Opinión

Ortega está en la cuerda floja

Daniel Ortega

Es tonto decir que Ortega está en su charco. Lo que hace Ortega, en su naufragio, es ahogar primero a todo ser humano que esté a su alcance.



Para un equilibrista la cuerda floja es su centro de trabajo. Podría permanecer día y noche alegremente sobre una línea tendida en el vacío, observado con admiración. Para un dictador corrupto, en cambio, la cuerda floja es una pesadilla tambaleante. En ese trance incierto, un tirano genocida como Ortega, observado con repugnancia unánime desata fuerzas paramilitares anárquicas que no logra controlar completamente, cuyos crímenes horrendos seguramente en lugar de sostenerlo precipitarán su caída. A menos que alguien, ya sea por dejadez ya sea por cálculo le ayude a mantener el equilibrio.

El problema grave, en este caso, es que Ortega nos arrastre en su caída, destruyendo el país. Basta observar que las cifras macroeconómicas y las condiciones de trabajo de la población reflejan ya una bancarrota económica difícil de revertir en mucho tiempo. En consecuencia, todo cuanto hay de sano en la nación debería precipitar la caída de Ortega con urgencia, antes que despeñemos en una terrible crisis humanitaria.

El crimen hace difícil una salida pacífica de Ortega

La familia que él quemó viva en el barrio Carlos Marx, o sea, el asesinato de tres generaciones calcinadas juntas en el fuego provocado por sus turbas enloquecidas, incluidos dos niños, uno de seis meses y otro de dos años, ha vuelto aún más perentorio a los ojos del mundo la necesidad de apartar del poder al monstruo, antes que la tragedia criminal se cierna sobre la población, con mayor terror.

Ortega no tuvo oportunidad de tocar el arpa durante el incendio en el Carlos Marx, como hacía Nerón mientras incendiaba Roma, porque no sabe hacer nada, pero, sí tuvo el mismo cinismo del despótico emperador al acusar del incendio a sus víctimas.

El crimen orteguista cada vez más brutal reduce la rendija por la que Ortega podría abandonar el poder con cierta posibilidad remota de salir indemne. Ya, ahora, en lugar de un puente para su retirada, Ortega deberá caminar sobre la cuerda floja.

Que alguien diga que Ortega está en su charco en esta situación de caos, es tan tonto como decir que un marinero al que le gusta chapotear en la bañera está en su charco cuando su barco se hunde en alta mar. Lo que hace Ortega, en su naufragio, es ahogar primero a todo ser humano que esté a su alcance.

La lucha y el arte de la negociación

En esta lucha por la libertad no es conveniente descuidar el arte de la negociación. Lo primero que un negociador debe manejar con habilidad es la interrelación dinámica entre lucha y negociación. Ortega procurará cortar ese vínculo, y la debilidad del pueblo en ese terreno radica en la falta de una dirección unificada de ambos aspectos del conflicto.

Es sencillo comprender que el diálogo es resultado de la lucha, pero, que no es el objetivo de la misma. El objetivo es la salida de Ortega. En consecuencia, lo decisivo es la lucha, no el diálogo. De modo que, por ningún motivo, el diálogo debe pretender que se reduzca o se desmonte la lucha. Las posiciones físicas que el pueblo ha conquistado nunca pueden ser entregadas voluntariamente, ni siquiera, por obra del diálogo. Seguramente, se abandonarán las barricadas cuando la lucha triunfe, no cuando una comisión mixta, con personeros orteguistas, lo determine en el diálogo. Las posiciones del pueblo no están en negociación. La paz no es regresar a la normalidad represiva orteguista, sino, que es la conquista de la libertad, que se consigue al avanzar en el desmantelamiento del orteguismo. La paz orteguista no conduce a la democracia, es la democracia la que, por ahora, conduce a la paz, y a la inmediata recuperación de la actividad económica.

Es más, el diálogo no debería continuar mientras los paramilitares no dejen de amenazar y de atacar criminalmente las barricadas y los tranques con AK-47 y fusiles Dragunov en contra de pobladores –infinitamente valientes- armados con huleras.

