Opinion

¿Reformas electorales por encima de la epidemia?

Para Bonifacio Miranda, preocuparse por la epidemia sería una trampa, de modo, que las reformas electorales son, para él, un objetivo estratégico

Bonifacio Miranda, un ex asesor legal de la UNAB, escribe un artículo en Confidencial del 9 de junio, que tituló “reformas electorales bajo el horror de la pandemia”. En el cual, de manera confusa pretende persuadir que la posición estratégica contra Ortega se centra en las reformas electorales, con independencia de las condiciones concretas de la epidemia actual que, por la política orteguista, amenaza terriblemente a la población.

Por supuesto, Miranda ve las reformas electorales como producto de una negociación con Ortega, de modo, que deja cabos sueltos por todos lados, ya que no comprende que una negociación decisiva ocurre sólo cuando los enfrentamientos han determinado una correlación de fuerzas irreversible. Y que antes de ello, toda negociación –sea conscientemente o menos- es parte de una maniobra táctica que intenta incidir en los enfrentamientos de la lucha en curso. De modo, que lo esencial, estratégicamente, es el cambio en la correlación de fuerzas por medio de enfrentamientos políticos.

En tal sentido, las reformas electorales, y la negociación con Ortega, no constituyen una estrategia, sino, una variante táctica a utilizar en los enfrentamientos estratégicos que son obra, no de grupos opositores, sino, de los sectores sociales que pueden definir el rumbo de la sociedad desde su propia perspectiva colectiva.

Refutar metódicamente las posiciones confusas, y en buena medida oportunistas, de Miranda puede ayudar a ilustrar cuales sean las tareas políticas del momento.

¿Reformas electorales o condiciones de boicot al proceso electoral orteguista?

Una dictadura en crisis no puede gestionar ninguna crisis social, económica o sanitaria, ya que su propia crisis política le impide revertir su deriva represiva. Ortega, como un náufrago, no puede escapar de su ola represiva porque si se detiene para darle paso a la ciencia afondaría por el peso desmesurado de la masacre de abril. La dictadura no admite afeites, y sólo puede sobrevivir día tras día reprimiendo ininterrumpidamente derechos ciudadanos cada vez más esenciales a la condición humana.

En el Libro Blanco se afirma que sin cuarentena y promoviendo eventos masivos la epidemia está bajo control desde el 22 de mayo (a pesar que ahora entramos a la estación climática húmeda, que parece influir en una mayor carga viral). El presidente del Banco Central dice que nuestra economía hasta ahora va bien, y contradice las proyecciones negativas del Fondo Monetario y del Banco Mundial. Concluimos que la dictadura es optimista. El cómico Verdaguer definía una persona optimista como aquella que cuando lleva 28 pisos de caída, al despeñarse desde un edificio de 30 pisos, comenta: ¡Hasta ahora vamos bien!

Las reformas electorales no tienen capacidad de movilización, que es la función de las consignas. Lo que está a la orden del día, con la crisis sanitaria, es el control del Estado. Es decir, la capacidad de trazar, desde el Estado, una estrategia nacional contra la epidemia.

Más que reformas electorales a negociar con Ortega, se requiere señalar bajo qué condiciones represivas, bajo qué situación de abuso (por ejemplo, con solo que Ortega sea candidato), se debe llamar al desconocimiento del proceso electoral orteguista, y del régimen que resulte de tal maniobra fraudulenta. Es un emplazamiento a la dictadura sobre la mayor derrota estratégica que se auto infligiría por torpeza, y que pondría a la orden del día el reconocimiento internacional de un gobierno alterno. También en el tema electoral se trata de luchar contra Ortega, de hacerle retroceder de una forma o de otra, impidiéndole afirmar su Estado policíaco, no de negociar con él mientras la correlación de fuerzas aún le favorece en la etapa de reflujo.

Gobierno provisional y control del Estado

Para Ortega se trata de darle a la dictadura (que hasta hace poco podía revestirla como un régimen corporativista, compartido con el COSEP) un acabado carácter policíaco, bonapartista. Para mantener indefinidamente un poder en crisis, Ortega, como una plaga de langostas que acaba con la cosecha de alimentos, se ve obligado a sustraer de forma directa mayores derechos a los ciudadanos.

La degradación de la sociedad, piensa Ortega (incluso con la devastación de la epidemia), favorece el poder dictatorial, porque incrementa el caos. Lo esencial, efectivamente, es evitar, por medio de luchas sociales, que la sociedad sea más degradada por Ortega.

Miranda escribe contra la consigna de gobierno provisional:

“Grupos de la oposición vociferan que no podemos ir a elecciones bajo la dictadura Ortega-Murillo, y rasgándose las vestiduras invocan un inexistente gobierno provisional”.

