Opinión

Revolución protocolaria

La superación del régimen dictatorial no es posible por medio de acuerdos protocolarios con la dictadura



La crisis de gobernabilidad que estuvo latente por diez años, incubándose en la dictadura como un insecto que experimentaba mutaciones progresivas a medida que Ortega construía su régimen abusivo, eclosionó de forma terrible con la masacre de abril, convertida ahora en crisis social múltiple, que demanda conscientemente, más que en abril, cuando se pedía con furia la renuncia inmediata de Ortega, un cambio político radical urgente. Porque, por inercia, es decir, si no se logra una solución racional, una solución revolucionaria de la contradicción política, que se ha vuelto excluyente, la crisis avanza como una riada hacia el colapso del país, con una alta probabilidad de degenerar a la nación en una sociedad fallida.

Por lo menos, del lado de las fuerzas progresistas, o sea, de parte de quienes se proponen conquistas democráticas, la lucha merece un debate ideológico y político sobre las líneas de acción que conscientemente se correspondan con una estrategia combativa de masas, que prevalezca sobre la estrategia opresiva orteguista. Este debate, las fuerzas políticas tradicionales intentan evitarlo, primero, porque no se corresponde con la forma rutinaria, burocrática, que permite a ellos hacer política como si fuesen líderes de la nación; segundo, porque para lograr una unidad vacía, una unidad de cúpulas, sin la acción de las masas, necesitan hacer a un lado el análisis ideológico de la realidad en trasformación.

No es el momento de las ideologías, dicen perentoriamente, como si las ideologías, en lugar de una forma coherente de analizar la realidad y el cambio, fuesen una forma irracional de fanatismo caprichoso.

Los análisis estratégicos no son necesarios para la unidad de las cúpulas, que logran articularse en momentos precisos por instinto de cúpulas, y que se separan en otros momentos precisos, también por instinto. Pero, sí son necesarios para las luchas de las masas. La ignorancia política, la falta de conciencia del pueblo, siempre ha sido un recurso de dominación de los intereses retrógrados.

La estrategia estéril de los protocolos

Por ahora, luego de la represión criminal del aparato policial orteguista, la lucha de masas ha hecho un compás de espera, mientras la crisis, que se agrava diariamente, incorpora otros agentes sociales a los próximos combates colectivos por un cambio de régimen.

Durante este compás, que aunque transitorio constituye una derrota coyuntural trágica para las masas aplastadas por la represión (por lo cual, como diría Esquilo respecto a Susa y Ecbatana, se ve ahora a nuestras ciudades cubiertas por un duelo tenebroso), las cúpulas han pasado al frente con sus intereses burocráticos, orientándose a una negociación con Ortega no para abrirle capacidad de movilización a las masas, o para avanzar democráticamente por vías de hecho con un cambio en la correlación de fuerzas, sino, al contrario, para encapsular los cambios formalmente, para empaquetarlos dentro de protocolos consensuados con Ortega, supeditados, en ese acuerdo, al orden jurídico dictatorial.

Hay quien piensa que la revolución es una opción voluntaria, como tomar el postre después de almuerzo, y no una necesidad histórica, objetivamente impostergable porque el país se ha vuelto ingobernable.

Y escoge, a su gusto, que la sociedad en crisis no experimente más que una reforma, o una transformación superficial. Es decir, hay quien aboga por una cirugía estética menor. Por una nariz un poco más respingada para una sociedad confrontada, que se ve perseguida y ultrajada salvajemente por un régimen parasitario, que con amenazas represivas se resiste a morir, como el enfermo terminal que dándole bastonazos al doctor se ilude de ahuyentar los estragos finales de su enfermedad.

Un protocolo es un conjunto de reglas, de procedimientos, de mecanismos de actuación en una secuencia prestablecida. Por ejemplo, hay protocolos para cambiar un cheque en el banco, para entrar a un cuarto de hospital de cuidados intensivos, para comunicar datos entre computadoras, para hacer una tesis universitaria, para implementar un acuerdo, o para seguir una secuencia de control de instrumentos antes que un avión levante vuelo, etc.

De modo, que una revolución-protocolaria es la quintaesencia del burocratismo. De un cambio por arriba, por consenso entre las partes en contradicción.

En síntesis, la superación del régimen dictatorial no es posible por medio de acuerdos protocolarios con la dictadura. Por el contrario, la transformación de la sociedad, es decir, la calidad del cambio político, depende de la forma combativa en que se derrote al régimen dictatorial. La correlación de fuerzas entre los sectores sociales, al final de la lucha, es determinante para las conquistas sociales que se puedan adelantar con la transformación de la sociedad.

