Opinion

Periodistas de alto vuelo

Pedro Joaquín Chamorro fue un periodista de cuerpo completo. Danilo Aguirre Solís es el mejor titulador que ha existido en Nicaragua

A Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y Danilo Aguirre Solís,
quienes me enseñaron las primeras letras en el periodismo.

Estaba sentado leyendo a la orilla de la ventana del comedor de mi casa, la lluvia no cesaba y la tarde empezaba oscurecer. Por segunda ocasión, en estos días de duelo y pesadumbre, me empinaba Black Out, la creación híbrida de María Moreno. Oscila entre el diario, el testimonio y la novela. El alcohol y la bohemia discurren por el mismo carril. El poeta Pablo Neruda me convenció que la lectura es la musa de los escritores. Sentí apuro por evocar mis años de estudiante universitario cuando me dejaba arrastrar por mis amigos periodistas a las cantinas. Cuando Gabriel García dijo ante periodistas agremiados en la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), que en su época el oficio se aprendía en las salas de redacción y en las cantinas, yo ya había pasado por esa experiencia. Una experiencia que se quedó en mí corazón.

La sala de redacción de La Prensa permanecía atestada de humo, el diario estaba estacionado en la calle El Triunfo, circulaba por la tarde. Por esas casualidades de la vida, —diciembre, 1972— Pedro Joaquín Chamorro Cardenal me invitó a integrarme a La Prensa. Mi aparición por el periódico se había convertido en rutina. Un año antes había llegado Danilo Aguirre Solís para hacerse cargo de la edición de Managua y de su página Offset. Logré forjar amistad con Edgar Tijerino, este 2020 cumple cincuenta años. Por las mañanas Edgar me invitaba a comer vaho por cualquier esquina de la vieja Managua. Muchas veces fuimos almorzar a casa de doña Rosibel y don Gustavo, sus padres, en el barrio El Caimito. Debido a su excelencia y dominio de varias disciplinas, Edgar dividió la crónica deportiva en un antes y un después de él.

Danilo terció a favor de Manuel Eugarrios, logrando que Pedro Joaquín lo llamase a su lado, adquisición que fortaleció al periódico. En La Prensa conocí a Ignacio Briones Torres con quien surgió una amistad de inmediato. Nacho fue el primero en llevarme de la mano a la cantina de Chico Toval, en las inmediaciones de los antiguos predios del Aeropuerto Xolotlán, al Este de la capital. Deambulaba por la Avenida Roosevelt, Nacho apareció de pronto. Eran como las once de la mañana. Iba camino a La Prensa en búsqueda que el poeta Pablo Antonio Cuadra me hiciera el volado de publicarme un poema. Nacho transpiraba alcohol. Sin mediar razones me dijo que lo acompañara a tomarnos una sopa de punche. Era la primera vez que tomaba esa clase de sopa; ocasión que se prestó para que Nacho ampliara mis conocimientos del periodismo.

Nacho pidió media de Santa Cecilia, tenía memoria prodigiosa, mostró su admiración por el general Luis Mena. Me habló de la solicitud de Adolfo Díaz, pidiendo la intervención de los marines para frustrar las aspiraciones presidenciales de Mena, (1912, quien se oponía a los intereses de Estados Unidos. Mientras aprendía las lecciones de historia que Nacho me dictaba, yo les entraba duro a los cangrejos. Creo que Nacho nunca leyó las memorias de Carlos Cuadra Pasos. Le hubiese gustado saber qué el propio general Mena, rectificó el dicho conservador. Él preguntó a su hijo Pablo Antonio, en qué año había nacido. El poeta Pablo le respondió: “Cuando la guerra de Mena”. Inmediatamente Mena pidió que dijera a su papá que le contara bien la historia, que esta había sido una guerra en su contra. No cabe ninguna duda.

Para ser exactos mi primer editor fue Anuar Hassan Morales, cuya cultura, versatilidad y agilidad para escribir sobre diversidad de temas no he dejado de admirar. Anuar me pidió que redactara una nota sobre una información que había recibido de una disputa conyugal. Encantado comencé a volar. Me esmeré por extender los sinsabores y contradicciones de la pareja, con la intención de dar equilibrio y paridad a sus respectivos planteamientos. No terminaba de asimilar la euforia de mí incursión en el fascinante mundo del periodismo, cuando sentí la estocada. Con lapicero Paper Mate en mano, Anuar empezó a corregir la nota hasta reducirla a la mínima expresión. Luego me indicó que la pasara en limpio. Los siete párrafos quedaron en tres. En la medida que fui creciendo expandía mis alas.

