Opinion

Pandemia, mentiras y ausencia

No convertir ni aprovechar la desgracia para acrecentar fortunas ni para mostrar talante autoritario

“El aislamiento físico tiene que utilizarse
para producir pensamiento social
y actuar colectivamente, en red.”
Eliane Brum

Nada se percibe claro en el horizonte, las medidas adoptadas por los centros de poder (Estados Unidos, Alemania, Reino Unido y Francia), no han sido eficaces. El número de fallecidos aumenta. Las cifras se disparan día a día. Los esfuerzos realizados han resultado infructuosos. La capacidad hospitalaria se ve rebasada. Las teorías conspirativas nutren el imaginario. Los gobiernos de China y Estados Unidos lanzan acusaciones y contra-acusaciones señalándose mutuamente como responsables de la tragedia. En momentos que se requiere del concurso y solidaridad universal los desafectos afloran. La sociedad mundial continúa dividida.

Los indicadores económicos están a la baja, los expertos señalan que la recesión que sacude las vertebras de la economía mundial, será igual o peor que la recesión de 1929. Al miedo que consume a la población habrá que sumar el temor de que la economía de los grandes países capitalistas termine colapsando. El realismo de los medios de comunicación, llevando un cotejo de los muertos y contagiados, resulta alarmante. Desde diciembre de 2019 a abril de 2020 han transcurrido cinco meses de noticias aterradoras y las posibilidades de conjurar el mal no parecen vislumbrarse. Continuamos a la espera de los resultados de los grandes laboratorios farmacéuticos.

La parálisis que sacude al mundo no augura nada bueno. En un país como Nicaragua, falto de recursos financieros, con una debilitada economía (los precios de los principales productos de exportación se han deteriorados), un sistema de salud sin suficientes insumos médicos, con escaso número de hospitales, muchas de las medidas ejecutadas por el Gobierno, se contradicen o no ejecutan las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ni de la Organización Panamericana de la Saludad (OPS). Ninguna prevención elaborada por instituciones altamente especializadas debería echarse por la borda. Hay que mostrar prudencia.

En medio de la brutal crisis que abate nuestras conciencias, los usuarios de las redes sociales, continúan con su inveterada costumbre de propalar bulos. Las mentiras son el pan nuestro de todos los días. ¿Qué interés subyace en las pretensiones de diferentes sitios de internet para estar recomendando medicamentos inadecuados o absolutamente inocuos? Con justa razón las alarmas se encendieron. Incluso Amazon, a través de su plataforma de comercio electrónico, oferta productos sanitarios que no son de probada eficacia. Muchas propuestas burdas son tentadoras. El mercantilismo asomó sus garras. Hay que estar prevenidos para no caer como incautos.

El coronavirus ha sacado a flote lo más noble y lo más perverso del ser humano. La total falta de escrúpulos. Mientras millones de personas hacen circular informaciones que tratan de orientar a la ciudadanía en estas horas oscuras, algunas compañías buscan extraer el mayor rédito económico. Nunca como ahora la bondad y compasión del ser humano han hecho presencia. Las redes siguen operando desde su doble función —algo lógico, pero no esperado. Muchísimos memes resultan un bálsamo ante el infortunio que se cierne sobre nuestra salud. La mayoría alude a lo que estarían haciendo en la Semana Santa si no hubiesen tenido que quedarse en casa.

Las medidas que aparecen en los memes son ilustrativas de la manera cómo los nicaragüenses tratan de proteger su salud. Son las mismas prescripciones hechas por la OMS, la OPS y decenas de expertos:

Para desgracia de sus respectivos pueblos, Donald Trump y Jair Bolsonaro, en vez de asumir y dictar orientaciones similares a los protocolos de las organizaciones sanitarias internacionales, su conducta ha sido zigzagueante. Entran, viven y salen de sus contradicciones sin medir las consecuencias de su comportamiento. El figureo político resulta dañino. Los especialistas deberían ser los encargados de brindar sus luces respaldados por los gobernantes. Trump no debería sentir celos ante la voz autorizada del Dr. Anthony Fauci, principal experto en enfermedades infecciosas del Gobierno de EEUU, ni Bolsonaro de su ministro de salud.

Una vez más medios y periodistas conceden la debida importancia a las voces relevantes que propulsan la Teoría Agenda Setting. No hay duda que los primeros obligados en permanecer al frente de los equipos para enfrentar el coronavirus deben ser los mandatarios. Una de las razones por las cuales resultaron electos para ejercer la presidencia de la república, fue su presunta capacidad para liderar a sus países. Esto les exige asistirse de los más versados especialistas. Ningún ser humano es un sabelotodo. Menos en los tiempos actuales. Las probabilidades que surja un Pico de Mirandola no existen en el mundo contemporáneo. Deben dejar atrás su arrogancia.

El ministro de salud brasileño, el médico Luiz Henrique Mandetta, está a cargo de las políticas sanitarias de enfrentamiento de la pandemia de coronavirus en un difícil contexto político. Su situación en el cargo es precaria. A Bolsonaro molesta que el especialista asuma la responsabilidad delegada. Cuestión de números. Se siente desplazado ante los altos porcentajes favorables alcanzados en las encuestas de opinión por el Dr. Mandetta. Una vez más queda comprobado que ni en las circunstancias más aciagas, los políticos son capaces de deponer su ego. Ni Trump ni Bolsonaro pueden contemporizar con aquellas personas que les hacen sombra.

El presidente Daniel Ortega sigue ausente ante la desgracia del pueblo nicaragüense. Si algo había distinguido al mandatario, era ponerse al frente de catástrofes, situaciones extremas o percances que asolaban al país. Su falta de presencia ha dado pábulo a una serie de conjeturas. Los reclamos ciudadanos se multiplican. La bola de rumores e hipótesis a cerca de su estado de salud crecen a diario. No es para menos. Los nicaragüenses esperaban verlo al frente de su equipo conjurando la crisis. También resienten la falta de medidas adecuadas para evitar que el mal se reproduzca y a la larga resulte incontenible. Todavía están a la espera de su aparición.

La historia nos ofrece una nueva oportunidad: forjar un mundo mejor, dejar atrás el mero cálculo económico, no ver en las ganancias —en los pesos y centavos— la única manera de vivir sobre la tierra. Los ajustes que deben hacer los gobernantes serán el resultado de las presiones de sus pueblos. La crisis debe traducirse en una nueva opción de vida. No convertir ni aprovechar la desgracia para acrecentar fortunas ni para mostrar talante autoritario. Una actitud crítica tiene que asumir quienes elevan su voz a favor de los condenados de la tierra. No queda otra opción. El humanismo y la solidaridad de la que tanto hablamos deben emerger victoriosos.

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