Junior Gaitán Pollito

“Pollito”: El adolescente que suplicó por su vida

“Hijo, vámonos de aquí, te voy a llevar a la casa mi muchachito”, dijo su madre ante el cuerpo inerte del pequeño de 15 años, asesinado a quemarropa

El segundo día de junio de 2018, hacía una mañana soleada. Aura Lila López aprovechó para lavar la ropa de su hijo Junior Gaitán. A las diez de la mañana, él se despertó, dio vueltas por la casa, preguntó por su papá para que le abriera el portón de la calle y al darse cuenta que no estaba, se aburrió y se fue a dormir abrazado a uno de sus sobrinos.

Unas horas después se volvió a despertar y le insistió a su mamá por el paradero de su papá. Estaba sofocado y ansioso, por salir a la calle para unirse a sus amigos en las barricadas que se habían levantado por toda Masaya.

“Yo tenía la llave, pero no quería dejarlo ir”, recuerda Aura Lila. Le daba miedo porque esa mañana habían asesinado a un joven de 27 años, de un disparo al corazón, cerca de la iglesia San Miguel, en Masaya.

Cuando llegó su papá insistió en que lo dejaran ir. Su madre salió al paso y le dijo que no, que por favor no saliera, que era peligroso.

—No quiero ser una madre más que llora por sus hijos asesinados— le imploró Aura Lila, mostrándole una foto del joven asesinado que circulaba en redes.

—Mamá, vos sos loca. No me va a pasar nada— le respondió.

Como no lo dejaron salir, se puso a llorar en una esquina. Ante su insistencia, le dieron permiso de ir a una de las barricadas colocadas a dos calles de su casa. Ahí se reunía con sus amigos a platicar, a jugar fútbol, a cuidar el barrio.

Junior Gaitán
Junior Gaitán era alumno de excelencia académica en su colegio en Masaya. Foto: Carlos Herrera | Confidencial

La ciudad entera estaba llena de barricadas armadas con adoquines, palos, ramas y alambres en protesta contra la brutal represión y la masacre desatada por el régimen de Daniel Ortega en toda Nicaragua.

“A él le gustaba ir, estar un rato, pero cada cierto tiempo yo mismo iba a vigilarlo o a traérmelo”, cuenta el padre de Junior, José Javier Gaitán Mercado, que se gana la vida reparando bicicletas.

El llamado de auxilio de Monimbó

Su papá fue varias veces a verlo y estaba en la esquina con otro grupo de jóvenes. Pero en una de esas idas y venidas, llegó un cliente para que le reparara su bicicleta. Recuerda que tardó más de lo esperado. Cuando Aura Lila le insistió que fuera a buscar a su hijo, José Javier se levantó y le dijo al cliente que “ya volvía”.

“Ya no estaba en la barricada. Alguien nos contó después que unos muchachos habían llegado corriendo desde Monimbó a pedir ayuda, porque unos paramilitares y policías los estaban atacando. En ese momento todos los chavalos del barrio se fueron a ayudarlos, incluyendo Junior”, recuerda su padre.

Desesperada, Aura Lila le dijo: “Andá búscamelo, por donde sea, pero tráemelo”.

José Javier empezó a buscar a Junior por toda Masaya, mientras en la casa, su madre lloraba en la casa, imaginando lo peor. A eso de las seis de la tarde, alguien entró y Aura Lila escuchó lo que temía: “¡Mataron a Pollito!”.

“Pollito” suplicó que no lo mataran

La madre desesperada salió inmediatamente a la iglesia San Miguel, donde le dijeron que tenían a su hijo. Masaya estaba amurallada por barricadas que los ciudadanos habían levantado en cada esquina, para impedir los ataques de policías y paramilitares. En una moto logró avanzar, mientras los muchachos gritaban: “Es la mamá del niño que acaban de matar, déjenla pasar”.

Aura Lila escuchó esa frase y todavía no podía creerlo. Le habían matado a su “Pollito”. Entró a la iglesia y lo vio acostado en una camilla. Tenía el rostro tapado, quiso pensar que estaba dormido. Se acercó y vio el hueco de una bala en su pecho. “Hijo, vámonos de aquí, te voy a llevar a la casa mi muchachito”, alcanzó a decir. El niño no respondió, a la madre se le desencajó el rosto y rompió en llanto.

“Le dispararon a quemarropa, mientras estaba arrodillado suplicando que no le hicieran nada. Sé que él conocía al policía que lo asesinó, porque le pidió que no lo matara. Todo eso lo vio y escuchó uno de sus primos que estaba escondido frente al Mercado de Artesanías, donde se habían refugiado”, relata.

Junior Gaitán altar
En casa de Junior Gaitán sus padres hicieron un altar en su honor desde que lo asesinaron el dos de junio de 2018. Foto: Carlos Herrera | Confidencial

No hubo compasión. “A mi hijo lo ejecutaron”, dice, y llora. Llora de rabia. De dolor. De desesperación porque no se ha hecho justicia.

Su padre tiene pesadillas desde ese día. Le duele imaginar el rostro achinado de su hijo pidiendo de rodillas frente a un arma que le apuntaba el pecho.

“Lo que hicieron es la maldad más grande. Era un niño desarmado, no iba a hacerle daño a nadie”, reclama su madre.

Ahora han tenido que aprender a vivir sin su “Pollito”. A Junior le apodaron así porque cuando tenía como cinco años, se traía de la casa de su abuela unos pollitos tiernos, en las manos. Caminaba con ellos pegados al pecho, el pecho donde una década más tarde le pegó la bala con la que lo mataron.

Le encantaba dibujar y jugar fútbol

Junior era un adolescente pícaro, alegre, no le gustaba estar quieto. Tenía 15 años. Estudiaba secundaria. Se la pasaba jugando fútbol o ayudando a su papá a reparar bicicletas. Participaba en los bailes del Torovenado y de los Agüizotes de Masaya.

También le gustaba dibujar y le había confesado a su mamá que quería ser artista. Soñaba con aprender a hacer murales de grafiti. Se imaginaba pintando una enorme pared de alguna de las viejas casonas de Masaya.

Junior Gaitán promoción
Aura Lila López junto a su hijo, Junior Gaitán, durante su promoción de sexto grado. Foto: Carlos Herrera | Confidencial

Aunque de niño perdió un par de años, porque de un día a otro dejó de interesarle la escuela, cuando prometió volver y esforzarse lo cumplió y se había convertido en un alumno con excelencia académica. Lo que mejor se le daba eran las matemáticas. Sus padres conservan los diplomas, medallas y bandas de honor que le entregaron.

En la sala de su casa tienen un altar, decorado con flores, con fotografías de Junior, en el que todos los días le encienden veladoras. Lo montaron desde que rezaban los nueve días, tras su asesinato, y permanece intacto desde entonces. Ya han encendido más de 200 velas y sus padres afirman que lo seguirán haciendo hasta “que se nos apague la vida”.

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