Opinion

¡Regalen libros!

Al iniciarse 2019 debido a mi vicio por la lectura, una amiga me preguntó ¿cuál es el mejor obsequio que puedo hacer a mí pareja?

“Advertirles que la literatura es fuego,
que ella significa inconformismo y rebelión,
que la razón de ser del escritor es la protesta,
la contradicción y la crítica”.
Mario Vargas-Llosa

Los regalos se convierten en quebraderos de cabezas, muchas personas a la hora de plantearse qué deben o van a regalar a sus amistades y familiares no saben qué pueden obsequiarles. En diciembre de 1985, con un pie en el avión, rumbo a Washington para estar presente en nacimiento de mi hijo Alejandro, el comandante Tomás Borge me preguntó que podía regalar a sus amigos para las navidades. Mi respuesta inmediata fue que les obsequiara El amor en tiempos del cólera. La obra de Gabo estaba recién horneada. De esta manera doscientas personas pudieron leer una de las novelas románticas más celebradas del siglo veinte. Un parto prodigioso con enorme aliento poético. Puso en sus manos a un clásico de la literatura contemporánea.

Al iniciarse 2019 debido a mi vicio por la lectura, una amiga me preguntó ¿cuál es el mejor obsequio que puedo hacer a mí pareja? Le respondí que buscara un buen libro y se percataría de la inmensa alegría que iba a depararle. Un obsequio formidable que habla bien del que regala como de quien lo recibe. Cuando Hispamer puso en una calle cercana a sus viejas instalaciones una manta que decía: No se aburra lea, el juego de palabras, además de gracioso, me pareció de lo más indicado. La librería no se había pasado a su espléndido local, ni disponía como ahora de millares de títulos para satisfacer los más variados gustos. Por mi parte prefiero que me regalen novelas de gran inventiva. Me gustan que cuenten historias subyugantes.

Sigo apesarado por el cierre de Literato Central, librería de alta calidad, arrastrada al abismo por el descalabro sociopolítico. La onda expansiva continúa haciendo estragos. Las expectativas sobre sus repercusiones durante el presente año no son halagüeñas. El impacto negativo en la industria editorial nicaragüense ha sido enorme. Una industria frágil y poco remunerada. El aporte que hace a la cultura es invaluable. Guardando distancias, comparada con el cierre de una fábrica de escobas —desde luego imprescindible para la familia que la creó haciendo grandes esfuerzos— la desaparición de una empresa editora de libros tiene mayor resonancia en la vida del país. Una pérdida irreparable, secuela funesta de la crisis que vivimos.

Conocedor de mis preferencias literarias, Edgar Tijerino tiene buen tiempo de regalarme libros. Sabe cuáles son mis preferencias literarias. Con formidable puntería pega en el blanco. En otras ocasiones es a mí a quien corresponde señalarle los títulos. Cada quien es dueño de sus propios gustos. Desde luego habrá quienes prefieran una botella de ron, otros alguna tablet o un teléfono celular. Creo que muy pocos —dadas las circunstancias sociopolíticas y económicas que vive la mayoría de los nicaragüenses— opten por pedir o bien realizar obsequios muy caros. Con lo deprimido que están las ventas, muchas rebajas resultan tentadoras. La pérdida de empleo o el riesgo de perderlo constituyen poderosos disuasivos.

Con Tijerino teníamos un acuerdo, si uno de los dos salía fuera de Nicaragua, tenía que traer de regalo al otro una camiseta. Con el paso del tiempo los obsequios mudaron de piel. El cambio hacia los libros ocurrió cuando Edgar empezó a tomar en serio la lectura. Pasó de los thrillers y bestseller a empinarse a los consagrados del boom y a otros autores. Mi padre le había advertido que para ser un buen escritor antes tenía que ser un gran lector. Tomó el consejo al pie de la letra. Otro que colma mis antojos es Julio Francisco Báez, me regala libros a lo largo del año. Kiko satisface mi propensión por las novelas, cuentos y textos de sociología. Tijerino y Kiko leen como posesos, disfrutan de la fiesta inigualable de la lectura.

Desde que Nelly Ramírez Moncada se instaló en Ciudad México —adonde se vio obligada a migrar ante los bajos salarios que le ofrecían en Nicaragua bajo el pretexto de estar sobre calificada— se convirtió en mi más grande proveedora de lecturas. Me llama desde México para decirme qué libros quiero o bien ella me sugiere —instalada en las librerías Gandhi o El Parnaso— algunas de las novedades colocadas en las estanterías. Un verdadero festín. Tiene la paciencia de tomarles fotografías para mostrármelos a través de whatsapp. Siento regocijo al ver los libros impresos, me abren el apetito. Títulos y portadas resultan apetecibles. Dada su consistencia académica una pérdida para Nicaragua y una ganancia neta para mí.

