Opinion

Rugidos de la intolerancia

El nuevo mensaje es que el espacio para el debate se ha cerrado, que ha llegado el tiempo de la ortodoxia

El pasado 1º de diciembre volvió a resonar en una universidad nicaragüense el eco de la intolerancia, proferida en 1936 por un militar y jerarca del fascismo español en contra de Miguel de Unamuno: ¡Muera la inteligencia, viva la muerte! Casi 80 años después los militares volvieron a demostrar la reñida relación entre la Academia (con mayúscula) y la botas, o lo que es lo mismo, entre la razón y la fuerza, la libertad de pensamiento frente a la intolerancia.

Lamentablemente no era la primera que ocurría. Antes la intolerancia se había ensañado contra Gabriel Álvarez en la UNAN León y contra Salvador Montenegro en el CIRA-UNAN Managua. La sinrazón: no eran académicos adeptos al régimen de Ortega. Pero si en aquellos casos se recurrió a patrañas y subterfugios para expulsar a los profesores, en este último episodio los militares fueron aún más toscos. Incapaces de inventar comportamientos anti éticos o malos desempeños, se sacaron de las polainas el peor de los argumentos para una Academia: expulsar del claustro el pensamiento no afín con la doctrina política del gobierno central.

Históricamente la pluralidad y la libertad de cátedra han sido los cimientos sobre los que se han asentado las universidades, por su naturaleza de comunidad de profesores e investigadores que trabajan con el conocimiento. Gracias a esta diversidad de pensamiento la universidad ha sido escenario de grandes debates que han ampliado los horizontes de la ciencia y de la convivencia humana. Además, han surgido escuelas y corrientes de pensamiento que han debatido y siguen debatiendo los problemas que aquejan a la humanidad, más aun los que tienen que ver con la gestión del poder.

Un ejemplo de ello ha sido el debate inconcluso que se libra en América Latina sobre el mejor régimen político para la democracia, entre académicos a favor del parlamentarismo y otros que respaldan el presidencialismo. Los ríos de tinta que siguen corriendo en pro de uno u otro en muchos casos han surgido dentro de los claustros de una misma universidad, sin que esto haya llevado a la expulsión de profesores y catedráticos. Antes bien, estas divergencias han favorecido el prestigio de los centros académicos.

En cambio en Nicaragua se ha optado por lo contrario, por la depuración del pensamiento “no afín”, un argumento que encierra, en palabras de Berlín, “el suicido intelectual empujado por la intolerancia”. Con semejante aviso al resto de personal de la UAM el coronel ha lanzado el mensaje de que el espacio para el debate se ha cerrado, que ha llegado el tiempo de la ortodoxia. Bajo este nuevo signo, las preguntas y las hipótesis, tan propias de la Academia, sólo tendrán “una sola y verdadera respuesta” (nuevamente Berlín) en la ruta segura hacia el dogma oficiado desde el mando supremo de El Carmen.

En tales condiciones, lo que hace dos años fue escenario del VI Congreso Centroamericano de Ciencia Política, no es exagerado suponer que pasará a convertirse en un santuario más del pensamiento único como ha ocurrido con otros centros de educación superior, en los que se enarbolan con falso orgullo el fanatismo y la intolerancia frente a la amenazas de las diferencias.

Ante esta “nueva victoria” contra la autonomía y la libertad, a quienes creemos en la Academia como espacio de debate para nutrir el conocimiento, siempre nos quedará la respuesta del Rector Unamuno ante el eructo del militar en aquel otoño salmantino: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis”.

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