VOCES JÓVENES

Pintas, pugnas y disputas en la ciudad

Las intervenciones en la ciudad reflejan los actos a través de los cuales interpelamos a los poderes hegemónicos



Primero, quiero declarar que mi análisis no se sitúa desde mi vínculo o afiliación con algún partido político, esto lo aclaro, porque es muy común que cuando se agotan los argumentos se recurran a ataques sobre las personas y no sobre los objetos de debate en cuestión. Una vez aclarado lo anterior, paso a enfocarme en el tema de este artículo.

He percibido los malestares generados a partir de unas pintas que se realizaron sobre la rotonda Rubén Darío (o Metrocentro como la mayoría le llamamos) y espacios aledaños a la misma, en el marco de un plantón que se realizó el día viernes 11 de abril, con la presencia de partidos políticos y personas de algunas organizaciones sociales, con la finalidad de exponer su descontento frente el fallo de la Corte Suprema de Justicia  que dejó a la Coalición Nacional por la Democracia, sin una casilla para participar en las elecciones presidenciales.  Los comentarios con respecto a lo que fue el plantón,  se han desbordado y centrado en su mayoría, en actos de descalificaciones con alusión a las pintas, recurriendo en algunos casos  a calificativos de “vandálicos” en contra de las personas que las  realizaron.

Considero, que reducir una acción de este tipo a dicho adjetivo es obviar, en su mayoría, las formas en qué se construye la memoria[i] de la ciudad, donde los espacios funcionan como depositarios de memorias, tanto oficiales como “subalternas”. Asimismo, es obviar, que los mismos espacios no sólo encarnan políticas de ordenamiento, sino que también son terrenos donde se disputan discursos públicos y narrativas sobre el poder. Los lugares de la ciudad, son espacios donde se tramita de manera colectiva nuestro pasado,  donde marcamos nuestra historia[ii], nuestras experiencias, nuestras resistencias y malestares sociales presentes. La ciudad con sus lugares, es el sitio que registra por excelencia “el conflicto entre lo existente… la preservación y la transformación: es el sitio donde la historia está ocurriendo”[iii]. Por ende, es necesario ubicarse desde una mirada más integral, situando la ciudad y sus lugares como terrenos que funcionan como “campos de batalla” por fijar sentidos.

Sin títuloQuizás todavía esté muy presente en la memoria de la ciudad, que para los inicios de la década de los noventa, cuando Violeta Barrios era presidenta de Nicaragua y Arnoldo Alemán alcalde de Managua, se empezó por destruir todos aquellos espacios como murales y símbolos,  que eran “el relato de una convulsión revolucionaria cuya memoria el nuevo gobierno [quería] erradicar”[iv]. Junto a esta política de saneamiento de la memoria revolucionaria, se empezó por  cambiarle los nombres a algunos espacios que evocaban esa lucha, como la Plaza Carlos Fonseca, que pasó a ser  Plaza de la Fe; Pista de la Resistencia, luego llamada Juan Pablo II; Estadio Rigoberto López Peréz, luego nombrado Estadio Nacional Denis Martínez, entre otros.

Esos cambios e intentos por borrar la memoria, no sólo eran la forma de ordenar el espacio, sino el reflejo de las intenciones de instaurar un discurso público y mostrar quien tenía el poder, había que suprimir la “gran noche oscura”[v] y las sombras del sandinismo que también se habían encarnado en la ciudad. Se empezaron a realizar sobre la ciudad de Managua, nuevas construcciones como símbolos del “progreso”[vi], entre ellas las rotondas. Posteriormente, en el gobierno de Ortega, se empezaron  a rescatar los pocos lugares de la ciudad de la etapa revolucionaria que habían sido abandonados por los anteriores gobiernos, aunque también, se pasó a borrar otros, ejemplo de ello es la demolición del Faro de la Paz y la Concha Acústica.

