Opinión

Palabras, silencios y falacias que matan

El Gobierno utiliza la falacia de la equivalencia moral, cuando equiparan sus crímenes con los errores y los crímenes de quienes luchan contra ellos.



No debemos permitirnos ser igual que el sistema al que nos oponemos
Desmond Tutu

El criminal incendio que el día 16 de junio del año en curso le quitó la vida a seis miembros de la familia del pastor Oscar Velásquez Pavón –incluyendo a un niño de 3 años y a otro de 3 meses–, me dejó, por un buen rato, sin país. Leía la noticia del espantoso suceso y no reconocía en él a mi “Nicaragua, Nicaragüita/la flor más dulce de mi querer”. Mi cerebro se resistía a aceptar que la Nicaragua de la foto del incendio fuera mi Nicaragua y repetía: “Los nicaragüenses no asesinamos e incineramos a civiles por razones políticas… en Nicaragua no quemamos niños”.

No quería aceptar que fuéramos capaces de tanta crueldad, a pesar de que desde el fatídico 18 de abril, Nicaragua ha venido siendo sometida por el Gobierno Ortega-Murillo a un cruento baño de sangre; y a pesar de que dos semanas después de iniciada esta matanza –el Día de la Madre en Nicaragua, para ser exacto–, francotiradores protegidos por el Gobierno atacaron una marcha de protesta liderada por las madres de los asesinados, destrozándoles el cráneo a por lo menos 16 personas. Mi desconcierto se convirtió en miedo, cuando poco más tarde escuché la noticia de que dos hombres habían sido asesinados por personas que sospechaban que ellos habían participado en el incendio de la vivienda de la familia Pavón. Confirmé la noticia y vi con espanto el video que muestra a un hombre regando gasolina sobre el cuerpo inmóvil, tirado sobre la calle, de uno de los dos sospechosos. Con movimientos rápidos, el improvisado ajusticiador de las fuerzas antigobiernistas, prendió fuego al cuerpo sin vida –o vivo e inconsciente–, del sospechoso. Para completar el horror de ese momento, el video registra los gritos de celebración y de aprobación de las personas que presenciaban la escena.

Frente a todas estas evidencias, yo ya no pude seguir negando que, en mi país, cualquiera puede ser asesinado y calcinado por razones políticas y, más concretamente, por las “razones” de un Estado que le ha declarado la guerra a su propio pueblo. Y frente al dantesco espectáculo del cuerpo en llamas del nicaragüense incinerado por personas que se oponen al gobierno Ortega-Murillo, también me resultaba imposible negar que, en mi Nicaragua, las víctimas de este Gobierno –el más inmoral y criminal de nuestra historia–, podemos convertirnos, en cosa de segundos, en despiadados victimarios.

La violencia discursiva

La violencia, pronunció el dramaturgo griego Esquilo hace 2500 años, genera más violencia. Fabián Medina confirma esta vieja verdad cuando en un reciente artículo señala que “la crueldad hace metástasis”; es decir, se riega como el cáncer (La Prensa 21/06/18). El asesinato del sospechoso de participar en la inmolación de la familia Pavón, confirma la validez de este temor y nos obliga a contemplar la posibilidad de que la perversa conducta del Gobierno Ortega-Murillo, haya empezado ya a corrompernos a todos, a pesar de los extraordinarios esfuerzos hechos por la inmensa mayoría de nuestros y nuestras jóvenes para mantener su protesta y plantear sus demandas sin recurrir a la violencia. ¿Qué hacer frente a esta terrible posibilidad?

No existe una fórmula mágica para evitar que la violencia que hoy vivimos nos convierta en réplicas de los matones del Gobierno contra el que hoy luchamos. Sabemos, sin embargo, que la violencia discursiva facilita y hasta promueve el ejercicio de la violencia física. También sabemos que, por el contrario, un discurso conciliatorio ayuda a crear condiciones apropiadas para la paz. El discurso de Donald Trump, por ejemplo, ha contribuido a la materialización de un clima de violencia en los Estados Unidos, especialmente contra los inmigrantes. Por otro lado, el discurso conciliatorio utilizado por Nelson Mandela, antes y después de ser liberado de prisión el 11 de febrero de 1990, condicionó la mente de los sudafricanos y ayudó a evitar los peores escenarios imaginados por quienes temían que el desmantelamiento del Apartheid resultara en una violenta guerra racial.

Si aceptamos que las palabras que usamos para hablar del mundo condicionan la realidad –para bien o para mal–, deberíamos también aceptar que es posible reducir la violencia física reduciendo la violencia discursiva; y, más concretamente, evitando usar palabras que matan; silencios y disimulos que matan; y finalmente, falsas equivalencias morales que únicamente sirven para ocultar la verdad.