Como escribía extenso el Gordo Guevara, encargado de levantar los textos de la Página de Opinión, me retaba. “¿Cuántas galeras vas a escribir esta vez?” Pedro Joaquín se prodigaba en darme lecciones. Muchas veces cometí el error de no escucharle. Me llevaba a la sala donde los periodistas evaluaban y discutían las noticias del día. Me alentaba. En ocasiones sugería cambios en mí artículo de opinión. La tarde anterior a su asesinato estuve con él en la sala de redacción. Jamás pensé que no volvería a disfrutar de sus consejos. Pedro Joaquín fue un periodista de cuerpo completo. Ejercía todos los secretos del oficio: dirigía, titulaba, escribió crónicas, reportajes, redactaba el Editorial y participaba en la armada del diario. Se iba a casa hasta que la portada de La Prensa quedaba terminada. Muchas veces redactaba o cambiaba los titulares.

Estando todavía en la calle El Triunfo, muchas veces por las tardes íbamos con Danilo a jugar beisbol en los predios radicados al Oeste del Teatro Nacional Rubén Darío, donde ahora queda la Plaza la Fe. Una vez Jorge Cárdenas, gerente general de La Prensa, nos sorprendió boleándonos en la redacción. Danilo me introdujo en conocimiento de la vieja Managua. Conocía su historia íntima, hablaba sobre cada uno de sus barrios, especialmente del barrio San Sebastián. El terremoto del 23 de diciembre de 1972 arrasó con las instalaciones de La Prensa. El diario reapareció el 1 de marzo de 1973, en la carretera Norte. Danilo me dispensaba un trato casi paternal. Nada extraño, sus amigos más cercanos le llamaban El Padrino. En verdad que ejercía esa relación paternal con la mayoría del personal de La Prensa, no solo con los periodistas.

Después del terremoto durante el primer viaje a Managua me fui directo a La Prensa. Ese medio día almorzamos en el bar y restaurante El Trébol. Sus dueños se vieron obligados a mudarse a solo unos pasos de La Prensa. Danilo me invitó —como lo hizo siempre. También fueron Manuel Eugarrios y Hermógenes Balladares. Ese día el tema obligado fue sobre política nacional. Anastasio Somoza Debayle, insaciable y rapaz, se había hecho nuevamente del poder, haciendo a un lado la Pata de Gallina, como bautizó Pedro Joaquín, al Triunvirato urdido por Somoza Debayle para seguir mandando. En la roconola no dejaba de sonar La Llorona, interpretada por Rafael de España. Danilo entusiasmado le hacía coro. En esas discusiones comprendí que sin contexto no hay noticia que valga la pena. Una lección inolvidable.

Uno de esos medios días la conversación sobre la revolución francesa, tema que apasionaba a Danilo, derivó hacia la bohemia en el periodismo nicaragüense. La titulación, la crónica, el reportaje y la entrevista quedaban atrás. Eugarrios criticó la manera que Novedades, el diario de la familia Somoza, defendía al dictador. Se elogió al Che Laínez por su cuestionamiento a la forma fraudulenta que miembros de la Guardia Nacional (G.N.), se apoderaron de varios vehículos. Se habló del escarnio a que era sometido Fernando Agüero Rocha. Luego saltaron los nombres de Manolo Cuadra, Chepe Chico Borgen, Guillermo Arce, Emilio Rothschuh Cisneros, Chilo Barahona, etc. Estábamos donde La Comadre. Danilo sonriente dijo que ese día la rompía. “Hoy Guillermo se toma dos Coca Colas”, todos reímos de la ocurrencia.

Nacho, viejo artífice del periodismo nicaragüense, comenzó a amamantarse en el diario La Noticia de su tío Juan Ramón Avilés. A mí siempre me cayó simpático, aplaudía su talento, nunca estuve de acuerdo con su dualidad y cercanía con Fausto Zelaya. Mientras Danilo y Nacho discutían, la figura de Manolo Cuadra crecía ante mis ojos. A Chilo Barahona lo apreciaba por su ingenio y amistad con mi tío Emilio, El Pasante de la Esquina, como él firmaba sus escritos. Chilo me contó con lujo de detalles las andanzas del tío Emilio. Chepe Chico era para mí un hombre reposado, serio, disciplinado, con su pitillo permanente en la boca, afanoso titulaba los artículos de opinión de La Prensa. Jamás hubiera imaginado que en sus años mozos anduvo de farras. Un devoto “cachureco”, verde que te quiero verde. Merecía todo mi respeto.

Como el tiempo transcurría sin ponerse de acuerdo, Danilo creyó que la mejor forma de zanjar la discusión, era mediante una comparación que lo involucraban a él y su contendiente. “Mirá Nacho, te la voy a poner de esta manera. La diferencia entre vos y yo es que vos perteneces al periodismo bohemio nicaragüense. Nunca dejarás de serlo. Mientras que yo tengo puesto un pie en la bohemia y otro en el periodismo profesional”. Con el agregado que ambos se distinguieron por su pluma acerada. Danilo dijo un día que el mejor titulador de Nicaragua era Horacio Ruiz, periodista que se hizo a sí mismo, autodidacta, escaló todos los peldaños de la pirámide de La Prensa. Un logro estupendo. A mí por favor permítanme disentir. Seguiré creyendo, hasta donde me alcance la vida, que el mejor titulador de Nicaragua sigue siendo Danilo Aguirre Solís.

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