Confidencial

¿Paz, hermano lobo?

Jorge Torres | EFE

¿Es ley que tú vivas
de horror y de muerte?
¿La sangre que vierte
tu hocico diabólico, el duelo y espanto
que esparces, el llanto
de los campesinos, el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor,
no han de contener tu encono infernal?
Los motivos del Lobo – Rubén Darío

Comienzo a escribir este artículo a las 7 de la noche del domingo 20 de mayo. Incluyo este dato aparentemente irrelevante, porque si algo he aprendido las últimas semanas, días repletos de giros inesperados y sorpresas atónitas, es que toda opinión o pronóstico emitido sobre el panorama del país se torna obsoleta en un par de horas, como la fe depositada en que este fin de semana transcurriría sin ataques unilaterales, acuerdo establecido al finalizar la segunda sesión del histórico Diálogo realizado en el Seminario Nacional Nuestra Señora de Fátima entre representantes del gobierno, estudiantes, sector académico, empresa privada, sindicatos y miembros de la sociedad civil.

El ataque perpetrado por la Policía Nacional contra los estudiantes atrincherados en la Universidad Nacional Agraria (UNA) atizó la desconfianza de una población incrédula a esperar que el diálogo produzca resultados significativos, aumentando así el clamor que exige justicia acompañada de la renuncia del presidente Daniel Ortega y su gabinete.

Admito que, al inicio, dicho ataque me parecía sospechoso en sus intenciones. Considerando que la agresión fue realizada mientras la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) se encuentra en el país para documentar la situación de los derechos humanos en Nicaragua durante la semana del 19 de abril y la actualidad, visita cuya aprobación fue retrasada por el Estado nicaragüense, me parecía ilógico que quien más debe velar por transmitir una imagen pulcra en estos momentos haya ordenado semejante acción.

Fundamentaba mis sospechas en una entrevista realizada por un periódico de circulación nacional a Óscar René Vargas, donde el susodicho expone que el régimen orteguista ha creado en las turbas, entiéndase paramilitares y Policía, monstruos con autonomía para reprimir sin rendir cuentas a nadie por las decisiones tomadas. Extrapolando estas declaraciones, llegué a formular que hay gente en las filas del régimen conspirando para generar acciones reprochables que aceleren el fin de la dinastía, pues me era ilógico pensar que alguien que ha demostrado en el pasado tener astucia y malicia para negociar su sobrevivencia política, sea tan ciego para no vislumbrar el amanecer que anuncia sus últimos días en el poder.

Pero luego recordé que hablamos sobre el Daniel Ortega del 2018, el presidente que no se molestó en aparentar interés por la visita del CIDH, pues en ningún momento se ha  reunido presencialmente con dicha delegación. El presidente que, a lo largo de 11 años, ha acumulado una amalgama de riquezas cuya misteriosa procedencia es amenazada con ser descubiertas y fiscalizadas por la población. El presidente que vive aislado en El Carmen, un mundo más pequeño que el asteroide B-612 y totalmente desconectado de la realidad del país, como bien pudo identificar el presidente de la Unión de Productores Agropecuarios (UPANIC), Michael Haley.

En El Carmen, el presidente parece “informarse” del acontecer nacional a través de los medios oficialistas, los cuales considera ser fuentes confiables para respaldar su voz como mandatario, ignorando que el Seminario Nacional Nuestra Señora de Fátima es el escenario menos apropiado para repetir sus anacrónicos discursos plagados de referencias y palabras con propiedades de reciclaje infinito, pues siempre son utilizadas al narrar sobre las fantasías revolucionarias de ayer y hoy. Pero sobretodo, el Seminario era el escenario menos apropiado para repetir su habitual discurso ante estudiantes que no tienen la paciencia para tolerar desvaríos contextuales cuando la vida de la población nicaragüense está inmersa en la incertidumbre.

El rudo y torvo mandatario se mostró renuente a tender la palma de su mano y acceder a un alto al fuego implorado por Lesther Alemán, quien a través de su intervención, desató el nudo gordiano que el régimen ha impuesto en la garganta del ciudadano víctima de represalias, para manifestarle, frente a frente, la intranquilidad que impera en las calles y hogares nicaragüenses.

Esta negativa y acciones posteriores hacen creer que el régimen parece comprometido a traspasar, a cualquier costo, el umbral que la población ha delimitado para no ceder a la ira que incita a empuñar el acero de la guerra y no seguir sosteniendo bravamente el olivo de la paz. Este umbral de no responder con venganzas ha sido reforzado con muestras masivas e individuales de solidaridad, reacciones sazonadas con inmensas dosis de humor multimedia, inesperado refugio para apaciguar los ánimos generados por tanta tragedia, atropello y fuerzas desiguales.

Las guerras fratricidas del pasado heredaron traumas imperecederos, y un ferviente anhelo de vivir en tranquilidad. De lo anterior es lógico deducir que la población nicaragüense haga todo lo posible por no recurrir a las armas como solución, pues ya quedó demostrado cómo pueden defraudar este tipo de victorias, solo alcanzables a través de ríos de sangre.

Pronto continuarán  las sesiones de un diálogo que cada día pierde credibilidad en la población, ya sea por la agresión policial a la UNA o la negativa de televisar su desarrollo, acciones que confirman la advertencia en Isaías 48:22: “no hay paz para los malos, dijo Jehová”.

Si hay residuos de esperanza en que es posible lograr el cambio a través de medios pacíficos, es porque los triunfos cívicos MAYÚSCULOS de la población nicaragüense, plasmados en múltiples convocatorias, innumerables iniciativas y marchas  multitudinarias, han alimentado esta creencia. Queda esperar si las horas que nos aguardan tornan obsoletas esta actitud. Espero y rezo porque no sea así.