Opinión

Pesa más la pena moral

Hoy en día las formas de cobro están migrando hacia las redes sociales. Algunos optan por recurrir a este enorme escaparate



Para evitar enemistades gratuitas, doña Merceditas Castrillo, tenía colocado un letrero en la parte alta de la sala de su casa donde vendía puros. Ella misma se encargaba de hacerlos. Apenas uno traspasaba el amplio corredor que daba frente a la calle Palo Solo, podía leerse la estratagema a la que recurría para no dar crédito. Cuando llegaba a visitar a mis primas, Gloria o Gracielita, leía con atención la sentencia: Hoy no se fía mañana sí. Con los años comprobé que se trata de una máxima irrecusable. Doña Merceditas, dueña de un temperamento apacible, se entregada a elaborar sus puros, cuidar el jardín, atender a su esposo Joaquín y sus hijos e hijas. Una mujer casera y hacendosa. Jamás hubiese imaginado que doña Merceditas iba a convertirse en precursora del expediente que posteriormente usarían varios dueños de negocios en la ciudad de Juigalpa. Una fórmula infalible de la que todavía echan mano.

La primera vez que vi colgada una cartulina en la puerta de una pulpería, requiriendo públicamente de pago a los morosos, fue en la venta que tenía Teresita Matus, en la parte trasera de Catedral. Empecé a leer con perplejidad nombres de muchas personas conocidas. En un principio sentí curiosidad de entrar al negocio y preguntarle las razones por las cuales había llegado a ese extremo. Me contuve. No vaya a ser que pensara que llegaba con el ánimo de interceder a favor de alguien. A veces ocurren estos equívocos. Piensan que detrás de este proceder oficioso algo raro se esconde. Los garabatos no impedían leer los nombres ni el monto de las deudas. Conocía a todos. ¿Cómo era posible que teniendo suficiente plata para pagarle no lo hicieran? Pensé hablar con uno de mis vecinos e instarle a que saldara la pequeña cantidad que adeudaba. Fui prudente. Me contuve. Al final no lo hice. ¡Sabia decisión?

Apenas abría la venta por la mañana, Teresita colgaba el listado en la parte izquierda de la puerta de entrada. Cuando pasé dos días después —fue en los históricos años ochenta del siglo pasado— dos nombres habían sido tachados. Apenas pasó ligeros trazos sobre sus nombres de manera que todavía podían leerse. Esta decisión llamó mi atención. ¿Si ya habían cancelado sus deudas por qué no rehacía la lista? ¿A qué razones atribuir el descuido? Aunque al sopesar la medida llegué a la conclusión que no tenía por qué tener consideraciones con quienes no la habían tenido con ella. ¿Su actitud estaba motivada por la exigencia de pagar a sus proveedores? Todos no deteníamos frente al negocio a leer los nombres de las personas señaladas. Teresita estaba consciente de la reacción de desaprobación que suscitaba. El hecho se convirtió en la comidilla del pueblo y en todos los mentideros de Juigalpa solo de eso se hablaba.

La sanción moral tenía un peso inconmensurable, creo que Teresita estaba convencida que si algunos no le pagaban —como en efecto ocurría— al menos los haría pasar vergüenza. A veces no era tanto la cantidad debida como los cuestionamientos y las críticas recibidas. Los requerimientos públicos surtían efecto. Aparecer en la lista equivalía a ser mañoso, ladrón, desconsiderado. La moral considerada como el más inmenso tesoro, puesto que en cada hogar chontaleño padres y madres se encargaban de catequizar a sus hijos advirtiéndoles lo vergonzoso que sería manchar su crédito por una poquedad. También insistían en enseñarles que toda deuda contraída se pagaba incluso —si se podía— antes de su vencimiento. Mantener la frente en alto. Sentir el goce de evitar ensuciar el apellido por no actuar como manda el honor. No había pagarés de por medio. Constituía un descrédito faltar a la palabra empeñada.

