leer de adelante para atrás y de atrás para adelante. O bien embucharlo y hacer gárgaras, porque no significa nada. Son frases vagas, vacías, sin sentido concreto. 

Cohabitar quiere decir aceptar la realidad dominante, cuando la realidad no se acepta a sí misma, sino, que evoluciona y se transforma por autodesarrollo, como todo en la naturaleza que es contradictorio y en permanente cambio. No hay nada más transformador por excelencia que el trabajo humano, que se vale de la conciencia para mejorar culturalmente sus condiciones de existencia con cambios en la naturaleza, afín de reducir la incertidumbre. Cohabitar, políticamente, es un plan opresivo del estatus quo, que se opone al cambio. El articulista es parte de ese estatus quo. Rehúye, como satanás el agua bendita, el análisis de la situación concreta. Por ello, por malicia, habría que preguntarle al respecto:

¿Cuáles son los vicios político-ideológicos que actualmente tienen a Nicaragua en un atolladero y que se deberán desterrar? ¿Cuál es el atolladero? ¿Cómo se destierran esos vicios, para salir del atolladero? ¿No es lógico que integrarnos coherentemente para marcar el rumbo hacia la libertad democrática conduce, no a cohabitar, sino, a luchar contra quienes marcan el rumbo hacia la opresión dictatorial? ¿La cohabitación democrática es posible mientras exista un gobierno dictatorial brutal? De manera, que el Acuerdo Nacional, para lograr gobernabilidad, ¿tendrá por objetivo inmediato derrotar a la dictadura que tiene al país en un atolladero ingobernable, y que deberá ser desterrada para siempre?

Resulta desvergonzado hablar de cohabitación democrática cuando rige la suerte del país una dictadura que constriñe a los ciudadanos a una cohabitación carcelaria. La consigna no es cohabitación o caos, sino, libertad o caos. Puesta así, en cambio, como cohabitación o caos, es una amenaza desde el estatus quo dictatorial. Significa: ¡conmigo o el diluvio universal!

Marchar en la espiral ascendente de la historia significa, no cohabitar con lo incompatible, sino, al contrario, cambiar la realidad concreta, resolver dialécticamente la contradicción y el conflicto que arrastra a la sociedad, en nuestro caso, hacia el atraso, al absolutismo de fuerzas reaccionarias opresivas. Significa cambio cualitativo progresivo, estructural, ampliar los derechos políticos del pueblo, destrabar la participación independiente del pueblo en la gobernanza del país. Ascender en la historia significa destruir el atraso, la corrupción, los privilegios, el mesianismo, el absolutismo dictatorial, la superchería, la ignorancia, el fanatismo, la tortura, la opresión, el poder policíaco, el servilismo. Todo lo que se ha enseñoreado en los últimos cuarenta años en Nicaragua. 

La dictadura retrógrada del orteguismo se opone al avance de la sociedad con represión y ruina. Es un atolladero. Las fuerzas progresistas se oponen a la dictadura, se independizan de ella y se vuelven superiores, no cohabitan pacíficamente con ella, la niegan combativamente para superarla, ascendiendo en la historia, de modo, que no existan bases sociales materiales para que pueda ser restablecida. La hegemonía está en crisis, y la dictadura retrocede a una dominación armada insostenible. El fascismo culmina en bonapartismo. Aquí, en cambio, el bonapartismo involuciona hacia el fascismo, aislado de las clases sociales. Las elecciones fraudulentas no resuelven la crisis. Ortega deberá recurrir a métodos fascistas, redimensionando la crisis en un círculo vicioso insostenible.

Lo extraordinario e interesante es como la dictadura gestó el movimiento de abril, dando lugar a la crisis de gobernabilidad, a la lucha de la sociedad por su superación. La dictadura produce, a su interno, con la crisis, al agente que va a enterrarla. La conciencia antidictatorial socava el poder del dictador que debe recurrir a transformar la sociedad en un orden amenazante, paramilitar. No es un proceso de cohabitación, sino de gestación y parto de una nueva sociedad, superior. Se trata de superación de la contradicción o caos. Vivimos una transición convulsa. La política une lo objetivo con lo subjetivo, la madurez objetiva con la madurez subjetiva y lo convierte en estrategia de lucha progresiva, no de cohabitación. La cohabitación de contrarios es el caos, es la entropía, el equilibrio incapaz de producir trabajo: lo contrario al orden combativo que crea una nueva sociedad. Se debe producir orden estratégico de cambio, no cohabitación.

Todo lo que este Ortega menciona como deseable en una cohabitación en abstracto, sólo es posible, en concreto, con la derrota decisiva del otro Ortega.

Este Ortega, a pesar de destruir el país, es políticamente ingenuo. Cree, con suma ignorancia, que el centrismo sea un lugar geográfico, lejos de ambos polos, una especie de ecuador político al que se llega desterrando los vicios ideológicos, escogiendo lo bueno para lograr gobernabilidad, asumiendo valores humanistas. Como vemos, luego de destruir un país se ha convertido en un personaje de Bouvard y Pécuchet (improvisando, sin leer la enciclopedia que Flaubert les hace leer a sus personajes –según dice Borges-  para que no la entiendan). Pero, detrás de este personaje ingenuo de la política nacional no hay un Flaubert que le insufle algo de sí. Éste es alguien que va por cuenta propia a la buena de dios. 

El bien y el mal no se recogen, como piensa este Ortega, en cestas separadas como castañas y hongos en el bosque. ¿Hay algo que determine absolutamente qué es el bien? Se deberá imponer, saliéndose del centro, un mandato ideológico sobrenatural que, precediendo a la ciencia, defina permanentemente desde el más allá el bien, el humanismo, la virtud, la perfección. En el más acá, la humanidad recurre a la interpretación ideológica, es decir, metódica, de una realidad que adquiere un significado semiológico relativo, por lo general, confrontativo, según sea percibida desde intereses sociales contradictorios. Son estas percepciones sociales (que se contraponen a la dictadura) las que Ortega desea desterrar, ubicándonos, no en el centro político, sino, en el limbo donde cohabitan los inocentes que mueren ignaros al nacer.

El autor es ingeniero eléctrico.

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