Opinión

Revolución o reformas electorales

La política orteguista, en un país escandalosamente atrasado como el nuestro, es expresión de enormes intereses parasitarios



Entre reformas electorales y revolución no hay contradicción, vistas ambas desde la óptica revolucionaria; pero, si la hay desde la óptica reformista, por sus limitaciones programáticas y metodológicas. Por sus formas apocadas de lucha. Sobre todo, porque el reformismo coincide con intereses sociales que temen el cambio profundo de la sociedad orteguista en sentido progresista (porque esos sectores nacionales se enriquecen y prosperan en el atraso, con orteguismo o sin él, y se oponen a muerte a un nuevo orden que con firmeza libere de trabas el desarrollo de las fuerzas productivas). En consecuencia, hacen cuanto pueden para evitar que los trabajadores se incorporen a la transformación de la sociedad con sus propios métodos de lucha, organizados de manera independiente.

Reformas como medio, no como fin

Desde la óptica revolucionaria las reformas son un medio, no un fin. Son legítimas si constituyen un estímulo para la lucha organizada, aunque sea por reivindicaciones inmediatas y parciales, si es que la conciencia de los trabajadores aún no encuentra ni las formas de movilización ni las consignas de lucha directa por el poder. El trabajo revolucionario, al lado de los trabajadores, consiste en ayudar a que las masas, a partir de su conciencia reivindicativa, adquieran conciencia política en torno a la lucha por el poder contra la dictadura orteguista.

La política orteguista, en un país escandalosamente atrasado como el nuestro, es expresión de enormes intereses parasitarios que, en esencia, para su enriquecimiento expoliador, requieren impunidad y omertá.

Por consiguiente, la lucha contra el orteguismo es una lucha compleja contra el atraso múltiple, político, económico, cultural, jurídico, en una sociedad donde el 80 % de la PEA sobrevive precariamente en el trabajo informal, atomizado por la incertidumbre de una subsistencia diaria, individual, azarosa e improvisada. Aquí, se acerca una depresión económica después que, durante décadas, en permanente alerta roja, se ha estacionado un huracán de categoría cinco, devastador para la sociedad.

El reformismo conduce a un entendimiento con Ortega

El reformismo (enquistado en la UNAB y en la Alianza Cívica) divulga la idea que la única salida es pacífica, negociada, y por vía electoral. Su estrategia, en consecuencia, consiste en las reformas electorales que logren acordar …con Ortega.

Estas organizaciones preparan candidatos aceptables para los poderes fácticos, para que la participación del pueblo se reduzca a votar por ellos.

Candidatos que una vez electos tomarán decisiones en nombre del pueblo, mientras la dictadura permanece intacta. De esta forma, el reformismo actual es una variante más avanzada del cogobierno del modelo COSEP, es decir, del entendimiento entre oligarquía y orteguismo. Esta vez, sin embargo, la oligarquía tendría presencia también, conforme a los resultados electorales que consigan los reformistas, en el poder ejecutivo y en el legislativo, mejorando así, a su favor, el modelo COSEP precedente. La rebelión de abril, como los montes que se estremecen con gran estruendo, habría parido… un ratón.

¿Confianza en el sistema electoral?

Para la Alianza Cívica, según su comunicado del 29 de agosto, titulado nuestra propuesta de reformas para restablecer confianza en el sistema electoral, las reformas electorales (que consisten en reformas a la ley electoral y a la Constitución) tienen como objetivo –lo dice abiertamente la Alianza- restablecer la confianza en el sistema electoral. Y para garantizar dicha confianza en el sistema electoral, afirma la Alianza, es necesario crear consenso de todos los sectores, para llevar dicho consenso a la mesa de negociación con Ortega.

Es decir, la confianza en el sistema electoral depende, en última instancia, de lo que convenga Ortega, si es que decide negociar. El consenso decisivo que se busca es con la estrategia de Ortega. Y si Ortega no negocia, o si negocia y no acepta esas reformas, ¿qué ocurre con la confianza en el sistema electoral? ¿Qué pasa, entonces, con la estrategia electoral de la Alianza?

Rebelión antisistema

La Alianza piensa que la abstención electoral se debe a que el pueblo no confía en el sistema electoral, y no a un rechazo instintivo a la clase política tradicional (de la cual, la Alianza, por sus métodos, es parte), y al sistema político en su conjunto. La rebelión de abril fue una explosión antisistema, que cautivó a la sociedad por su contenido antisistema espontáneo. La consigna que coreaban 600 mil personas en las calles era que se acabara el orteguismo, para refundar la república.

