Opinión

Se abre la ventana histórica en Nicaragua

Angel Saldomando Nicaragua

El país navegará entre episodios de represión y movilización con resultados inciertos. Hay un nuevo capital político que se basa en la acción colectiva



Lo que ocurre en Nicaragua puede sorprender por la intensidad y la masividad de la revuelta contra el régimen de Daniel Ortega, un régimen que recorrió aceleradamente la senda del autoritarismo y la corrupción. Sin embargo, hubo diagnósticos que anunciaron este desenlace, fueron tal vez pocos pero muy consistentes en el tiempo y en el contenido. El que no pudieran constituirse en una lectura alternativa relevante fue producto de un acomodo forzado, debido  a procesos de captura de la institucionalidad, represión y necesidad de sobrevivencia de la población.  Más de una vez la respuesta reservada a un análisis crítico era “Si te hago caso pierdo el trabajo y me harán la vida imposible” O dicho más popularmente a la nica: “Hay que navegar con bandera de pendejo”. Es decir, hacerse el tonto para sobrevivir. Mientras las rutinas del poder se mantuvieran, como siempre ocurre en estos casos más aun con las dictaduras, el día de mañana parecía ser igual al anterior e intimidaba.  La revuelta rompió todo eso,  abrió la interrogante sobre qué pasará, de qué lado estoy y ello libera todo el malestar acumulado. 

El régimen en la lógica del pasado quiere mantener el orden pero este está cuestionado así  cómo sus responsables. La magnitud de la crisis abre la posibilidad de un cambio de régimen e interroga tanto sus posibilidades como los caminos para lograrlo. Obligado por los efectos negativos de una represión inaudita, a saber: destrucción total de la imagen del régimen, aumento de la movilización y mayores exigencias de democratización y justicia; han debido aceptar un diálogo nacional para intentar aflojar la presión. De un lado el régimen y su aparato, del otro una mayoría social de campesinos, pobladores urbanos, estudiantes, iglesia, comunicadores, empresarios, mujeres. La agenda del diálogo está en preparación así como los tiempos y las formas. Sin embargo, no se puede afirmar todavía que esta instancia de mediación llegue a ponerse en práctica efectivamente. La propia iglesia por medio de su instancia mediadora, la conferencia episcopal, se ha dado un plazo de un mes luego del eventual inicio para verificar si el ejercicio es útil y si hay verdaderos resultados. Un ejercicio difícil que navegará seguramente entre episodios de represión y movilización con resultados inciertos. La situación está lejos de definirse. 

Sin embargo, pueden identificarse algunos aspectos que desde ahora son un nuevo capital político en el país y que también pueden leerse en clave de otras situaciones.

Se puede mencionar que la movilización ha generado varios aspectos significativos:

Se ha creado una dinámica de alianzas sociales inorgánicas pero no por eso menos reales y visibles con potencial para crecer y consolidarse. Esto desborda las prácticas de control centralizado y de aparato del régimen. Se ha formado una capacidad de articular nivel local y nacional como nunca vista. Lo que relaciona luchas sectoriales que por primera vez encontraron una formulación nacional. Se ha elaborado un relato, contra el discurso oficial, que se perfila como una reivindicación de modelo de país, aun si carece obviamente de precisiones.

La “gente”, antes dispersa, sin coordinación, sin poder reconocerse en una dinámica común, tiene ahora representatividad de luchas, actores en desarrollo, esbozo de un modelo de país (aunque sea solo para afirmar lo que no se quiere), bandera y un camino de crecimiento.

El desenlace de la crisis actual, en cualquiera de sus posibles escenarios de continuidad del poder o de cambio de régimen, deberá contar con este nuevo capital político. Sobre este capital se refunda la acción colectiva y se generan nuevos espacios de reivindicación y construcción de sentido. Todas estas cuestiones el poder autoritario las controló y reprimió para imponer su fachada de “pueblo presidente” de país subordinado a la hegemonía del relato que mezclaba en un delirio las imágenes omnipresentes de presidente divino, pueblo, familia, partido, sandinismo, cristianismo.

El nuevo aprendizaje político y social, así como el cruel  y revelador desengaño operado en todos los sectores, sin límites de edad, historia personal o extracción social ha escapado a la férula del régimen. 

Esto constituye su primera y quizá estratégica derrota. Este es sin duda el mayor peligro para el régimen y el que tratará de destruir, sin duda. Los tiempos del nuevo periodo histórico que se ha abierto en Nicaragua, cortos o más prolongados y sus costos son impredecibles. Pero el camino está trazado. En tiempos en que en muchos países los partidos políticos, las instituciones, han caído en el descrédito, se vuelve nuevamente vigente que la única regeneración posible se origina en la acción colectiva, en una sociedad en movimiento. En ningún lado ello garantiza un resultado pero es la única condición para refundar el debate, el disenso, la democracia, el sentido político constructivo del conflicto. 

Gobiernos de derecha o de izquierda, o lo que se quiera decir con ello, ganan elecciones pero no gobiernan democráticamente y menos aún dialogan con sus sociedades en busca del bien común. Peor aún, se inscriben en una gestión de instrumentalización institucional, de corrupción y de represión. América latina, en su mayoría, carece de los mínimos compromisos sociales para resolver este problema a bajo costo. Nicaragua vuelve a transitar esta dura senda. La ventana histórica que se abrió con la caída de la dictadura de Somoza y luego cerrado con la descomposición de las viejas elites y del aparato de orteguista, se ha nuevamente abierto. Una nueva oportunidad para el país y una lección más para la región.