Liderazgos, protocolos, garantes

El problema con la Alianza Cívica no es sólo que en ella prevalezcan los intereses de los empresarios, sino, que consiste en el burocratismo que busca evitar que la participación política independiente de las masas genere un cambio fuera de control.

Tomaremos de base las declaraciones de la delegada de la Alianza Cívica, Azahálea Solís, en el programa Esta Noche, del miércoles 3 de julio pasado. Que, por lógica, no debería ser una posición individual de la señora Solís, ya que introduciría anarquía y confusión política, sino, que debe ser, por fuerza, la posición oficial de la Alianza.

Para Solís la línea de acción de los líderes de la Alianza es hacer protocolos y más protocolos. Dice Solís:

  • Hay que establecer un protocolo para dar garantías a los exiliados que quieran volver.
  • También hay que crear varios protocolos más para operativizar y exigir que se cumpla el resto de acuerdos alcanzados en la Mesa de Negociación con el Gobierno.
  • Tiene que existir un protocolo para restablecer la personería jurídica -y los bienes- de las organizaciones no gubernamentales que fueron ilegalizadas y confiscadas.
  • Debieron haber aprobado un protocolo para subsanar esas decisiones delictivas,

Y para Solís se requieren tantos garantes como protocolos. Dice Solís:

  • Para lograr el desarme de los paramilitares, habría que tener garantes especializados en ese tema.
  • Para que se cumpla el acuerdo de medios de comunicación, un garante muy bueno podría ser la propia SIP.
  • En materia de la libertad de asociación, el garante tendría que ser alguien relacionado con muy diversos temas que están ahí comprendidos.

En lugar de consignas de lucha de los ciudadanos, y de un programa de transformaciones estructurales para refundar la nación, la fórmula del cambio de la Alianza es que los líderes (es decir, los miembros de la Alianza) negocien con Ortega protocolos y garantes, dentro del orden orteguista.

Dice la señora Solís: los presos políticos son una fuerza política, en razón de la enorme ética y moral que mostraron durante todos los meses que estuvieron presos. Salieron muy fortalecidos.

La fuerza política no se fundamenta en la ética o en la moral. Y resistir en la prisión los vejámenes y la tortura no es, tampoco, una postura ética o moral. Es una actitud combativa consecuente, una muestra de valentía personal. Pero, la estadía en la cárcel no da capacidad política.

Lo que le da sentido al coraje humano, a la moral de combate, a la ética misma, es la línea política concreta que se adelanta en cada circunstancia. La línea política que se adelanta adquiere fortaleza política en la medida que logra convertirse en un fuerte movimiento de masas, no por la valentía personal.

Es la línea política, por cierto, la que hace que la lucha sea ética, es decir, que coincida con los intereses de la nación.

Lo fundamental, en consecuencia, para obtener una fuerza coherente, es definir la línea política de masas por medio de análisis estratégicos de la situación política, sobre una base metodológica, es decir, teórica.

La unidad como abstracción

La señora Solís desarrolla aún más su visión burocrática:

El clamor unánime de estos hombres y mujeres (excarcelados) que predican la imperiosa necesidad de unirse en torno al objetivo común de acabar con la dictadura, de forma pacífica, y lo más rápido posible.

Acabar con la dictadura no es el objetivo estratégico de la nación. El sandinismo tenía como objetivo acabar con el somocismo, y luego, el mismo día que cayó Somoza, comenzó a construir un régimen burocrático independiente de la sociedad, que destruyó al país. El objetivo nacional es refundar la nación, con un desarrollo de las fuerzas productivas, y con una mejor distribución de la riqueza. No por obra de supuestos líderes, sino, por la movilización directa de los ciudadanos.

Insiste la señora Solís: Las mujeres y hombres con quienes hemos hablado… han reclamado unidad, y están dispuestos a trabajar por ella.

Nadie trabaja por la unidad en abstracto o en torno a un ideal. El instrumento político de unidad de las masas es un programa político de combate coincidente con un programa de cambios estructurales de la sociedad. El problema político real es gestar un movimiento de masas organizado. La tarea de los políticos no es unirse, liberándose de las respectivas ideologías, sino, encabezar las próximas luchas de las masas. Es gestar un partido de masas, con líneas de acción tomadas de la contradicción de la realidad.

El autor es ingeniero eléctrico.