Opinión

Retrato de un Cervantes con masacre al fondo

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Había un cierto aire de funeral en el ambiente, en los rostros serios de una concurrida presencia nicaragüense...



Alcalá de Henares. 23 de abril de 2018.

La vida se convierte a veces en ondas que se entrecruzan. Hoy asistimos a uno de esos puntos de cruce, entre Alcalá de Henares, en España y Managua, en Nicaragua. Cuando esta mañana, que tendría que haber sido más azul según las predicciones climatológicas, Sergio Ramírez entró en el paraninfo de la universidad, que está en la ciudad cuna de Cervantes, hacía 59 años que le nació la conciencia ciudadana y política en la masacre de León contra sus compañeros estudiantes universitarios. Ocurrió el 23 de julio de 1959. Entonces era la Guardia de Somoza la que disparaba. Hoy, con el sonido de las balas todavía resonando en las pantallas de los teléfonos puestos en sordina, son las turbas y policía de Daniel Ortega y Aminta Granera la que dispara a matar. Y aquí se escuchan, sin océano ni noche que pueda acallarlos.

Esa historia de un país tan amante de la celebración de la vida, y que no acaba de encontrarse fuera de la muerte, se han entrecruzado siempre en la trayectoria vital y literaria de este hombre de Masatepe que siempre ha reconocido que escribe “con las ventanas abiertas”.

Y será por eso mismo que hoy, que era un día tan solemne en el que no sólo se honraba a un escritor sino a la literatura de un país y de una región, había un cierto aire de funeral en el ambiente, en los rostros serios de una concurrida presencia nicaragüense, la mayoría familiares y amigos. También asistió el embajador de Nicaragua, Carlos Midence junto a otros embajadores latinoamericanos.

Y cuando subió a la cátedra mudéjar del paraninfo, el flamante premio Cervantes comenzó diciendo, fuera de protocolo:

“Permítanme dedicar este premio a la memoria de los nicaragüenses que en los últimos días han sido asesinados en las calles por reclamar justicia y democracia, y a los miles de jóvenes que siguen luchando sin más armas que sus ideales porque Nicaragua vuelva a ser República.”

Felipe VI: “Toda España tiene a Nicaragua en el corazón”

El preámbulo fue acogido por una cerrada ovación que resonó en estos muros silenciosos, solemnes. Avanzando más el discurso de recepción, Sergio diría que el escritor que cierras los ojos y baja la persiana traiciona el oficio. El rey Felipe VI, por su parte, destacaría de Sergio en el discurso que “no ha vuelto a vivir ni escribir en otra parte que no sea su Nicaragua” y, abrazando el recuerdo de las víctimas, el rey Felipe añadió que “en estas horas difíciles, toda España tiene a Nicaragua en el corazón”.

Como era de prever, si se ha seguido mínimamente la obra de Sergio, las convulsiones de Nicaragua y Centroamérica se entrecruzan siempre en su oficio de escritor. No en vano, ha advertido muchas veces que él sería incapaz de escribir escena amorosa de alcoba ambientada en su país, sin que de pronto entre una bala perdida por la venta y pase rozando a los amantes. Es difícil vivir y escribir de otra manera si uno ha nacido en un país que celebra la vida con intensidad y que se “arrecha” con la misma intensidad.

El premio Cervantes se celebró antes, un día antes, en el centro de Madrid junto a cientos de nicas que se manifestaron en apoyo de los jóvenes de Nicaragua que se enfrentan a la violencia gubernamental. A ellos se les unieron Sergio Ramírez y Gioconda Belli, una imagen que hoy fue portada del diario El País.

Esta vez no se trataba de balas perdidas, sino de, nuevamente, una masacre, mucho más numerosa que la de León de 1959. Decenas de muchachos, poco antes de que se celebrase el premio Cervantes habían caído. Y por ello el autor tocó la solapa del protocolario chaqué con un lazo negro.