El diálogo puede conducir a una trampa si quienes participan en él actúan independientemente de los ciudadanos, con la idea peregrina que son los conductores de la lucha del pueblo. En realidad, no deberían ser más que los voceros fieles de las demandas del pueblo, que exigen la renuncia de Ortega. En caso contrario, simplemente se descalificarán a sí mismos. La dirección de la lucha hay que construirla entre los luchadores organizados, en torno a un programa de combate.

El juego de carambola

De jóvenes jugábamos la carambola a tres bandas en los billares de Arturo Bone, lo que obligaba a calcular ángulo de incidencia, fuerza del impacto, rebote y trayectorias de las tres bolas que luego de pases precisos por la mesa colisionaban entre sí. Y con cierto efecto en el giro del taco, se conseguía desencadenar una secuencia de eventos previsibles que colindaban con la magia del movimiento primigenio de los astros.

Hoy, la negociación principal, Ortega la efectúa con los norteamericanos, porque siempre ha preferido verse obligado a cumplir lo que dicta una fuerza superior. A ello se reduce su estrategia basada en la fuerza bruta. El pueblo en lucha no puede acudir a un ámbito de negociación subalterna como es el diálogo, donde se intenta negociar acuerdos ya alcanzados entre terceros. En consecuencia, también el pueblo debe negociar con los norteamericanos y resto de gobiernos en la OEA, para lograr una negociación que, por vía de carambola, constituya un acuerdo de primer nivel también con Ortega. Para lograr las mejores perspectivas para la causa de la libertad y de la independencia nacional.

En la teoría de juegos, que orienta matemáticamente la toma de decisiones en una negociación o conflicto, es fundamental situarse en una posición inicial que abra las mayores perspectivas de beneficio, porque la propia decisión debe influir sustancialmente, desde el inicio, en las decisiones del oponente. Los norteamericanos no deberán imponer al pueblo en lucha acuerdos alcanzados con Ortega, como si éste fuese la única fuerza beligerante en grado de negociar la transición.

El pueblo necesita conformar una fuerza beligerante propia. No se trata de ubicar a los norteamericanos como mediadores del conflicto, como hace Ortega, sino, de neutralizar la negociación excluyente en curso únicamente entre intereses norteamericanos e intereses de Ortega.

Elecciones anticipadas y/o renuncia de Ortega

Lo que hay que ponderar objetivamente, en función del despliegue de variados intereses de distintas fuerzas nacionales y extranjeras presentes en este conflicto, es la perspectiva de lograr la renuncia de Ortega o de avanzar hacia elecciones anticipadas con la permanencia de Ortega en el poder hasta entonces.

La Alianza Cívica dice que al negociar las elecciones anticipadas no han dicho que Ortega no deba renunciar. Pero, no se razona de esta forma ambigua, por lo que no se ha dicho que no vaya a ocurrir. Dos negaciones distintas no constituyen una afirmación lógica, sino, un juego de palabras. Lo que no se ha dicho que no vaya a ocurrir es inmenso como el infinito. El pueblo se limita a observar lo que se dice en una negociación, como es lógico. Y esta es la forma de actuar de manera transparente, sin demagogia.

Es obvio que el diálogo, por sí mismo, no tiene fuerza alguna para exigir la renuncia de Ortega. Y, consecuentemente, todos los organismos internacionales que presionan a Ortega por elecciones anticipadas, no demandan la renuncia inmediata de Ortega. Precisamente, porque esperan que su salida del poder sea por arriba, de forma controlada o, si se quiere, de forma ordenada bajo reglas que les permitan incidir en sus resultados.

Así se conduce, en este caso, el Establishment internacional, que evita correr riesgos en la transición de los procesos políticos.

Lo esencial, entonces, hay que decirlo, no es la renuncia de Ortega, sino su derrota definitiva. Ese es el objetivo decisivo. Es decir, el desmantelamiento total del orteguismo, que se ha enquistado en el Estado. Pero, el arte de la negociación incluye como objetivo el mayor aislamiento de Ortega, aprovechando su torpeza para negociar. Habrá que atraer a la comunidad internacional a una negociación con el pueblo de Nicaragua, evitándole que corra riesgos. En otros términos, se requiere una consigna de transición que aísle a Ortega.

