Confidencial

¡Pero si nunca me he ido!

Camino a Juigalpa. – Voy rumbo a Juigalpa, no digo de regreso porque nunca me he ido, sigo habitando el territorio de mi niñez, adolescencia y juventud. Nunca he desertado. Sigo apegado a mi terruño. Todas las semanas santa regreso a darme un baño refrescante de chontaleñidad. También lo hago para las fiestas agostinas —las más célebres de toda Nicaragua— y para diciembre. Durante siete años consecutivos, mientras estudiaba y trabajando ya en la Universidad Centroamericana (UCA), seguí viajando todos los lunes hacia la capital; los viernes volvía a casa. Memoricé cada trecho del camino. Me maravilla que una casa construida un poco después del empalme San Benito —como resultado de la fiebre algodonera— continúe luciendo esplendorosa. A quiénes me preguntan les digo que soy chontaleño y por más señas, de la calle Palo Solo.

 

Siempre que viajo a mi pueblo —como lector vicioso— me pertrecho con una buena dotación de libros. Esta vez incluí la lectura Berta Isla (Alfaguara, México, octubre, 2017), última novela de Javier Marías. Me empinaré El fuego invisible, (Premio Planeta 2017) del español Javier Sierra. Como descreo del otorgamiento de premios, espero no me sepa mal. Anteriormente leí —con veinte años de distancia—a dos autores laureados, uno ganador del Premio Planeta (1993) y la otra del Premio Azorín (2013) y lo disfruté. Lituma en los Andes de mi predilecto Mario Vargas Llosa y La mujer que llora de la cubana Zoe Valdés. Releeré La noche de Tlatelolco (Edición especial ERA) de la extraordinaria Elena Poniatowska. Este año se conmemoran cincuenta, de la matanza estudiantil ordenada por el presidente Gustavo Díaz Ordaz.

Con un pie en el estribo, cuando ya había seleccionado mis lecturas, Edgar Tijerino me regaló La llamada de la tribu (Alfaguara, 2018). Le había pedido me lo trajera de Miami. Alfaguara había anunciado que estaría puesto en las librerías, el primero de marzo. No la encontró. El libro tuvo que adquirirlo en Nicaragua. Por tercera ocasión voy a leer a Vargas Llosa como ensayista de temas político-ideológicos. Me he leído con fruición casi todos sus ensayos sobre literatura y creación literaria. Me empiné con cierto reparo, La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2012) y disfruté los artículos reunidos en Contra viento y marea (1962-1982) y Desafíos de la libertad (1994). Estoy a unos pasos de conocer sus impresiones sobre siete autores: Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich August von Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Jean François Revel. Con dos de ellos no me concilié cuando estudiaba derecho.

Doctor Medardo Robleto, médico de los pobres.

Juigalpa vive en mí. – Uno tiene la opción de decidir dónde quiere vivir. Nací y me críe en Chontales y pese a vivir fuera de mi departamento, no hay manera que me sienta de otro lugar. Abrí los ojos y descubrí el mundo desde la atalaya de la calle Palo Solo. Conjuro los días de ausencia viendo tres retratos colgados en la pared de mi casa: el Dr. Medardo Robleto, el médico de los pobres, Gustavo Sirias, Tapita de Dulce, gallero de reconocida estirpe y Tomás Alonso, Pata de Chopo, personaje entrañable, pintados por el artista chiapaneco Alejandro Zepeda. Un obsequio de mi hermano Jorge Eliécer. Si yo no vivo en Juigalpa, al menos ella vive en mí. Es una de mis grandes querencias. El apego a la tierra de mis mayores, es una herencia transmitida de abuelo a padre, de padre a hijos y de hijos a nietos.

Vuelvo a reencontrarme con la ciudad de mis amores, una ciudad caótica, con un bonito Parque Central, afeado por razones populistas. Decenas de vendedores se lo tomaron por asalto desde hace una década, a vista y paciencia y con el consentimiento de las autoridades edilicias. El cinco de febrero de 2018, fueron echados del lugar momentáneamente, mientras se inauguraba el nuevo año escolar, frente a la casa donde nació la educadora chontaleña, Josefa Toledo de Aguerri. Una acción que algunos creímos que se trataba del primer gesto del alcalde, profesor Erwin de Castilla, encaminado a restituir a los juigalpinos, el derecho de asistir al parque a pasar un buen rato, sin obstrucciones de ninguna naturaleza. Era tanta mi alegría, que por poco me adelanto enviándole mis felicitaciones. Me hubiese convertido en hazmerreir.

Viajo para estar con mi padre y mi hermana Luzana y unos enormes deseos de comer cusnaca y almíbar. Poco me gustan los tamales. Mi padre los disfruta con queso o cuajada. Ahora como pescado. En mi época de estudiante de bachillerato no lo hacía por temor a que su olor se quedara impregnado en mi peladar. Por más que insistían que lo hiciera, jamás lo consiguieron. Tomaba precauciones. ¿Si mi novia percibía su olor? Nunca me libré de las burlas de mis padres y hermanos. No concebían que me abstuviera de comerlo, por el simple prurito que mi novia fuese a rechazarme. Una reserva inevitable. Es la fecha y todavía hacen mofa de esta decisión. Mi viejo le gustan las sardinas Indio Montezuma (de las picantes) y especialmente pescados. Gozoso le acompaño. Pescados del lago Cocibolca.

