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¿El precio del “progreso”?

Construcción

Preocupa comprobar que, como sociedad, hemos ido perdiendo el empuje, la energía y objetivos para ser actores de nuestra realidad



En mi artículo anterior, me refería a la destrucción lenta pero segura del medio ambiente y los recursos naturales del país. Talas inmisericordes que dejan en la más absoluta pobreza a miles de campesinos que, en muchos casos, tienen que emigrar en busca de nuevas oportunidades. Poblaciones autóctonas que pierden sus medios de vida, asediadas y víctimas de violencia física y económica. Fauna y flora que desaparecen; recursos hídricos que se secan; economía de subsistencia que perpetúa el ciclo de la pobreza de amplios sectores de la población, aunque las estadísticas nos cuenten una historia de colores diferentes. La naturaleza agredida por factores naturales como la sequía, y factores humanos: la mano del hombre depredadora, descuidada y avarienta, destruyendo en busca de riquezas corto-placistas.

La situación no es menos preocupante en los centros urbanos: infraestructuras y servicios básicos insuficientes e ineficientes; falta de planificación del desarrollo y sus proyectos asociados; desorden y falta de voluntad política para ordenar el caos vial y de zonas críticas como los mercados… Esta falta de voluntad política y la carencia de autonomía municipal, además de la corrupción rampante, afectan seriamente la capacidad de las ciudades para proporcionar bienestar a sus habitantes, brindar servicios adecuados y dotar a los centros con infraestructuras acordes a la demanda existente.

Hay que insistir una y otra vez, en la URGENTE necesidad de ordenar el caos vial y comercial que prevalece a lo largo y ancho del país. Masatepe, Chinandega, Jinotepe, son algunos de nuestros centros urbanos que sufren el desorden, la suciedad crónica, la anarquía y los muchos etc. generados por los mercados al aire libre que crecen como un cáncer, sin orden ni concierto, e invaden calles y aceras, impiden incluso el acceso de los dueños a las viviendas frente a las cuales se fincan, sin que ninguna “autoridad” se preocupe verdaderamente por poner orden y propiciar instalaciones adecuadas y/o hacer cumplir las ordenanzas municipales existentes. Los alcaldes evitan asumir sus responsabilidades y en casos como el de Jinotepe, a pesar de que se ha construido un mercado totalmente nuevo – que ya se ha comenzado a deteriorar-no se obliga a los comerciantes a trasladarse al mismo para liberar así el centro de la ciudad del caos en que se le ha sumido. Los “votos” pesan más que el bienestar, higiene y limpieza de una ciudad completa.

El precio del mal llamado “progreso” es muy alto y nos afecta a todos. Ahora se está realizando la ampliación de la Pista de la Solidaridad entre Rubenia y el cruce del Hospital del Niño. Ha desaparecido la mediana arbolada que proporcionaba su generosa sombra, dejándonos con un páramo de asfalto que vendrá a aumentar la radiación solar y por ende el calor, alejando la poca lluvia que Managua tanto necesita. Y faltan aún las otras fases de dicha ampliación, que llegará hasta la Rotonda de la Centroamérica. El MTI o la Alcaldía de Managua deben replantar en las aceras los árboles eliminados. Pero ojo, no con “arbolatas” que producen aún más calor y gasto energético, sino con árboles de verdad, de los que generan vida.

En Managua, las calles principales de los otrora barrios residenciales como Altamira, Colonial Los Robles, Bello Horizonte, entre otros, han sido también desprovistos de los árboles que los adornaban y refrescaban, ahora sustituidos por parqueos improvisados para satisfacer la demanda de la miríada de negocios que han desplazado a la población original. Cada nuevo negocio que se instala en los residenciales opta por cortar de raíz los árboles existentes y los sustituye por cemento. ¿Dónde está la oficina de Medio ambiente de la Alcaldía? ¿Dónde está nuestra preocupación por el futuro? ¿Acaso no sabemos que la pérdida de la vegetación tiene efectos directos en el aumento del asoleamiento, el calentamiento y la escasez de lluvia?

Transformaciones arbitrarias, fuera de las regulaciones de uso del suelo existentes se han hecho norma. Mientras pagues lo que te pidan, podes instalar el negocio que te dé la gana, como te dé la gana y donde te dé la gana. Basta pasar frente a “La Vieja Habana” en Altamira, a escasos metros de “La Vicky”: la acera ha sido cercada e incorporada al restaurante-bar forzando a los peatones a usar la calle. Además, este centro nocturno, que debe tener algún poderoso padrino, dista tan sólo unos 100 metros de la parroquia de San Agustín y el respectivo Colegio, contraviniendo las normas de distancia mínima entre bares, iglesias y colegios. Y no hablemos del estacionamiento en noches de viernes, sábados o feriados, en que la calle se ve completamente invadida de carros estacionados en ambas direcciones impidiendo el tránsito de los vecinos del barrio.

Realmente preocupa comprobar que, como sociedad, hemos ido perdiendo el empuje, la energía, la claridad de conceptos y objetivos para ser verdaderos actores de nuestra realidad; tenemos que exigir a las autoridades el cumplimiento de sus atribuciones, y exigirnos a nosotros mismos una participación activa y consciente de nuestros derechos y responsabilidades. Solo así podremos lograr un cambio que nos beneficie a todos, que nos incorpore al mundo de la sostenibilidad y el respeto por nuestros recursos, única garantía de un futuro mejor.