La derrota de Ortega es posible, aunque no renuncie de inmediato. Por lo tanto, en lugar de obsesionarse por la renuncia de Ortega, en cuyo objetivo estaríamos aislados, habrá que conducirlo a su derrota cercándolo con una consigna que lo aísle. Todo mundo está conforme con el desarme de los paramilitares y resto de asesinos, y con el inicio de un proceso de investigación, encarcelamiento, y castigo de criminales por acción y omisión (como es la falta de atención a los heridos en los hospitales estatales).

Pero, en esa salida por arriba que ofrecen a Ortega, éste necesita el diálogo como de un salvavidas en plena tormenta. A Ortega le sirve el diálogo, aunque el diálogo con Ortega no sirva para nada. Es decir, todo lo que sirve a Ortega le genera cierta debilidad dependiente. El pueblo debe usar esa dependencia de Ortega con gran decisión, esencialmente, para frenar de inmediato su capacidad represiva.

La venida de los organismos internacionales de derechos humanos debe estar acompañada de un desarme inmediato de las bandas paramilitares, y de la remoción inmediata de los altos mandos policiales responsables de las distintas masacres. De lo contrario, el diálogo se suspende. Incluso el representante de EEUU en la OEA lo ha planteado de esta manera explícita. Almagro ha dicho algo parecido. Esto permite avanzar a la siguiente consigna de transición.

Comisión Internacional Contra la Impunidad en Nicaragua

La renuncia inmediata de Ortega sólo puede ocurrir si Ortega percibe que de otra manera tiene mucho más que perder. Debería perder más si aguarda hasta las elecciones anticipadas. Por ejemplo, y sólo como ejemplo, si renuncia hoy se le concedería hacerle un juicio aquí, pero, si no, sería entregado a la justicia internacional por crímenes de lesa humanidad. Ortega, por su lado, confía que el mismo poder que tiene hoy como jefe de los paramilitares, lo tendrá después, aunque pierda las elecciones, al gobernar desde abajo. Y, para él, ese es el poder que cuenta para doblegar a la sociedad nuevamente.

Para el pueblo, la verdadera negociación estriba, no entre renuncia inmediata o elecciones anticipadas, sino, entre la renuncia inmediata de Ortega o acabar inmediatamente con la impunidad orteguista. He ahí el dilema, como diría Hamlet. Ortega podría permanecer hasta las elecciones si, y sólo si, se acaba con la impunidad orteguista de inmediato.

Es urgente que bajo una ley marco se acuerde con la ONU la instauración de inmediato de una Comisión Internacional Contra la Impunidad en Nicaragua (CICIN), que más que la corrupción investigue el crimen. El Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GEIE) trabajaría para la CICIN, al investigar los actos de violencia ocurridos desde el 18 de abril. También se conformaría de inmediato una unidad policial autónoma contra la impunidad, que defienda a la ciudadanía bajo la regulación administrativa de la CICIN, con una reforma pertinente a la Constitución. Y se crearía una sección autónoma del poder judicial. Todo ello, sin que Ortega designe a ningún funcionario. La ley marco y las reformas constitucionales les darían validez a estas medidas de excepción, para regular con seguridad la transición entre el crimen actual y el desarrollo de las elecciones anticipadas.

Ortega sólo podría permanecer en el poder hasta las elecciones anticipadas, si se le quita el poder real, lo que significa quitarle el mando sobre fuerzas paramilitares. Las que se verían sujetas, para su desarticulación inmediata (a la par que lo determinan las investigaciones), al imperio de una ley de excepción, y de una unidad policial institucional de excepción.

Evidentemente, habrá que transformar a lo inmediato también el poder electoral, en un proceso de transición más amplio, pero, ello no es el objeto de este artículo, que versa únicamente sobre el cambio de la correlación de fuerzas entre la sociedad y Ortega.

*Ingeniero eléctrico