Por ende, mirar los lugares, desde ese deseo de tipificar algo como “vandálico” o la cuestión de que si esto es realmente “incidencia”,  es de alguna forma  invisibilizar los sujetos en conflicto, perdiendo de vista las formas de exponer que el poder político está en disputa, entre actores  como el Estado, partidos políticos,  grupos de ciudadanos/as que también tienen formas y narrativas de contar las cosas, de hacer memorias urbanas.

Por ejemplo, algunas pintas que todavía se conservan sobre lo que fue el periodo insurreccional y luego, la guerra de los ochenta,  son apreciadas hoy (casi en su mayoría y las pocas que quedaron) como patrimonios de nuestra memoria, considerados gestos heroicos, cosa que no sucede con las pintas realizadas recientemente en la rotonda de Metrocentro. Al parecer, aquella frase de Daniel Ortega que textualmente decía “Las calles son del pueblo, y el pueblo debe defenderlas” se han disuelto en los adjetivos de un “otro vandálico”, donde se elude que la ciudad y los lugares, no se construyen en lo abstracto, que los espacios de la ciudad “no son objetos acabados sino configuraciones en construcción, es decir superficies de inscripción social”[vii]. Realizar pintas sobre un espacio público como las consumadas sobre la rotonda de Metrocentro, son una manifestación más sobre ese “terreno de inscripción”. Dada la concurrencia de manifestaciones y fuerzas antagónicas en el espacio, la ciudad seguirá siendo un lugar de confrontaciones por la lucha de los sentidos, a la vez, “un encuentro entre dos maneras de percibir el espacio y el tiempo”[viii].

Las intervenciones en la ciudad reflejan los actos a través de los cuales interpelamos a los poderes hegemónicos,  procesos que reflejan nuestras propias aspiraciones como ciudadanía. También, plasman las representaciones de cómo vemos nuestro pasado desde la mirada del presente y la misma forma en cómo se gestionan las ciudadanías desde las resistencias, acuerdos y tensiones. Esos lugares que componen la ciudad, más que espacios estáticos y rígidos, son un testimonio y revelación de nuestro esquema de valores, criterios/prejuicios con los que concebimos a los “otros” que  usan y ocupan esos espacios.

* Agradezco a René Rodríguez Fabilena,  por sus comentarios para mejorar el artículo

Siga leyendo: El ciclo de no-permanencia de nuestros monumentos

[i] “La memoria se inscribe en una materialidad, un espacio y lugares específicos donde se reconocen los grupos activos en la sociedad. Desde ese punto de vista, la memoria es necesariamente plural, multiforme, y se inscribe en la multiplicidad de tiempos sociales y espacios diferenciados de los cuales se apropian los grupos” (Decesari, 2011 citando a Lavabre).

[ii] Sztulwark, 2009.

[iii] Gorelik, 2009.

[iv] Kunzle, 1995.

[v] Noche oscura, fue la forma en que Juan Pablo II calificó su primera visita a la Nicaragua Sandinista.

[vi] En La  Prensa de 1993,  cuando se anunciaba la construcción de la nueva Catedral, se hacía también alusión a la Rotonda de Metrocentro, como “testigo del progreso”.

[vii] Sztulwark, 2009.

[viii] Ibíd.


5 Comentarios


  1. Este tipo de acontecimientos , solo pueden ser visto como algo normal en el contexto politico actual . Porque ? Sin espacios donde ejercer nuestros derechos políticos, ni donde expresar nuestras reivindicaciones, solo queda un lugar donde hacer esto . La calle , los muros , monumentos , inmuebles públicos pues … Si bien es cierto que no “esta bonito”, que esa rotonda es de todos, y que no correcto degradar el bien publico, las movilizaciones sociales en contextos autoritarios necesitan nuevos espacios para vehicular reivindicaciones. Si fuese un patrimonio de la humanidad o un edificio historico de hace 2 siglos , bueno .. eso seria mas lamentable. Sin embargo podría considerarse que si su objetivo es renovar un continuismo para obtener un sociedad verdaderamente democrática y con elecciones libres, solo puedo pensar que es un medio legitimo .
    No tengo ninguna afiliación política con estos partidos, solo pienso que cualquier pelado que lo hubiese echo estaría haciendo algo que refleja lo que muchos no expresamos mas públicamente por diferentes factores .

