Opinión

Sacrilegio nacional

Ataque a obispos en Diriamba

Un hecho aborrecible, perpetrado por los abominables sostenes idiotizados de un régimen que se desmorona entre apóstata e infiel.



Lo que hemos visto y oído a partir de este lunes nueve de julio, es el sumo de la vileza y la ruindad. El verdadero pueblo cree imposible que pueda haber mayor canallada de los tiranos, que la emboscada contra la paz y el amor que, valiéndose de una masa alienada, le tendieron en Carazo a obispos y prelados, acompañada de empellones, insultos, arañazos, destrucción de templos, e infligiéndoles heridas y moretones a los pastores que iban para lograr salvar de una mayor carnicería ortega-murillista a sus ovejas.

Toda Nicaragua fue testigo de aquella ignominia. Toda esta Nicaragua puede dar testimonio de aquel hecho aborrecible, perpetrado por los abominables sostenes idiotizados de un régimen que se desmorona entre apóstata e infiel. Esto último por su falta de fidelidad o carencia de la fe católica de la que hace gala la tirana, en fin, por su deslealtad,  trasmitida desde su desalma, a toda expresión de un cristianismo verdadero. El calificativo de apóstata lo tienen bien merecido, porque a pesar de sus palabras, con sus hechos niegan la fe de Jesucristo recibida en el bautismo, y claro está, que por sus hechos los estamos conociendo y los hemos conocido.

Otro hecho gravísimo es que la pareja se ha hecho merecedora de la excomunión. Ya no están en común unión con los fieles, sino con los infieles que son, como se vio en Carazo y se sigue viendo, a su imagen y semejanza, en todo el país. Son los mercaderes del templo. Los adoradores del becerro de oro que es el poder perpetuo. Son lo que sus hechos y los de quienes los siguen, confirman que son: sacrílegos. Profanadores del amor y sus representantes en la tierra. Han lesionado y profanado templos vivos de Dios, y templos de oración sagrados. Han cometido un sacrilegio nacional.

Escuelas de cuadros para cobardes

En las cuevas de vampiros de El Carmen, funcionan las escuelas de cuadros para cobardes. Ya se sabe: encapuchados, parapoliciales, para militares, para matar inocentes y la dignidad de Nicaragua. Ahí, donde pernoctan los tiranos, nacen, colgados de la alcoba principal, los nuevos come curas. Colgado de un programa de televisión, un miserable dragador de sangre, cero patriotismo, vocifera un chiste de mal gusto sobre su esposa, para llamar llorón a un ejemplar sacerdote que lamenta con lágrimas aquella cobardía y codicia.

La juventud orteguista envejece y se envilece tras sus capuchas. Viejas arañas afilan sus uñas y rasguñan, con recién aprendido odio, a los sacerdotes. Las arácnidas dan empellones a quienes, si las circunstancias las desfavorecieran, no dudarían en proteger. Exudan una desconocida perversidad, incluso para ellas, y su jefa omnipotente, la araña de la muerte, desciende de un oxidado árbol de hojalata pregonando que el repentinamente anticlerical comportamiento de nuestro pueblo, es “porque somos así”. La vieja araña se equivoca. No. No somos así. Solo ellos son así. Solo ellos están contra quienes jamás seremos como ellos.

Piaras de cerdos endemoniados

Desde la antigüedad han parecido en el mundo las piaras de cerdos endemoniados. Son la consumación de maldiciones en los que fueron siniestros personajes, y cuyo castigo es la de vivir eternamente como cerdos endemoniados. Pertenecen al demonio. Aparecen mencionados en la biblia y en otros textos históricos. Se han reencarnado en el nacismo, el fascismo y el orteguismo. En estos días, en los que los tiranos aproximan su cuota de asesinados a los cuatrocientos, agreden impunemente a los prelados de la Iglesia católica, que sin otra arma que su espíritu profético y su entrega evangélica, demuestran su ejemplar opción por pobres, heridos, desaparecidos, secuestrados, prisioneros vejados y torturados.

Esta es su grey. Su rebaño de ovejas. El que los obispos apacientan y que solo por ese hecho desata el odio de los cerdos endemoniados. Esa ira, sin respuesta similar, se hizo evidente a partir de este lunes nueve de julio, cuando los pastores fueron físicamente agredidos y sus templos destruidos, por un fundamentalismo religioso que lo que pretende una vez más es que la barbarie derrote a la civilización. Un crimen de lesa humanidad. Lo que vivimos, un sacrilegio nacional inducido por los tiranos, y perpetuado por piaras de cerdos endemoniados.

Teoría del todo

Pretendo teorizar con máximas. Hace poco, la doctora Vilma Núñez dijo que en Nicaragua se ha pasado de la represión al exterminio. Estamos, pues, en la etapa del exterminio, realizándose por un ejército de ocupación. De la represión al exterminio, piensa el cobarde invasor de su nuestro país, no hay más que un paso. La cobardía es un alarde de fuerza; la fuerza de las armas. La ley del más fuerte es la injusticia. Es la ley del más fuerte sobre quien no tiene quién lo proteja ni armas para defenderse. La aparente debilidad del justo, es fuerza de dignos y honestos. La moralidad es un arma que no poseen los tiranos. Los tiranos viven aquí pero no son de aquí. Son invasores.

La dignidad es la soberanía del espíritu. El espíritu siempre ha de ser libertario. La patria del invasor es la ambición y el poder sin límites. El invasor siempre está huyendo, y quiere vengarse de la derrota que lo persigue. Cree que cuando huye persigue. Los tiranos se bañan con la sangre de los pueblos. Cobardía, represión y exterminio, son para los tiranos sinónimos de diálogo, amor y paz. La sangre derramada por el pueblo invadido, corre en nombre de los tiranos, y no deja de correr. Eso es todo.