La conciencia política del pueblo está mucho más adelantada que la idea reformista. La Alianza se propone, estratégicamente, restablecer la confianza del pueblo en uno de los poderes del Estado absolutista, bajo la dictadura orteguista. O, peor aún, se propone restablecer esa confianza en consenso con la dictadura orteguista (como ya lo hizo al negociar los protocolos, según los cuales, cada ejercicio de nuestros derechos constitucionales se debía someter a la aprobación o menos de parte de las instituciones orteguistas).

Una organización combativa, en cambio, intentaría que las masas desarrollen su conciencia política, es decir, que confíen en su propia capacidad de lucha, y confíen en dicha organización para luchar coherente y centralizadamente contra Ortega.

El editorial de La Prensa sobre las reformas electorales

El editorial de la Prensa del 3 de septiembre, titulado elecciones pueden sacar dictaduras, dice: Se necesitan reformas electorales para celebrar elecciones libres y transparentes, que permitan resolver la crisis sociopolítica y abrir el camino a la restauración de la democracia y el Estado de derecho.

Para el pensamiento mecanicista, las reformas electorales conducen a elecciones libres, que conducen a resolver la crisis, lo que abre el camino para restaurar la democracia. Sencillo, ¿no? No es necesario luchar. Es un efecto dominó que se activa con un pinche capirotazo del dedo índice sobre la pieza inicial, las reformas electorales, y una vez echada a andar la secuencia culmina con la restauración de la democracia.

Pero, ¿es posible que pese a las reformas las elecciones no sean libres, y que, aunque fuesen libres, no resuelvan la crisis, y que, aunque resolvieran la crisis, no se restaure la democracia? ¡Por supuesto! Porque las conquistas políticas no ocurren espontáneamente, sin luchas.

De modo, que conviene centrarse en qué haría posible desmantelar al orteguismo, que no pasa, necesariamente, por las reformas electorales o por el resto de supuestos previstos en el editorial. El pensamiento mecanicista no suele entretenerse en las contradicciones de la vida real, que son las que se resuelven mediante la lucha.

Por ello, la estrategia debe apuntar, simplemente, a fortalecer la lucha que haga posible salir de la dictadura, no a tirar una moneda al aire, o a escoger a voluntad la forma de lucha que más guste.

Cada dictadura trae en sí su colapso y superación

Hay que reconocer –dice el editorial- que la experiencia histórica nacional e internacional ha demostrado que sí es posible salir de una dictadura por la vía electoral.

Nuevamente, generaliza, y hace a un lado las contradicciones de la realidad, sobre lo cual es indispensable razonar metódicamente para extraer enseñanzas, y para no tirar conclusiones antojadizas. En todo proceso social, se debe observar la tendencia de desarrollo, es decir, se debe proceder con un análisis probabilístico del cambio de la correlación de fuerzas para conjeturar sobre los cambios políticos posibles.

Hay dictaduras que se forman con el objetivo de contener el flujo combativo de las masas en un ciclo depresivo de la economía. Y que tienden a extinguirse cuando la economía se recupera y avanza a un ciclo expansivo. Hay dictaduras que resultan de una guerra civil, y que implosionan cuando las nuevas generaciones han olvidado las consignas de la guerra. Hay dictaduras, al límite del colapso, cercadas por la guerra (que no pueden vencer), y que sin apoyo logístico externo ceden, y se juegan el poder formal en una contienda electoral. Y hay dictaduras que espontáneamente surgen del atraso. Y que renacen continuamente como búsqueda oportunista de privilegios por la vía del saqueo. Dictaduras, de carácter mafioso, dispuestas al genocidio.

¿De qué dictadura es posible salir por la vía electoral? En lugar de generalizar sobre la experiencia histórica, habrá que describir el proceso interno por el que pasan las sociedades que hacen posible salir de la dictadura por vía electoral. Y ver si esas condiciones existen aquí, ahora.

Concluye el editorial: si nadie en la oposición quiere la violencia armada para salir de la dictadura, ¿por qué negarse a ir por la vía electoral, aunque las condiciones no sean las perfectas?

Porque nadie sensato razona de esa forma. Una victoria fraudulenta de Ortega, luego que la oposición llame a votar en un proceso electoral viciado (que el editorial prefiere llamar eufemísticamente: aunque las condiciones no sean perfectas) sería desastroso para el país, aunque podría darle réditos a la Alianza. El punto no es si alguien quiere o menos la violencia armada. No es una cuestión de gustos. Las decisiones se adoptan estratégicamente para derrotar la estrategia de Ortega. El debate es sobre estrategia, no sobre lo que gusta o menos, como si se tratara de degustar un platillo.

*El autor es ingeniero eléctrico.