  2. Que diferencia las pintas en la era somocista adonde la GN y la EEBI asesinaban a la poblacion por mucho menos q hacer pintas. Ahora lo hacen no porq este justificado sino por placer a destruir y deteriorar la imagen del pais. Las calles son del pueblo cuando se amerita realmente hacerlo como cuando se tenian q pelear el 6%, a las UNIVERCIDADES, no privatizacion de la educacion, salud etc… en cambio nada de eso esta en riesgo solo los intereses mesquinos q un punado de mujeres y hombres mercantilistas capaces de vender a sus propias madres si los gringos les pusieran precios. Esas protestas q hacen son para seguir recibiendo financiamiento por estar desestabilazando el pais aunq o major dicho ya q no lo pueden hacer por lo menos dar esa percepcion. Aunq la decadente oposicion de mil amores quisieran desbaratar el pais.

  3. ¡Ja! Como si lo que se hizo en el pasado es suficiente aval para repetirlo. ¡Muy bonito! No hay trascendencia, no existe una capacidad de análisis que permita hacer las cosas de una manera distinta. ¿Es ese el cambio del que hablamos? Las palabras y los actos no se corresponden. Ahora, lo peor del caso es que algunas pintas decían “Somos PLI”… Tampoco la Oposición nos representa. Y sí, parafraseando al usuario de Twitter “@ParidoNicaragua”: Estamos Re-Jodidos. Porque no es suficiente estar jodidos, sino Re-Petirlo como ciclo vital de vida.

    1. Jorge Campos, yo en ningún momento hablo de repetir cosas, hablo más bien de cómo volver la mirada analítica sobre lo espacios que se mantienen como lugares de disputas de poderes, pero también como las mismas memorias de los lugares (en su versión menos inerte), nos permiten recordar cosas que ya han pasado y que bajo consideraciones éticas no pueden ser repetidas. Yo no sé si sea tan pertinente concebir ese cambio en el sentido planteado por algunos filósofos presocráticos que “un objeto que cambia debe perder cierta propiedad para adquirir la propiedad opuesta”, me parece demasiado mecánico, al menos pensar los cambios, como una línea de sucesos que casi de forma automática, desprenden a los objetos de los atributos del evento anterior.

      Me parece que lo importante de estas memorias de los lugares, es que nos permiten pensar la propia gestión de la ciudadanía, desde las diversas fuerzas que confluyen en el espacio y que nos permiten identificar discursos públicos, objetivos políticos y aspiraciones, también, me parece vital que al menos estas intervenciones sobre el espacio público, nos despierten esas “ansiedades y reclamos” por las formas en que hemos tramitado nuestras propias aspiraciones políticas, sin embargo, no podemos traducir esa visión mesiánica que generalmente tenemos de la política, a los mismos espacios.

      La trascendencia no depende de los lugares en sí, ni de las formas en que se gestan las mismas intervenciones, sino de maneras más estructurales en cómo se ha venido concibiendo la misma forma de hacer política, concretamente, en que actualmente no encontramos siquiera un plan de gobierno, que nos permita fijar una identidad política basada en la continuidad sobre ciertas aspiraciones colectivas y la pertenencia con base en acuerdos comunes o de consensos.

      Las ciudades y sus espacios van a seguir siendo intervenidos, porque es donde la política y la “historia” suceden y mientras sean transitados, habitados, disputados- porque los espacios no son “lugares acabados”- van a seguir siendo espacios transformados, porque la historia misma no es lineal, sino que avanza “con demoliciones y remplazos”.