Opinion

¿Cuánto racismo hay entre los literatos?

Me puse a leer la Antología del cuento triste, realizada por Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs, buscando alguna expresión de racismo

La explosión generalizada en los Estados Unidos y en todo el mundo en contra del racismo –del racismo estadounidense en primer lugar—, seguramente que habrá hecho pensar a muchos en torno a la existencia o de racismo entre los más conocidos literatos.

En principio el tema parece tonto, pero como ningún escritor de todas las épocas, nacionalidades e ideologías está ni estará al margen de la cultura dominante en su sociedad… ¿cómo expresan el racismo en sus obras?

No necesito decir que no los he leído a todos, ni mucho menos. Es decir, que ignoro todas las obras de los famosos, más allá de las referencias de quienes sí las conocen, y han dado alguna opinión sobre algunos de esos autores, muchos de los cuales solo son conocidos por sus nombres y su fama.

Pensando en eso, y como con algo se comienza, me puse a leer la Antología del cuento triste, realizada por Augusto Monterroso y Bárbara Jacobs (Santillana Ediciones Generales, SL., segunda edición, abril 2005), buscando alguna expresión de racismo. Esta antología contiene 25 cuentos de 23 autores, pues dos cuentos por cada uno corresponden a Thoma Mann y a William Faulkner.

Y hallé lo que buscaba en solo tres los cuentos: en el de Gustave Flaubert (1821-1880), en los dos de William Faulkner (1897-1962 y Premio Nobel 1949) y en el de Leopoldo Lugones (1874-1938).

Ante la imposibilidad de hacer un resumen de cada uno de los cuentos con el virus del racismo y con varias alusiones despectivas a la negritud de algunos personajes a los que, por cierto, solo a uno le mencionan con su nombre, y una sola vez.

Un alma de Dios

En este cuento, Gustave Flaubert, describe la vida de una pobre mujer llamada Esperanza, quien por ser esa “alma de Dios”, tuvo una vida muy sufrida (sin quejarse nunca), víctima de las casi todas las injusticias posibles en la sociedad francesa de principios del Siglo XIX. Y he aquí la ironía: lo menos que podía albergar en ese pobre ser humano, era la esperanza de ser feliz.

Aparte de eso, vamos al racismo:

Felicidad se figura que La Habana era un país donde no hacían otra cosa que fumar, y que Víctor (su sobrino) circulaba entre negros en una nube de humo de tabaco.”

La mujer (ama de Felicidad), la cuñada y las tres hijas del barón “Lanssoniere, ex cónsul en América (…) tenían un negro y un loro”. Y Flaubert, no distinguió entre una persona anónima y un animal, ambos propiedad de la familia (…), pero cariñosamente recuerda que “El loro se llamaba Lulú“.

El loro ocupaba desde hacía mucho tiempo la imaginación de Felicidad, porque venía de América y esta palabra le recordaba a Víctor, tanto que le hacía preguntas al negro. Una vez le llegó a decir: Cuánto le gustaría a la señora tenerlo.”

El negro se lo contó a su ama, y esta, no pudiendo llevarlo, se deshacía de él de aquella manera.”

En las 48 páginas que ocupa el cuento, el sirviente (¡para variar, un hombre negro!), no mereció tener un nombre.

Yzur

En Yzur, cuento de Leopoldo Lugones, quien escribe en primera persona, dice que le compró un mono a un circo en quiebra y se empeñó en enseñarle a hablar, porque había leído (“no sé dónde”) que a los monos naturales de Java “les atribuían la falta de lenguaje articulado (…) a la abstención y no a la incapacidad. ´No hablan´, decían, ´para que no los hagan trabajar´.”

El autor estaba seguro de que lograría hacerlo hablar, porque: “Felizmente los monos tienen, entre sus muchas malas condiciones, el gusto de aprender, como lo demuestran sus tendencias imitativas (..); una profunda facultad de disimulo, y la atención comparativa más desarrollada que en el niño. (…) El mío era joven, además, y es sabido que la juventud constituye la época más intelectual del mono, parecido en esto al negro.”