El problema, para Miranda, es que el gobierno provisional no existe. Pero, cuando Miranda invoca las reformas electorales olvida que tales reformas tampoco existen, que la democracia tampoco existe, y que la libertad igual. El punto no es la inexistencia o menos de lo que se demanda, sino, que lo esencial en política es el rol que dichas demandas desempeñan para movilizar a la población hacia la lucha por sus intereses en cada coyuntura.

No basta con desconocer a Ortega o con pedir que renuncie. Se debe contraponer un orden alterno, capaz de enfrentar la epidemia no sólo con consejos médicos sensatos, sino, con una estrategia nacional que disponga de los recursos estatales. El sólo concepto de gobierno provisional es educativo, en estos momentos, en sentido progresivo.

El gobierno provisional es una consigna propagandística (un gobierno obviamente inexistente por ahora). Una consigna propagandística surge cuando se avanza hacia una situación revolucionaria, en la que será posible hacerla realidad. Las consignas propagandísticas aclaran la naturaleza del momento en que se hacen necesarios saltos de calidad en la sociedad.

Sólo un tonto deduce, a partir de la correlación de fuerzas actuales, que los cambios son poco probables. La política consiste en trabajar para que, en determinadas condiciones objetivas probables, sea alterada por medio de la lucha la correlación de fuerzas actuales, a favor de un cambio político progresivo necesario para la sociedad.

Para Miranda, preocuparse por la epidemia sería una trampa

De modo, que tales reformas electorales son, para Miranda, un objetivo estratégico:

“Es casi seguro que parte de la inacción de la dictadura para combatir eficazmente la pandemia y para mitigar los efectos de la crisis económica sobre las masas populares, se debe a una táctica para distraernos de la tarea de democratizar el sistema electoral. Esta batalla debe librarse aún bajo la pandemia”.

Para Miranda, lo de Ortega sería simple inacción, para distraer a la bendita oposición (no a las masas que por supuesto experimentan terriblemente las consecuencias de la difusión del contagio). Es decir, para Miranda, si los ciudadanos nos preocupamos por los efectos de la epidemia y de la crisis económica sobre nosotros mismos, si creemos que hay que atender y resolver políticamente el terrible sufrimiento humano que ocasiona la dictadura, habremos caído en la trampa de Ortega, al pasar a segundo plano la democratización del sistema electoral.

He aquí su visión política reaccionaria acabada:

“Si la oposición no reúne tras de sí a los distintos sectores sociales perjudicados por la pandemia y la crisis, no tendrá la fuerza suficiente para obligar a la dictadura a negociar una “sustancial” reforma electoral”.

La oposición, para este señor, pasa a ser una categoría abstracta, sin identidad política, sin programa, sin ideología, sin contenido social. Es una entelequia metafísica, un fin en sí mismo, cuyo único objetivo sería proponer a Ortega reformas electorales, que éste apruebe o menos conforme su voluntad. Los sectores sociales perjudicados por la epidemia, por la crisis económica, por la dictadura, no tienen otra función que apoyar a esta oposición indefinida, para que pueda negociar con Ortega una sustancial reforma electoral. De ahí que sus luchas por sus propios intereses, para Miranda carezcan de importancia, y sean una trampa. En política una instrumentalización semejante de las masas se llama oportunismo, es decir, carente de principios.

Al fin, las reformas son resultado de la voluntad de Ortega

Miranda escribe la mayor incoherencia oportunista posible:

“Para reformar la Constitución y la Ley Electoral se requiere una mayoría absoluta del 60% de votos de los diputados, y esto solo lo pueden hacer los diputados del FSLN. La aprobación y el grado de profundidad de las ansiadas reformas electorales dependerá de la voluntad política de la dictadura, de los intereses particulares y del nivel de fuerza y capacidad de negociación de cada bando, así como de la actitud beligerante o complaciente que asuma la comunidad internacional”.

Lo que interesa a cualquier ciudadano serio no es cuál es la voluntad de la dictadura, sino, bajo qué condiciones puede ser derrotada la dictadura, por quién puede ser derrotada y para qué se le debe derrotar.

Una reforma, como la que describe Miranda, que depende de tantas voluntades (incluso de voluntades inciertas, que pueden ser beligerantes o complacientes), y no de la victoria de una de ellas sobre las demás, es una reforma indefinida, ecléctica, ansiada por Miranda con esta indefinición, pero, cuya profundidad o superficialidad es desconocida y, finalmente, que puede favorecer a la dictadura, a la burocracia, o al desorden. Jamás a un proyecto progresista, ya que entonces debe corresponder, por fuerza, a un contenido de interés nacional, en lucha por derrotar –no por compartir en una negociación- la voluntad de Ortega.

Por último, hay que señalar que ni siquiera derrotar a Ortega en un improbable proceso electoral limpio es estratégico. Lo estratégico es impedirle que pueda ejecutar estrategia alguna, es más, desmantelarlo, derrotado como fuerza política por medio de la lucha de masas.

*Ingeniero eléctrico.

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