Entre los autores objeto de culto deberían estar en primera fila los escritores nicaragüenses. Los nuestros, diría Luis Harss. Soy admirador de la Editorial Amerrisque y de Anamá Editores. Melvin Wallace y Salvadora Navas —afrontando toda adversidad— se lanzaron a la aventura de promover la publicación de escritores nacionales. Una tradición dentro de la que se inscribe Hispamer. En la medida que la librería fue creciendo, Jesús de Santiago abrió espacio a la promoción de una diversidad de autores nacionales. Una valiosa iniciativa Comprometen su peculio en la edición de autores nicaragüenses. El más persistente, Ernesto Fernández Hollman. Elogio la decisión de convertirse en abanderados de una noble empresa.

Leer con fruición a jóvenes narradores y ensayistas que acrecientan nuestro acervo creativo. Meterse de cabeza a escudriñar las páginas de Conflicto político e ideología en Nicaragua 1821-1933, de Abelardo Baldizón, editado por 400 Elefantes; La mecánica del espíritu del joven William Grigsby Vado (Anamá, 2015); La noche de todos los gatos de Danny Yaoska Osorio (Libro para niños, 2015); la antología Flores de la trinchera-Muestra de narrativa nicaragüense (Editorial Soma, 2012); Los jóvenes no pueden volver a casa, de Mario Martz (Anamá, 2017); y Un mundo maravilloso de Roberto Carlos Pérez (Casasola, 2017). Escritores que revitalizan con su canto la cultura nicaragüense, formidable relevo en la tierra de nuestro panida Rubén Darío.

Hay que abrir espacio a la nueva camada de ensayistas, poetas, novelistas y cuentistas. Otorgarles el mismo trato preferencial que reciben en los anaqueles de Hispamer, Literato, Amerrisque y Anamá. Estimular su lectura en universidades, institutos y colegios de secundaria. Muchos están a la altura de sus pares latinoamericanos. El impulso brindado por el Centro Nicaragüense de Escritores, un aliento necesario y una bocanada de aire fresco que sería oportuno replicar. Los libreros deberían instituir premios anuales con jurados integrados por escritores de prestigio en el ámbito hispanoamericano; reconocimientos donde se consagre a los más destacados, para acercar más aun los lectores a los escritores nicaragüenses.

Para las navidades de 2018 regalé a mis amigos una copia de mi último libro, Fragmentos de la memoria, (Hispamer, septiembre 2018). Si partiera de la tesis de mi entrañable Gregorio Selser, el gran publicista de la gesta del general Sandino con dos obras capitales: Sandino, general de hombres libres, Buenos Aires, 1955; y El pequeño ejército loco, Buenos Aires,1958, (título que tomó prestado de la poetisa chilena y universal Gabriela Mistral), mi actitud debería ser otra. Don Gregorio creía que nunca deberíamos regalar nuestros libros a los amigos. Los primeros que deben comprarlos —remató— deberían ser ellos. Cuanta razón asistía a don Gregorio. Todavía no asumo su consejo. Cuando la edición es mía termino regalándolos.

Espero que se animen a comentar Fragmentos de la memoria. Es lo mínimo que podrían hacer para retribuir el gesto. Con esta decisión para mí sobra y basta. No comprendo porque no se atreven a meterle el diente y decirme de qué sabor les supo. Sería de lo más gratificante. Ojalá esta vez den el paso y me sorprendan. Debo confesar que a muchos de mis amigos tengo años de estar regalándoselos y continúo a la espera de alguna reseña. ¿Por cuánto tiempo más? ¿Será que me los piden con la intención de guardarlos en sus bibliotecas? Una de mis pocas amistades que cumple con el ritual es el profesor Fernando Vallejos. Un lector obcecado. Libro que le regalo libro que comenta en los medios. El hombre lee. Lo cual en verdad agradezco.

La fiesta de la lectura es tan glamurosa como las parrandas rociadas de vinos, ron, cervezas y cigarrillos. Con empecinamiento me he dedicado a catequizar a mis alumnos con esta prédica. A los más destacados les regaló uno o dos libros. Una forma de generarles un gran hábito. Con esa minoría que he reclutado me siento más que contento. Aspiro a que ellos sean mejores promotores de la lectura que yo. Continuaré insistiendo en la importancia de obsequiar libros. Jesús de Santiago me confesó hace poco que los jóvenes están leyendo. Una buena noticia en este mar de desgracias. Aunque no sean lectores empedernidos. Más vale eso que nada. Leer es uno de los vicios más placenteros. Regalen libros, ¡por favor!

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