Gustavo Sirias, conocido como “Tapita de Dulce”, reconocido gallero chontaleño.

Se reinauguró El Salto. – Una gran parte del curso del río Mayales sigue enferma; pareciera que viviese una etapa terminal. Los chontaleños preferimos las pozas heladas, cubiertas por frondosos árboles de chilamates, mangos, pino de playa, etc. En mi adolescencia Comabanca fue mi poza predilecta. El Salto —el balneario por excelencia de los juigalpinos— fue reabierto esta semana. Su dueña, Lorena Suárez Madriz, ofrece comida de la época, cabalgatas y servicio en botes. Rio arriba, Arle Lacayo Whitford, se anticipó fundando el restaurante Riberas del Mayales. Dos nuevas opciones. Las pozas de Los Ahogados, Paiguas y La Tonga están secas. Son una caricatura. Punta Mayales se convierte para estos meses en destino turístico. Puerto Díaz empezó a resurgir. Los chontaleños van a pescar, andar en bote y a comer pescado fresco.  

De las decenas de palos de mangos del Parque Cantón, hoy solo quedan unos pocos. Nelson Gil se creía su dueño. Los peleaba como suyos. Los cortaba por centenares, enhuacaba y luego iba a vender hasta Villa Somoza. Ya no podré degustar las seis o siete variedades de jocotes que enorgullecían su patio. Doña Marina, su madre, murió y Nelson vive en Estados Unidos. Con mi hermano Jorge Eliécer íbamos a donde doña Lupita Arguello. En su patio tenía jocotes tronadores y chichitas, me apetecían, pero no tanto como los jocotes boca de perro. Jugosos, de color amarillo, son los más utilizados para hacer cusnaca. En la parte trasera del patio de doña Comelia Castilla —sin que ella se diese cuenta— los cortaba por docenas. Una de las pocas casas en Juigalpa donde los había. Siempre han escaseado.

Los palos de magos y de mamón que había en el Parque Central, fueron arrancados de raíz. Siendo estudiante de primaria acudía con puntualidad alemana a cortarlos, menos los que quedaban frente al Cuartel de la Guardia Nacional (GN). Muy pocos se atrevían a desafiar a los guardias. Los celaban como si fuesen de ellos. El más osado era Francisco Gabuardi. Chico vivía pared de por medio con el cuartel. Creció a su orilla. Era un espectáculo ver a Chico apedreando mangos y mamones; los guardias no refunfuñaban. Nunca les temió. Le quedaban viendo de manera hosca. En ocasiones los retó. Su actitud me causaba admiración. ¿A qué se atenía? Por muy amigos que fuimos, jamás lo supe. Nunca dejó de retarlos. Para Semana Santa Chico tenía asegurada su buena ración de mangos.

Tomás Alonso, conocido como “Pata de Chopo”, personaje entrañable.

 

¿Hay nuevo alcalde en el pueblo? – Al final de la calle Palo Solo, los católicos volvieron a instalar El Huerto. Lo que nunca volvieron a festejar en las calles son las purísimas. Las competencias por saber quiénes las embellecían mejor, se traducían en sanas disputas. Las familias rivalizaban por arreglarlas para conmemorar a la madre de Jesús. Cuatro calles rivalizaban: Palo Solo, La Cruz Verde, Avenida Josefa Toledo de Aguerri y Punta Caliente. El Santo Entierro continúa celebrándose con gran solemnidad. La música fúnebre y el cuerpo yacente del nazareno, me recuerdan la devoción con que lo acompañaban durante todo el trayecto, don Miguel Ángel Díaz y don Panchito Urbina. Con saco y corbata, muy apesarados —como buenos cristianos— depositaban su mano sobre el féretro, en señal de duelo y resignación.   

Mientras las autoridades civiles, militares y religiosas, tenían sus sedes alrededor del Parque Central y de la Iglesia Parroquial, vivir en sus alrededores era signo de distinción. Hoy es todo lo contrario. Los vendedores de frutas, chinelas, camisas, pantalones, calzoncillos, calcetines, teléfonos móviles, relojes y todo tipo de chilindrujes, se posesionaron de las calles. Atenidos a que sus votos cuentan, son dueños y señores de las aceras aledañas al parque, catedral y más allá. Para colmo, a vista y paciencia de las autoridades municipales, instalan altoparlantes con decibeles capaces de romper los tímpanos. El martirio de todos los días. Las quejas de los vecinos son desoídas. No hay forma que les escuchen. El obispo Sócrates René Sándigo, ha tenido que librar sus propias batallas, para que los desalojen de las orillas del templo.

Estoy en mi ciudad, una ciudad cada vez más grande, sucia, con adoquines vencidos, reventándose por todos sus costados, con una decena de universidades, carente de un plan de desarrollo urbano, en perpetua expansión. Sus habitantes —que tanto la amamos— estamos a la espera de un futuro mejor. Las calles principales son tomadas por los vendedores los sábados. El solo ordenamiento urbano sería un gran salto. Ojalá sea pronto. Los estudiantes de la Escuela Asunción y las niñas y niños del Centro de Desarrollo Infantil (CDI) Tía Irma, viven la asfixia provocada por las ventas permanentes de tiliches y por el humo de los fogones: cocinan vaho, sopas, vigorón, tajadas, pollo frito y carne asada. ¡Impiden caminar libremente por los corredores! Estamos solo a unos días de comprobar ¡si hay nuevo alcalde en el pueblo!