Confidencial

“Sara”: el valor de la risa

Me ha fascinado “Sara”, la más reciente novela de Sergio Ramírez. Y me ha fascinado su Sara. Terminé el libro queriendo a una por la que hasta ahora no había sentido ni una pizca de empatía.

Me atrevo a dar un consejo para entender mejor este libro, disfrutarlo más y apreciar en su justa medida su importancia: lean primero en el Génesis, el primer libro de la Biblia, los capítulos 12 al 23. Allí está lo que se escribió, ¿hace cuántos? ¿mil quinientos años? sobre Abraham y Sara, padre y madre del pueblo de Israel.

Esos pasajes bíblicos no les serán una lectura que digamos divertida, pero el contraste entre Biblia y novela les permitirá saborear a fondo el ejercicio de libertad y de imaginación que ha hecho el autor.

También se podrá gozar del contraste leyendo el Génesis al final. Sea al gusto de cada quien. Pero me parece casi imprescindible saber de dónde viene Sergio para saber a dónde va. Y creo que ha ido muy lejos y con pie audaz.

Cuando yo era chiquita las monjas del colegio decían que de Jesús sabíamos que había llorado dos veces –ante la tumba de Lázaro y al entrar en Jerusalén–, pero de que había reído nada se nos decía y por tanto no se había reído.

Escuchar aquello sembró en mí la primera gran duda teológica. Mucho después leí que Juan Crisóstomo, padre y doctor de la Iglesia, afirmaba rotundamente lo mismo: que Jesús nunca rió. Para entonces ya no dudaba, sólo me reí del Crisóstomo.

Leyendo la historia de Abraham y Sara, Sergio dudó, como es lógico, que Sara permaneciera todo el tiempo callada y sumisa ante los continuos peregrinajes errabundos que se les exigían a su esposo y a ella. Tenía que protestar, que reclamar. Y si en la Biblia, donde tan poco o nada hablan las mujeres, ella callaba, en la novela no pararía de hablar. Y eso es la novela: la Palabra de Sara, así con mayúsculas.

Y si en la Biblia Sara ríe una vez y por ello es amonestada por quien los obliga a vagar sin fin y con incierto destino, en la novela Sara no para de hacernos sonreír y reír. Tal vez por ese atrevimiento algunos amonestarán al autor, pues “es sabido y admitido que de las cosas de Dios nadie ose reírse”, tal cual era la obsesión del monje ciego Jorge de Burgos en “El nombre de la rosa”.

La novela está atravesada de principio a fin por el humor. Todo lo que Sara le dice a Abraham para burlarse de él o para quejarse de su sometimiento al Mago -nombre que ella le pone a la deidad que tiene entontecido a su esposo- todas sus reflexiones y rebeliones, todo lo que piensa callada detrás de la cortina, todo lo que calcula le diría al Mago si la tomara en cuenta a ella –muy machista el Mago–, todo todito contiene un sano y divertido sentido común, una de las más supremas forma del humor. Abraham no, él ni se ríe ni nos hace reír.

Abraham apenas habla. Con Sara, habla también el narrador que ha reinventado esta saga bíblica, el propio Sergio, quien entre erudiciones, descripciones y anacronismos, siempre está jugando con ingenio, ironía, sarcasmo o sátira, con tantas de las muchas formas y maneras que el humor posee. Página tras página, Sergio está haciéndole guiños al lector, buscando complicidades para que participe con él en “quitarle grasa” a un texto tan vetusto. Sara la protagonista, y Sergio el conductor de la trama, recogen en sus justos y atinados parlamentos lo que tantos hemos pensado al leer esta historia legendaria en el libro del Génesis.

La religión tradicional se reviste muchas veces del oropel de la solemnidad o de la trascendencia de un seudomisticismo aburrido. No son frecuentes las prédicas y los sermones sobre las cosas divinas que hagan reír. Son muchas las que provocan temor. El poder autoritario es fotocopia de la pompa y circunstancia con las que con tanta frecuencia se presenta la religión. Infundir miedo es una de las herramientas que el poder emplea para someter. Cuando a cualquiera de los aspectos de la religión -en este caso a la lectura literal y anquilosada de la Biblia- se le pone humor se hace un aporte precioso y fundamental.

Con gran libertad Sergio hace una relectura de un arcaico texto bíblico en clave de risa. Con una imaginación desbordante ha recreado pasajes secos y distantes, aunque importantes para la cultura judeocristiana, haciéndolos divertidos. Y por eso tal vez, sin querer queriendo, ha hecho la mejor de las teologías: hacer que la verdad ría.