Opinión

Reflexiones para la Policía Nacional

Policia

Depongan las armas, compatriotas policías. Súmense a la protesta pacífica dejándola de reprimir



Compatriotas policías:

¿Quién soy yo para dirigirme a ustedes? Un ciudadano más que mañana no quiere convertirse en un ciudadano menos. Un joven que tampoco quiere sentirse valiente por salir a las calles a reclamar sus derechos pacíficamente. No, no quiero sentirme valiente, como bien dijo una amiga necesaria: quiero sentirme libre en un país que merece una paz diferente a la paz de los cementerios.

¿Cómo han estado desde que empezó la represión? ¿Han dormido tranquilos? ¿Qué se siente estar de pie todo el día, bajo el inclemente sol de Managua, sosteniendo el acero lleno de sangre que resulta ser la sangre de sus propios hermanos corriendo por sus venas? ¿Sus madres los miran con los mismos ojos? ¿Sus familias también? Yo sé que no es fácil, no debe ser nada fácil y trato de ponerme en las botas de ustedes, en serio, pero ya va siendo hora de asumir la responsabilidad que les exigen los salarios que nosotros les damos a través de nuestros impuestos. Sé muy bien que cuando apuntan sus armas hay alguien, más arriba de ustedes, apuntando armas incluso mayores. Así es, son sus jefes, pero no son sus dueños. Ustedes no están obligados a obedecer órdenes genocidas.

La Constitución nos protege a través de ustedes, y no al revés. Ninguno tiene derecho de quitarle la vida a otro cuando todos sabemos que la vida se nos ha dado, y no nos pertenece: actuamos como si nos perteneciera, pero allí está el error. Porque luego creemos que podemos quitársela al prójimo, como si la vida del prójimo también nos perteneciera. Vida y muerte, dos caras de una misma moneda, no tienen precio. Yo sé que la mayoría de ustedes son jóvenes que se metieron a las fuerzas del orden público para defender una bandera azul y blanco. Una bandera que, sin embargo, hoy está a media asta, rota y manchada, también por ustedes. No es justo que una bala sin alma, como cualquier bala, atraviese todos los días a un joven nicaragüense que se sumó a las protestas pacíficas de los cientos de tranques que hay en todo el país. Tranques levantados con modestos adoquines, trincheras necesarias.

Se enfrentan con armas de grueso calibre contra un pueblo desarmado. La lucha no sólo es desigual por esa razón, sino también porque, detrás de quienes les dan las órdenes a ustedes, lo que hay es corrupción. Todos tenemos un derecho fundamental que debemos defender, en Nicaragua y en cualquier país del mundo: el derecho a la vida. Y en estos momentos ese derecho está siendo violentado a través de una masacre inmisericorde que está en sus propias manos detener. Hoy mismo pueden parar esto, si así lo quieren, compatriotas policías. No crean, cuesta despertar todos los días con la ansiedad de saber si hubo muertos o no en la madrugada. Cuesta dormir también. Sea del lado de los estudiantes, o sea entre sus propias filas, no queremos más muertes. No queremos seguir contando víctimas: no se sumen a la matanza de quienes no están pensando en ustedes, sino en sus propios intereses cuando los mandan a reprimir.

¿Qué sienten al escuchar las notas sagradas del himno nacional? ¿Ya no ruge la voz del cañón? ¿Ni se tiñe con sangre de hermanos, tu glorioso pendón bicolor? ¿Qué sienten al escuchar el himno que aprendieron a cantar en sus colegios, bien erguidos, con la mano en el pecho? ¿Se imaginaron, cuando eran niños y niñas, que algún día iban a provocar terror entre los niños y niñas de Nicaragua? ¿No les pesa el uniforme luego de todo lo ocurrido? Quiero creer que detrás de esos uniformes negros, como el luto, hay seres humanos y no sólo sombras. Seres humanos que ruegan ser perdonados y quieren ser parte del pueblo que hoy siente pánico cuando los mira en las calles.

Sabemos que algunos policías han desertado y otros han querido hacerlo, pero tienen miedo. ¿Miedo a qué? ¿Miedo a ser vistos como ejemplos de valor luego de rebelarse dignamente? Un día Nicaragua será libre y ustedes seguirán entre nosotros. Asuman esa realidad, así como también el compromiso de saberse parte del pueblo que ahora llora por ustedes. Nada es más peligroso que el miedo, compatriotas policías. Cuando la conciencia habla, es mejor escucharla. Tomen en consideración que cuando uno de ustedes cae preso, en las manos de los estudiantes que se defienden con morteros, lo primero que hacen los jóvenes es llamar a los sacerdotes para regresarlos vivos a sus casas, con sus familias, donde pertenecen. En cambio, cuando los prisioneros llegan al Chipote, les esperan las noches más oscuras de sus vidas.

En Nicaragua todavía tenemos la esperanza de que nadie torture a nadie por placer. De que nadie disfrute golpear con la culata de un fusil a un inocente prisionero para luego desnudarlo y obligarlo a que deje sus datos en una lista negra. Depongan las armas, compatriotas policías. Súmense a la protesta pacífica dejándola de reprimir, y más temprano que tarde todos veremos el nuevo amanecer de un país que merece desistir de la violencia.

El pueblo se los agradecerá, sobre todo las madres, con el dolor inefable que llevan dentro.