Opinión

Quijotes y Sanchos en la revolución

El Che con su “adarga al brazo” y Fidel con sus armas solidarias, son Quijotes que salieron de la realidad de este mundo en conflictos



La conmoción causada en el mundo por el fallecimiento de Fidel, ha sacado a flote dos sentimientos opuestos que reflejan la composición dialéctica de la vida: por un lado, la ruindad espiritual de quienes se alegran por el suceso y, por el otro lado, el sentimiento de pesar de los pueblos agradecidos por su ejemplo de lucha por la liberación nacional y la justicia social.  Y por algo más: la permanente y múltiple s solidaridad de Cuba que, en medio de sus limitaciones, ayuda a combatir enfermedades con sus médicos –y con los médicos de todo el mundo formados en Cuba—; la ignorancia con sus educadores y con sus lecciones de dignidad frente a la agresión de los gobiernos norteamericanos y de las transnacionales que victimizan a los pueblos con sus mezquindades.

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La “condición más  linda de un revolucionario”, según Ernesto Guevara, el Che, es “ser capaz siempre de sentir en lo más hondo, cualquier  injusticia realizada contra cualquiera en cualquier parte del mundo”, y él mismo le dio cabal significado a esa definición con su propia experiencia de vida, y la de su compañero Fidel.  Eso lo confirmaría más tarde en la carta de despedida a sus padres, cuando partió hacia Bolivia: “Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo…”

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Como escribe Mirta Aguirre, en su prólogo a la segunda edición cubana de Don Quijote de la Mancha (con la primera edición de este libro, la Revolución inició su actividad editorial), con esas “sus palabras dilucida, sin haberlo querido él, que en ese instante pensaba en todo menos en problemas literarios, la esencia de la cuestión”. Y cuál es esa “esencia de la cuestión” que el Che “dilucida”?  Que: “Quijotismo no es engaño sobre el alcance de las propias fuerzas, aunque ese engaño lo sufriera el Caballero de la Triste Figura; quijotismo no es, tampoco, idealización del pasado e intento de mejorar al mundo pretendiendo el retorno a él; quijotismo es, apartando todos los ramajes que envuelven al protagonista de Cervantes, ser lo que el propio personaje detalla al marcharse de la casa del Caballero del Verde Gabán:

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“…casto en los pensamientos, honesto en las palabras, liberal en las obras, valiente en los hechos, sufrido en los trabajos, mantenedor de la verdad, aunque le cueste la vida el defenderla”.

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Es decir, las cualidades que el Che Guevara pensaba debían ser inseparable de un revolucionario y con las que, “sin quererlo él”, las hace coincidir con su vida de revolucionario y con la de Fidel, quienes de hecho adoptaron aquellas cualidades imaginadas por Cervantes para su Don Quijote, y así definieron su Quijotismo.  Si imaginamos a un revolucionario, humanamente más cercano a su realidad social, podría decirse que para alcanzar algo de esas cualidades quijotescas,  no tiene que animarle el egoísmo de creerse un modelo como tal, sino que ha de resultar de la espontaneidad de sus actividades. Y de su comportamiento, el individuo, además de odiar la injusticia y, por ende, ser justo y hasta morir por la verdad, le da vida a otros valores como la fraternidad y la solidaridad.

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El Che quiso comprobar esos principios y valores que animaban su vida, incorporándose a las luchas del pueblo congolés; después se puso su “adarga al brazo” y partió hacia las montañas bolivianas con sus convicciones intactas y su “adarga” ideológica afilada, dispuesto a morir por la justicia históricamente negada al pueblo boliviano.  ¿Y quién tomó la iniciativa de “desfacer” los  históricos “entuertos” creados por el colonialismo en Argelia, Etiopía, Angola, Namibia y al pueblo negro sudafricano sometido bajo el odioso régimen del apartheid, sino Fidel y sus Quijotes, a pesar de no ser Cuba una potencia mundial en lo militar, pero sí una potencia mundial en solidaridad?  El Che con su “adarga al brazo” y Fidel con sus armas solidarias, son dos Quijotes que no salieron de la ficción, sino de la realidad de este mundo en conflictos.

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Para un revolucionarios respetar la verdad y hasta morir defendiéndola, o sea, practicar el “no mentir”, es mucho más que ser un moralista religioso, porque la mentira en el ámbito de la lucha política y social no es un “pecado”, sino un arma ideológica más de los órganos del poder y de los portavoces intelectuales adictos o portadores al servicio de las clases dominantes, en contra de los luchadores por la justicia social. Eso indica que solo un revolucionario, además de ser un amante de la justicia, éticamente se obliga a sí mismo no mentirle al pueblo ni a las clases populares, con y por las cuales se compromete a luchar con la verdad por su causa liberadora.