Cuando el rey Felipe abrió la sesión, fue el ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo quien glosó la vida y obra de Sergio Ramírez. Fue un discurso simpática repleto de anécdotas recogidas de la vida de Ramírez, como las de aquella vez en que su propia esposa, Tulita, tuvo que pedir una cita en el despacho de la vicepresidencia para tratar asuntos domésticos en los años vertiginosos de la revolución. El ministro negó que Sergio hubiese vivido dos vidas, como se suele comentar: la de escritor y la de política. “Ha sido siempre un escritor”, y recordó la letra de José Alfredo Jiménez para ponerle música al momento en que Sergio abandonó la política por la literatura. Esa letra que, según el ministro, podría haberle cantado la política:

Ojalá que te vaya bonito 
Ojalá que se acaben tus penas
Que te digan que yo ya no existo
Y conozcas personas más buenas.

Posteriormente, el director general de Industrias Culturales y del Libro dio lectura del acta de concesión del premio Cervantes. Acto seguido, se le invitó al galardonado a subir a la tribuna de oradores de este paraninfo que empezó a construirse cien años antes de la muerte de Cervantes, que se celebra cada 23 de abril junto a la de Shakespeare (aunque haya variaciones de calendario). Sergio subió con decisión y parsimonia a la vez dos tandas de gradas de madera que crujían a cada paso. “Es un hombre reposado de actividad vertiginosa”, recordó el rey, quien además elogió su actitud atenta a lo que ocurre en otras latitudes, “como aquella vez que le vimos adentrarse en las calles de Haití, poco antes del desolador terremoto, y profundizar en las consecuencias de la violencia y la desigualdad, como uno de los  narradores de la serie de Testigos del Olvido”.

En su discurso, Sergio desgranó sus influencias. La primera: la de haber nacido en una tierra donde la gente acostumbra a llamarse entre sí “poeta”, de acera a acera, aunque estén lejos de ese oficio. Todo ello, gracias a la influencia de Darío, a quien Sergio destacó como gran lector de Cervantes y forjador con la palabra de una patria entera, además de agitador de la lengua de todos en ese gran territorio de La Mancha, al decir de Carlos Fuentes. Hubo un instante en que el premio no parecía estar recibiéndolo Sergio Ramírez, sino el propio Darío.

La memoria del oído es la fuente primera de la literatura. Y el autor masatepino recordó a su mamá, Luisa Mercado, que le enseñó los clásicos españoles que siempre recuerda. Y cómo no, también rememoró su familia paterna, una pléyade de músicos de orquesta que vivieron el humor como el propio Cervantes en el Quijote.

Un momento muy emotivo fue cuando Sergio reconoció la labor de Tulita, siempre a su lado. De los dos, dijo, “ella es mejor novelista, porque pudo inventar el tiempo para que yo escribiera”. Y además del resto de su familia, también agradeció la ayuda prestada por su agente literaria, Antonia Kerrigan, “la mejor agente del mundo”, y su editora Pilar Reyes, también “la mejor del mundo”, y a Juan Cruz (“Juan de Juanes”) que le acompañó en el camino de vuelta a la literatura.

Sergio Ramírez estuvo aquí mismo, sentado entre el público, cuando en 1988 era su mentor, Carlos Fuentes, quien lo recibía. Ese día, Fuentes publicó un artículo muy elogioso sobre la novela Castigo Divino que fue un gran espaldarazo a la obra del nicaragüense. No faltó también el reconocimiento al autor mexicano ya fallecido, pero cuya viuda, Silvia Lemos estaba presente, junto a la brasileña Nélida Piñón y un servidor que tuvo el honor, mezclado con solemnidad y tristeza de vivir desde allí este momento histórico que tenía ser dulce y alguien se encargó de poner violento. La memoria de los muchachos que cayeron y el honor de la lengua y la cultura se unieron para la historia de Nicaragua. Todo lo demás, acabará cayendo.

@sancho_mas
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