Conclusión lógica: la época intelectual de los jóvenes blancos, por ser supuestamente la menos madura y desarrollada… es parecida a la del “negro” y del mono. Y, al final del cuento, Lugones, después de describir sus esfuerzos dentro de un montón de páginas, solo logra que el mono hable al momento de morir:

–“AMO, AGUA, AMO, MI AMO… (así, ¡en mayúsculas!)

Una rosa para Emily

William Faulkner se vuela la cerca del triste racismo en su cuento, el primero de los dos en la Antología del cuento triste. El cuento comienza por el final, con la muerte de Emily, y narrando sobre su vida, resalta el primer ejemplo de racismo:

En vida, la señorita Emily había sido una tradición, un deber, un cuidado; una especie de una tradición obligatoria del pueblo, que databa de aquel día de 1894 en que el Coronel Sartoris, el alcalde –el que engendró el edicto de que ninguna negra debía aparecen en la calle sin delantal—, la dispensó de impuestos, datando esa dispensa desde que murió su padre y a perpetuidad”.

Pero lo del edicto fue un invento del Coronel Sartoris, dando comienzo a la narración de la vida solitaria de la señorita Emily, pues su única compañía no merecía ser tomada en cuenta… porque era un hombre negro. Y cuando la señorita Emily recibió la visita de una diputación del Concejo Municipal.

“Les hizo entrar el viejo negro a un vestíbulo en penumbra (…) El negro les hizo entrar al salón (…) Cuando el negro abrió los postigos de una ventana, vieron que el cuarto estaba agrietado…

Tres alusiones despectivas en el mismo párrafo. Pocas páginas más adelante, Faulkner hace el milagro de saber cómo se llamaba el empleado de la señorita Emily. Sucedió, cuando Emily, bajo el engaño del Coronel Sartoris, se niega a pagar los impuestos, y el autor se ve obligado a poner el nombre del empleado en su boca:

Yo no tengo impuestos en Jefferson. ¡Tobe! –apareció el negro—. Acompaña a estos caballeros a la puerta.”

Más adelante, siguen otras”joyas: “Unas pocas señoras tuvieron la temeridad de llamar (a la puesta de la casa de Emily), pero no fueron recibidas, y la única señal de vida era el negro entonces joven— (cuánta generosidad) entrando y saliendo con una cesta de la compra.” Y más joyas “de color” racista en el cuento hasta sumar catorce:

Probablemente es solo una serpiente o una rata que ha matado ese negro suyo en el jardín.”

La compañía de obras llegó con negros y mulas y maquinaria.”

“Los niños le seguían en grupo para oírle insultar a los negros al compás de subir y bajar los picos.”

“El paquete se lo dio el muchacho negro de los repartos: el boticario no volvió a aparecer.”

El negro entraba y salía con la bolsa de compra, pero la puerta de delante permanecía cerrada.”

“Cada día, cada mes, cada año observábamos al negro ponerse más canoso y encorvado, entrando y saliendo con la bolsa de compra.”

“Ni sabíamos siquiera que estaba enferma; habíamos renunciado hace tiempo a obtener información de parte del negro.”

El negro recibió a las señoras en la puerta de delante, y las hizo entrar

Miss Zilphia Gant

En este segundo cuento de Faulkner, el racismo disminuye y solo lo manifiesta dos veces, pero de modo contundente:

Y cuando vino aquí mientras yo trabajaba, la oí un momento en la escalera, a cada escalón se paraba en la puerta y sudaba como un negro.”

“Pero de noche volvía a despertarse para llorar, según la antigua costumbre, despertándose con ojos extraviados de un sueño que desde hacía un tiempo se le aparecían hombres negros.”

¡Soñar con hombres negros es la peor pesadilla para Faulkner! ¿En cuántas obras de autores famosos, ha leído usted expresiones racistas?

Más en Opinion

Share via
Send this to a friend