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Un revolucionario, al mismo tiempo que convierte la verdad en un arma en la lucha contra los portadores de la mentira histórica de que la pobreza y la riqueza social nacen como por gracia divina, se compromete a enseñársela al pueblo y la clase social a los que se debe.  Por  ello, ser revolucionario es saber desmontar cómo y porqué, en una sociedad clasista, a los pobres les dicen “los desfavorecidos de la fortuna”, reduciendo en esa frase el resultado de los mecanismos de explotación económica, política y social a un simple juego de azar, mientras se utiliza eufemismos para presentar a los ricos como eternos y fortuitos ganadores de algo así, como un premio mayor de la lotería “celestial”.

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Abordo este tema de la verdad y la mentira, dos caras de la misma moneda, en ocasión de la muerte de Fidel, en cuya práctica, esos dos conceptos estuvieron lejos de tener signos moralistas y religiosos, y porque la verdad y la mentira son inseparables de las luchas económicas y políticas en todo el mundo, entre el capitalismo con su imperialismo al frente, y los pueblos oprimidos.  Porque la mentira es parte del arsenal político del ejército mediático en todos los países –con la ventaja para los más ricos—,  que disponen de medios de comunicación más modernos y en mayor cantidad — con los cuales forman una especie de burbuja planetaria de falsedades, en donde se contamina la conciencia de millones de personas.

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También es una ocasión propicia para aterrizar en el suelo nacional con el tema de la definición de un revolucionario como portador de los valores del Quijotismo, según los ideales cervantinos, en cuanto al respeto por la verdad, el amor por la justicia, la solidaridad  y otros valores opuestos al egoísmo, y de ver cómo se perdieron en nuestra revolución.  Después de Sandino, nuestro primer Quijote, y con la pérdida de nuestro segundo Quijote, Carlos Fonseca, durante largos años, los revolucionarios inspirados por ellos combatieron a la dictadura somocista bajo las banderas del Frente Sandinista, sin que todos fueran auténticos portadores de los valores del Quijotismo (ni hubiese sido humano exigírselos).  Nadie puede ser igual a otros en su comportamiento durante todo el tiempo y bajo todas las circunstancias.

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Las circunstancias vuelven frágiles al revolucionario como ser humano, y una de esas circunstancias fue creada después de la toma del poder en 1979.  Entonces, y también sin quererlo ni programarlo, la conducta individual de cada quien comenzó a experimentar un proceso contradictorio entre los valores del Quijotismo y los antivalores del Sanchopancismo.  Es decir, muchos revolucionarios comenzaron a ver y a disfrutar del poder, tanto y aun peor que como se comportó el personaje cervantino de Sancho Panza como Gobernador de la imaginaria Ínsula Barataria: queriéndolo todo, imaginando que tenía derecho de hacer de todo y pensando con egoísmo en que ese todo era una compensación por las duras sufridas, acompañando a Don Quijote en sus aventuras.

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Así fue cómo el Estado revolucionario sandinista pasó a convertirse en una copia real de la imaginaria Ínsula Barataria, por el comportamiento Sanchopancista de muchos comandantes y políticos sandinistas.  Eso, todos lo conocemos y de muchas maneras los nicaragüenses conocimos de sus abusos, incluido el recién pasado fraude electoral, con el fin Sanchopancista de seguir usufructuando el poder para asegurar los enriquecimientos personales de los miembros destacados del régimen.  Esa transición simbólica del Quijotismo al Sanchopancismo, y del Sandinismo al Orteguismo, comenzó a fines de los años 89 y se profundizó a partir de 1990.  Con solo eso, nació un mundo de diferencias con el Che y con Fidel.

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Si durante su participación en la lucha armada en contra de la dictadura algunos orteguistas pensaron ser como el Che, en cuanto tuvieron la oportunidad de probarlo como gobernantes, no pudieron evitar su metamorfosis en un Sancho Panza. Claro, sin ninguna de las graciosas situaciones que el personaje cervantino creó cuando se creía Gobernador de una ínsula.  Primero, abandonaron su imagen como revolucionarios; después, mintieron al pueblo.  Ahora ni sueñan con abandonar el bienestar del poder, menos seguir con su “adarga al brazo” en contra de la injusticia en ninguna parte, porque las injusticias… son cometidas por ellos, aquí mismo.

Ruperta y Ruperto

  • Has pensado, Rupertó, ¿en qué consiste la diferencia entre los viejos periódicos y los periódicos modernos?
  • Esa diferencia salta a la vista, Rupertá: antes publicaban noticias junto a unos pocos anuncios comerciales, y ahora publican un montón de anuncios comerciales… ¡junto a unas pocas noticias!
  • Ya que hablamos de periódicos y anuncios comerciales, Rupertó, casi siempre los productos anunciados en “baratillo” valen más de lo que cuestan, y se paga por ellos mucho más de lo que valen…
  • No entendí bien eso, Rupertá; pero lo cierto es que, gracias a la propaganda, los malos productos son como el maíz “picado”… ¡siempre encuentran su comprador!

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