Palabras que matan

Las palabras pueden elevar la condición humana; o empobrecerla. En Ruanda, por ejemplo, la humanidad de los hutus fue disminuida cuando los medios de comunicación controlados por los tutsis empezaron a demonizarlos y a llamarlos “cucarachas”. Así, la masacre de 800,000 hutus en 1994, fue facilitada por la implantación en el cerebro de la población tutsi, de una imagen de los hutus como “alimañas” que podían y debían ser aplastadas. Los Nazis hicieron algo similar, cuando utilizaron epítetos denigrantes (“cerdos”, “sucios”, etc.) para deshumanizar a la población judía, antes de diezmarla en los campos de concentración del llamado Tercer Reich.

No debemos abrigar ninguna esperanza de que el Gobierno Ortega-Murillo modere su discurso y deje de referirse a sus adversarios políticos como“grupos delincuenciales”, “vándalos” y hasta “terroristas”. Podemos esperar, sin embargo, que las fuerzas que luchan contra este Gobierno, actúen, hablen y escriban de manera diferente. Así, por ejemplo, podemos pedirles a los críticos del FSLN en el poder, que dejen de llamar “perros sandinistas” o “los perros de la juventud sandinista”, a todos y todas las jóvenes que apoyan o forman parte del FSLN, porque, al hacerlo, consolidan en el cerebro de sus seguidores una representación de los y las sandinistas, como una jauría de rabiosos animales que pueden y deben ser aniquilados. Desdichadamente, esta imagen parece haberse ya consolidado en la mente de muchos y muchas personas que opinan a través de los medios de comunicación social.

Silencios que matan

Al igual que las palabras, los gestos y silencios que usamos cuando nos comunicamos, participan en la construcción de la realidad que tratamos de explicar. Callar frente a una injusticia, por ejemplo, facilita que ésta se cometa. De la misma manera, condenar los abusos del Gobierno, al mismo tiempo que callamos frente a los nuestros, contribuye a la consolidación de una doble moral que nos acerca a la inmoralidad de los que criticamos.

Podemos, pues, pedirle a un periódico como La Prensa que cubra y critique los errores de los que nos oponemos al Gobierno, con la misma atención y el mismo nivel de detalle con los que cubre y critica los errores y los horrores del Gobierno. Que no suceda lo que sucedió en los días siguientes al incendio de la casa de la familia Pavón, cuando el horrendo suceso recibió una amplia y detallada cobertura, mientras que la noticia del asesinato de los dos ciudadanos sospechosos de haber contribuido al incendio, fue prácticamente ignorada.

Como es de esperar, el diario sandinista El 19 Digital, invirtió el orden de importancia asignada por La Prensa a las dos noticias anteriores. La publicación sandinista resaltó el crimen cometido por las fuerzas adversas al Gobierno, mientras que minimizó los cometidos por los sandinistas que incendiaron la residencia de la familia Pavón.

Falacias que matan

Una falacia es un error de lógica que se comete –consciente o inconscientemente–, cuando argumentamos a favor o en contra de algo. La falacia de la equivalencia moral es uno de estos errores porque equipara dos cosas que son desiguales para justificar algo. Ronald Reagan, por ejemplo, trató de justificar el apoyo de Washington a la Contra, durante los 80, argumentando que los contrarrevolucionarios nicaragüenses eran “el equivalente moral de los padres fundadores de los Estados Unidos”.

El Gobierno Ortega-Murillo utiliza una versión diferente de la falacia de la equivalencia moral, cuando equiparan sus crímenes con los errores y los crímenes de los que luchan contra ellos. De esta forma, el Gobierno puede alegar: “Es cierto que nosotros hemos hecho cosas malas; pero ellos también las han hecho; todos somos malos”.

Las fuerzas de oposición al Gobierno tienen que vencer la tentación de usar esta o cualquier otra falacia, para defender sus posiciones. Debemos, pues, evitar usar el tipo de argumentación utilizado por un conocido sociólogo nicaragüense, quien para justificar la violencia de algunos de los y las jóvenes que luchan contra el Gobierno Ortega-Murillo, nos dice: “En realidad, los muchachos que han sido baleados en las calles han cometido algunos actos de violencia. ¿Cómo no lo van a hacer?” Y explica: “Cuando uno ve morir ensangrentado a un compañero o amigo la sangre fácilmente hierve. Quemar oficinas gubernamentales, o incluso disparar en defensa propia son reacciones prácticamente inevitables” (Humberto Belli, La Prensa, 18/06/18).

Quemar edificios públicos (lo gubernamental es propiedad pública y, por lo tanto, nos pertenece a todos) o tirar balazos, no son acciones “inevitables”. La sangre a veces “hierve” pero puede ser controlada mediante la reflexión y el ejercicio de la razón, como lo enseñan las ciencias cognitivas, y como lo demuestran los casos de Gandhi, Martin Luther King, Mandela, Jesús, Romero, y otros.

Conclusión

Nuestros jóvenes y nuestras jóvenes han escrito una página inolvidable en la lucha por la justicia, la libertad y la dignidad de los y las nicaragüenses. Ellas demandan y se merecen una Nicaragua mejor; una Nicaragua en donde todas podamos decir: “En mi país no asesinamos a nuestros adversarios políticos; en mi país no quemamos niños; en mi país evitamos la violencia evitando las palabras, los silencios, y las falacias que matan”.