Opinion

Pedro 43: No lo pudieron matar

Los ideales de Pedro perduran, derrotan los embates de las dictaduras, y pregonan que ¡Nicaragua volverá a ser República!

Antes de despedirnos, al atardecer de un lunes 9 de enero de 1978, Pedro me dijo: “Nos vemos mañana”, y yo, como si se tratara de una premonición, le respondí: “No, mañana no nos vamos a ver”.

Y pese a  todo, no fue así, porque toda Nicaragua lo sigue viendo. El asunto es que un martes 10 de enero, hace 43 años, quisieron matar a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Y digo que quisieron porque matar no es únicamente eliminar la parte física de un hombre, sino cuando la intención criminal es borrarlo de la faz de la tierra, de la historia de un país y de la memoria colectiva. Repito, lo quisieron matar un 10 de enero de 1978, y no pudieron, porque las ideas de Pedro –sus ideales- perduran y su espíritu y dignidad, como escudos, resisten y derrotan los embates de las dictaduras, y persisten su voz y su pluma en pregonar, contra viento y marea, que ¡Nicaragua volverá a ser República!

La tarde de aquel lunes 9 de enero de 1978, fue igual a este sábado 9 de enero de 2021. Pedro y yo coincidimos en salir cada quien de sus respectivas oficinas en La Prensa. La última media hora, a eso de las cinco de la tarde, habíamos pasado hablando de sus narraciones y él haciendo mutis sobre sus poemas. Pero antes de irnos, a instancias mías, habíamos hablado de tres de sus más recientes libros:  “Jesús Marchena” (1975), “Richter 7” (1976) y “El Enigma de las Alemanas” (Diciembre de 1977), al que pertenece el cuento “El Abuelo”, del que en mi pequeño libro e inspirador de estos textos “Pedro, teniendo conocidos en el cielo”, digo, para iniciar esa transcripción en el libro:

Considero imprescindible transcribirles este cuento de Pedro que, junto con el texto “El Abello” de Claudia su hija y madre de Tolentino, dan sentido, como lo verán, a este viaje, junto con mi especulación final.   Y es que el  cuento, Pedro lo inicia así: “El hombre que bajaba en el globo aerostático, tenía la misma cara que mi abuelo, tez rosada, ojos azules, pelo blanco y vestía camisa celeste rayada, corbata de lazo y cuello duro.” Y lo termina así: “el globo se veía de lejos y todos corrían hacia él, y en segundo lugar me fui acercando porque su piloto se parecía enormemente a mi abuelo, razón por la cual, como ya dejé dicho, distinguido auditorio, grité con todas las fuerzas de mis pulmones: !Abuelooooooo! Abuelooooooo! Todo para que el señor del globo me contestara lleno de cólera, molesto, bravo, con gesto despectivo –¿Y vos que estás haciendo ahí si ya no sos un niño? “

Parte de los hechos aquí narrados no pretendían ser otra cosa que un viaje de Pedro hacia Pedro. El Pedro padre y abuelo, y el Pedro Héroe Nacional y Mártir de las Libertades Públicas. Pero resulta que en esto estaba, cuando recibí en el 2003 el libro de Claudia Lucía Chamorro,  “Tiempo de Vivir” en donde estremecedoramente se relata, la vida, pasión y muerte de su hijo Tolentino, “el más parecido a su abuelo”. Entonces, el alma de este texto se transformó en el viaje de un niño hacia otro niño. En el del niño que busca a su abuelo, y el del otro niño que va hacia él, tranquilo, hacia el cielo. Fue en esos días, escribe Claudia en El Abello, cuando Tolentino, estando hospitalizado, tomó absoluta conciencia de que se iba a morir. Una noche comenzó diciéndome: Ya estoy claro que me voy a morir pero no me quiero morir, porque tengo mucho miedo, porque no sé cómo es el cielo. No conozco a nadie en el cielo…Pero de todas formas acordate –le dijo Claudia- que allí está tu abello y con seguridad te  está esperando con los brazos abiertos.

Cuando Tolentino llegó al cielo, lo primero que vio fue a su abuelo encaramado en un globo areostático que manipulaba a la perfección. No le costó nada reconocerlo, pues al fin y al cabo era igualito a él. ¡Abelloooo, Abelloooo!, le gritó con alegría. El señor del globo le contestó con igual entusiasmo: ¡¿Quién es el perro macho?!, mientras dirigía como un experto que desea sorprender a su nieto, el globo hacia Tolentino. Ya de cerca, el nieto quedó viendo a su abuelo con una carita radiante de picardía y felicidad, y le dijo: ¿Y vos que estás haciendo ahí, si ya no sos un niño?

II

Me imagino en un globo aerostático y en aquella inmensidad del cielo veo que otro se acerca. Luego, Pedro, te diviso, y junto a tu costado la cara sonriente de un niño que te estrecha. Mientras nos encontramos pienso que han transcurrido cuarenta y tres desde la última vez que nos vimos, y que lo único que te puedo decir, Pedro, es que correspondiendo a aquel muchacho que cayó herido en el muro exterior del cementerio la noche en que enterramos tu cuerpo (porque fue de noche en toda Nicaragua), recordar que gritó: ¡Que siga la lucha. Viva Pedro Joaquín Chamorro! Y que seguiste y seguís viviendo. Porque tu integridad nunca fue enterrada puesto que no muere y perdura.

Te decía, Pedro, que me imagino a mi mismo en un globo, y desde arriba veo a mis nietos como perdidos en una pequeña patria triangular y dolorosa y violentamente dulce. Atinan a gritarme: ¡Abueloooo prestanos el globo! Voy en el globo y los diviso inocentes y desprevenidos ante el peligro mortal que nos acecha a todos. Voy en este globo y me cruzo con el tuyo y de tu nieto Tolentino. Te hago preguntas antes de que se las lleve aquel viento celestial. Me contestás que la herida que más te duele, más que la de los perdigonazos, es la de 43 años perdidos. Yo te insisto en que seguimos condenados a la búsqueda de una patria. Pues en eso estamos, respondés, precisamente por eso “Nicaragua volverá a ser República”. Me siento aliviado con el optimismo de Pedro, y ya para despedirnos le comento que vale la pena tener conocidos en el cielo, y le señalo a Tolentino. Sonríe, y se aleja en su globo viéndome reconfortado. Y estoy reconfortado porque tiene toda la razón.

Me dice algo, ya remontando las nubes, que no logro escuchar. Pudiendo apenas acercarnos, me señala hacia abajo. Una fila de hombres con caras de piedras huye de la justicia. Son los “cara de piedras” que participaron en su asesinato físico y de tantos héroes y mártires. A duras penas pueden con el peso de sus cuerpos. Son piedras canteras condenados a cargar con sus culpas. Otra fila, entre claros clarines, hace su ingreso a una Nicaragua libre, republicana y por lo mismo democrática. Alejándose hacia la inmensidad me la señala, con aire triunfal. Es una caravana que entra a Nicaragua, y en la atmósfera acústica se escucha la voz de Rubén:

La virtud está en ser tranquilo y fuerte;

con el fuego interior todo se abrasa;

se triunfa del rencor y de la muerte,

y hacia Belén… ¡la caravana pasa!

Más en Opinion

Share via
Send this to a friend