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Pesadillas

¿La realidad supera la ficción de nuestros sueños? Analicemos el mío, que está espeluznante



No puedo decir, como Martin Luther King, que tuve un sueño, porque lo mío fueron pesadillas. Anoche, después de leer, intenté dormir, pero estaba intranquilo y sólo pude sumergirme al otro lado de la vida pasada la medianoche. Fue entonces que me acosaron las terribles pesadillas. Primero, una misteriosa y poderosa enfermedad acabó con todos los políticos oficiales, –porque no había oposición-, con los meros padres y madres de la patria, con los sufridos servidores de la nación, dejándonos a millones de niquiranos en total orfandad.

Semejante desgracia causó desolación y llanto, porque, imagínese, quién nos engatusaría las esperanzas con las entelequias de sus discursos electoreros y nos haría soñar con un futuro mejor; quién cuidaría las arcas del Estado y restituiría nuestros derechos; quién nos ayudaría a vivir bonito, bendecidos y en prosperidad, con fe, esperanza y familia. Aquello era una tragedia, que digo tragedia, un cataclismo. La gente andaba sonámbula en las calles de todos los pueblos y ciudades, con la mirada y los pasos perdidos entre tanta desolación e incertidumbre, tanto desconsuelo y, sobre todo, tanto desamparo. Y de una pesadilla entré a otra, como si de las plagas de Egipto se tratara.

Acabados los políticos se desintegraron nuestras instituciones, incluido nuestro ilustre Consejo Supremo Electoral. Nadie sabía del paradero de sus flamantes magistrados que tanto se habían sacrificado por el Partido y la patria, -lo que es igual, aunque algunos resentidos lo consideren confusión de intereses. Y lo que más dolor ocasionaba era la ausencia de su magistrado presidente, autor de tantas lecciones de ética, coherencia y aritmética, en tantísimos años al frente de esa familia. Y toda la gente se preguntaba quién garantizaría ahora la honestidad y transparencia de nuestras elecciones; quién cuidaría que nuestros votos no aparecieran en los cauces, quién daría los partes antes de medianoche señalando la irreversibilidad de las tendencias. ¿Quién, Dios mío, quién?

Y las pesadillas no terminaban allí. Asimismo, con rumbo desconocido había desaparecido la empresa privada. Y los lamentos seguían, porque, quién ocuparía el lugar de tanta gente benefactora del pueblo, siempre preocupada por el bienestar de la clase trabajadora, celosos centinelas del pago de salarios justos, qué digo justos, rejustos, horas extras, y pagos sin demora alguna de las cuotas del Seguro Social; quién se inmolaría en el futuro para crear y darnos fuentes de trabajo, quién hablaría bonito como el tantas veces reelecto presidente del COSEP, de nuevo, como acostumbraba repetir.

El país estaba al borde del colapso, pero aún faltaba más. Después vi la devastación provocada por una herrumbre beligerante, que similar a maligno sortilegio, de la noche a la mañana convirtió en sarro todos los arbolatas plantados en la ciudad, esas bellas obras de arte que, con sus miles de luces y ramajes enrevesados hacían que Managua luciera como una Ciudad Luz, a la par, o mejor, que París, Roma, Barcelona, o Estocolmo. En cosa de horas no quedó ninguna de aquellas reliquias artísticas.

Ante semejante devastación, como modernas plañideras, o monas mal tiradas, los aduladores de ministros diputados, alcaldes, y otros especímenes de la clase gobernante, lanzaban al cielo sus lamentos lastimeros, sobre todo porque ¿quién les garantizaría sus puestos y abultados salarios ahora que no había a quién cepillar?

La catástrofe alcanzaba dimensiones espeluznantes. Había desaparecido el ejército y la policía; la corte suprema de justicia y los juzgados eran sólo un recuerdo; las direcciones de ingresos y aduanas habían colapsado, y con ellas los impuestos. Y miles nos preguntábamos quién nos reduciría los precios del combustible cada fin semana, y detendría la carestía de la vida, y daría continuidad a tantos proyectos de desarrollo, como el hambre cero, la usura cero, la información cero, el canal interoceánico cero. Estábamos a las puertas del fin de la nación, pero dichosamente desperté… ¡y todo seguía igual!


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