Opinion

Sangrientas son las burlas de la Papisa y el Apóstata

El obispo y teólogo Pedro Casaldáliga y el sacerdote y poeta Ernesto Cardenal en la paz subversiva del evangelio

Son sangrientas las burlas de la Papisa y del Apóstata. Ambos se dicen cristianos, mientras en Ninguna Parte corre la sangre de los jóvenes. Esa sangre que corre y no deja de correr, es la misma Sangre de Cristo que quisieron quemar en su capilla de la Catedral, calcinando su imagen centenaria. Como si esa imagen de la Sangre de Cristo, como Cristo mismo, como su propia sangre y como los santos de Leonel Rugama, fuesen vulnerables al tiempo. Que no lo olviden. Porque esa será la imagen que los perseguirá toda su vida, a los que viven en el pozo séptico de espesas aguas negras putrefactas, y a sus sicarios. Sapos y culebras. Los sicarios que acarrean heces fecales desde ese lugar infernal para embadurnar bancas de iglesias, pisotear hostias e ir dejando el hedor –de sus intestinos y vejigas– a lo largo del camino sacrílego desde el poder hasta un Cristo que les ofrece su sangre, unos niños que mueren a fuego lento (como los santos inocentes que mandó a asesinar Herodes), y una imagen de la Divina Misericordia, atravesada a balazos, ofreciéndoles misericordia.

Ojalá tengan una larga vida perseguidos por esa Sangre de Cristo que es la sangre de todos los verdaderos cristianos de Nicaragua. La sangre de la que se lavan las manos Policía y Ejército, negando que el atentado terrorista en Catedral haya sido fraguado, como tan fraguado fue y es el silencio represivo que todavía rodea los balazos en los cuerpos de los asesinados en la propia iglesia y en la imagen de la Divina Misericordia. Aquí, en Catedral, el culpable es un atomizador de plástico. ¿En La Divina Misericordia habrán sido cachinflines las balas de alto calibre? ¿Y en el Barrio Carlos Marx, para hablar de similitudes con la Sangre de Cristo quemada deliberadamente, los cuerpos calcinados que ahí seguirán para nuestra historia patria, tomaron fuego como producto de una combustión espontánea?

Claro que hay similitudes en todo esto, para no hablar de la reciente historia de agresión contra la Iglesia católica, en templos, parroquias y catedrales, desde 2018. Lo que ha sucedido y está sucediendo, ya no es de vieja data: La profanación en esa misma Catedral en los funerales del poeta Ernesto Cardenal (20 de enero de 1925-1 de marzo de 2020), muy al lado de la Sangre de Cristo, y gran amigo del obispo y gran poeta Pedro Casaldáliga (16 de febrero de 1928), quien ahora, grave en un hospital de Brasil, pareciera encontrarse ansioso de reunirse con Ernesto y muchísimos otros seres ejemplares con tantos nombres que conoció en la Amazonía donde ha vivido los últimos cincuenta años, donde diría que han vivido y vivirán Ernesto, uno en Solentiname, y el otro, Casaldáliga, en el Amazonas (la galaxia vegetal, fluvial y lacustre de ambos), todos estos años de teología de la liberación y poesía, recitando ambos el poema de Casaldáliga:

Al final del camino me dirán:
-¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres.

Me refiero en estos dos contrasentidos de la historia, porque mientras Papisa y Apóstata queman iglesias, niños en sus casas y se regodean con el sufrimiento de los presos políticos, Pedro Casaldáliga, profeta, obispo, teólogo de la liberación, universal por ecuménico, nicaragüense por identificación y adopción, latinoamericano total y hermano de nicaragüenses, parece que agoniza, pero ello es tan solo una transición, hasta el momento en que abra el corazón lleno de nombres. Y qué diera yo para encontrarme ahí con todos mis amigos. Sentado en las bancas de la Catedral, o en cualquier parroquia no ultrajada por inmorales y saqueadores, con sacristías respetadas, sagradas y consagradas, sentado en esas bancas en las que misteriosamente de un momento a otro, se borró toda la mierda que las había ensuciado y pretendió embadurnar al país entero. Un milagro que nació de la voluntad de ser libre, para que desapareciera aquella escoria nauseabunda y fuera el nuestro un país limpio de cielo y tierra. “Así en la tierra como en el cielo” es uno de los últimos libros que escribió Cardenal. Mientras, hojeamos un viejo mensaje (02/09/08) de Pedro para Ernesto:

Querido Ernesto, hermano, maestro, compañero de camino:

Nos comunicamos poco, pero estamos en constante comunión; fraterna y pascual. No podría dejar de decirte una palabra muy sentida con ocasión de este proceso estúpido (el de la Papisa y el Apóstata) que te hacen pasar. La historia es un libro conocido cuando se trata de infidelidades y corrupción, pero es un libro de sorpresas y de esperanzas cuando se trata de ese misterioso caminar del Reino que nos reveló Jesús. ¿Quién dijo miedo, habiendo Pascua? Te deseo una profunda avenida de aquellos ríos de paz que la biblia nos promete juntamente con el cariño y la gratitud de millares, millones de hermanos y hermanas que te acompañamos.

En la paz subversiva del evangelio (de la Palestina y de Solentiname), te abrazo cariñosamente.

Pedro Casaldáliga.

Dije que estamos en dos contrasentidos de nuestra reciente historia. Uno, del odio hacia lo auténticamente cristiano, que es el de la Papisa del Apóstata. Por sus atrocidades los “conoceréis”, o mejor dicho, los “estáis” padeciendo. El otro, el del amor, y que yo llamo el del “mártir vivo”, es el que nos relata Benjamín Forcano en una entrevista a Pedro Casaldáliga:

En breves minutos, Pedro nos puso la realidad delante: la de Brasil y América Latina. Con la precisión, la urgencia y la esperanza con que él suele hacerlo. Al rato de estar con Pedro, vemos que entra un hombre ciego y que Pedro se levanta, le habla, lo recibe con inmenso cariño y lo abraza. Era el padre Francisco Cavazzutti, sacerdote italiano de la diócesis de Goiás, de la que es obispo don Tomás Balduino. Cavazzutti había denunciado las injusticias de los latifundistas y había defendido los derechos de los campesinos. Un día, al salir de celebrar misa en una de sus capillas, alguien le llamó y, al volver la cabeza, un pistolero le metió dos tiros en la cabeza. Quedó ciego para siempre.

— ¿Qué hago ahora yo, don Pedro, si no sirvo para nada?
— Usted, padre Francisco, no tiene que hacer más que estar. Usted es como un santísimo permanentemente expuesto. Un mártir vivo que nos alerta siempre”.

Ahora, Pedro está en un hospital, como “un mártir vivo que nos alerta siempre.” Un amigo me escribe, y sé que entenderá mi respuesta: “En el caso de un hombre tan santo, lo que suceda será lo mejor, sin admitir cuestionamiento alguno. Bien sabés que esas decisiones las toma quien ama. Abrazos”.

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