Ante la insistencia por hacer efectivo el pago —sin resultados positivos— algunos negociantes continúan con la tradición de poner en pizarras o cartulinas los nombres de los morosos. Con el tiempo esta forma de cobro ha desbordado la ciudad. En la medida que el comercio creció de manera exponencial, en distintos barrios, los comerciantes —con el ánimo de asegurar clientela— decidieron fiar su mercadería. Muchas veces con resultados trágicos para la existencia de su pulpería. En los supermercados toda compra se hace en efectivo o a través de tarjetas de crédito. El riesgo se transfiere a los bancos que de manera desmesurada expiden las tarjetas. Ojalá así extendiese las cédulas el CSE. Aunque los reclamos ante este poder del Estado no causan mella en los magistrados. Ni siquiera las rajaduras de cabezas, golpes, disparos y otras tropelías, producen los cambios y relevos exigidos.

Otorgar crédito es una práctica de la que son y seguirán siendo víctimas los pulperos. Hay quienes les compran sin disponer de suficiente poder adquisitivo, ya sea porque están desempleados o bien porque sus gastos son mayores, mucho mayores a sus ingresos. Todavía uno podía leer hasta hace poco en algunos negocios, las demandas de pagos. ¿Están sabidos que al exhibirlos ante la población, será muy difícil —cuando no imposible— que les cancelen las deudas? Muchos deudores aducen que habiendo sido expuestos como inescrupulosos y faltos de moral consideran inapropiado pagar. ¿Poco o nada les importa su reputación? Después de leer mi nombre en la cartelera de Juan Báez —me dijo una amiga— yo no pienso pagarles ni un centavo. Les pedí que me esperaran, que todavía no me había llegado la remesa y no lo hicieron. Ahora que se jodan, añadió molesta. ¿Cómo se sentirán los pulperos?

Este mismo recurso han utilizado en la tienda La Doña de Sonia Montenegro, Variedades Rigreyma de María Marín y Regina’s propiedad de Regina Castilla. Con menor o mayor suerte esperan el pago. ¿A qué se debió que retiraran los carteles? ¿Será por qué ya les pagaron? ¿A qué otra causa atribuir esta determinación? ¿Concertaron algún arreglo de pago? ¿Cómo acostumbran los banqueros, decidieron finalmente pasar las facturas a sus abogados, para que estos se encarguen de demandar a los morosos? Tengo mis dudas. Los banqueros son implacables. A lo largo del año llenan las páginas de La Prensa y El Nuevo Diario con listados interminables. No creo que los pequeños negociantes cuenten con representantes legales para acosar y someter a una persecución despiadada, a quienes se niegan a pagar las tarjetas o préstamos adquiridos. La mayoría de los pulperos son gente pobre.

Hoy en día las formas de cobro están migrando hacia las redes sociales. Algunos optan por recurrir a este enorme escaparate donde se dirime hasta lo inimaginable. El requerimiento público hecho por Dora Nain González Bolaños a Jaime Flores, originario de Masachapa —a través de una manta colocada de tal manera que pueda ser leída por decenas de personas— demuestra que en Facebook no solo se dirimen desencuentros amorosos, pleitos por hombres; circulan memes, acusaciones y contra-acusaciones, rencores y querencias políticas, música, conciertos, curiosidades, reportajes, crónicas y tonterías. Osada, Dora Nain lo utiliza para exigir que le paguen, a sabiendas que tal vez que no vaya a lograrlo. Se tomó el riesgo de hacerlo por esta vía debido a que considera que esta es la mejor sanción que puede imponer a Jaime. Se las comparto tal como está. Sin ninguna corrección ortográfica:

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Arlen Úbeda, le recomienda no dar crédito, está convencida que no pagarán a Dora. Cristhian Fiallos aplaude su ingenio. Incluso ya ha sido compartido una vez. ¿Cuánto tiempo pasará para que otros imiten este recurso? A lo mejor ya decenas de personas que viven esta misma tragedia están haciendo lo mismo. Mientras existan personas que por diferentes motivos no puedan saldar sus deudas, el ingenio popular continuará buscando y urdiendo distintos mecanismos con el propósito de buscar una sanción moral para sus deudores. Saben lo mucho que duele ser sometido al escarnio público. En nuestros pueblos las deudas se honran o eres delincuente. La solidaridad con los pequeños pulperos es inmediata. Hay quienes se acercan a sus amigos a recomendarles —como quise hacer yo— que cancelen lo adeudado para no ser señalado de ladrón. ¡Cuántas agruras y dolores de cabeza se evitó doña Merceditas!