Opinión

¿Se rompió el silencio?

Las sociedades para prosperar requieren voces críticas. La inexistencia de cuestionamientos por parte de medios, periodistas y organizaciones gremiales, en vez de contribuir a su desarrollo, los convierte en cómplices de los desafueros que puedan cometer políticos y empresarios en el ejercicio de sus labores...



Después de transcurridos ocho años y seis meses —el tiempo que tenía en ese momento el comandante Ortega de ocupar la presidencia— la actual dirigencia de la Unión de Periodistas de Nicaragua (UPN) rompió un largo silencio. Decisión que debemos celebrar. La organización creada en lo más duro de la lucha contra la conculcación de las libertades públicas por el somocismo (1 de marzo de 1978) se había precipitado en un vergonzoso mutismo. Silencio que dejaba en el más absoluto desamparo a su membresía. Las directivas precedentes habían renunciado a proteger a los periodistas de abusos y agresiones. El triunfo electoral del comandante Ortega produjo un cambio significativo en la actuación de algunas organizaciones gremiales. No hubo que esperar mucho para que estas fueran convocadas a reconstituir los llamados Foros de Periodistas Sandinistas (FPS). Se dijo que era una regresión y el paso del tiempo lo ha venido a confirmar. Los críticos tuvieron la razón.

El pronunciamiento de la UPN empezó a circular el pasado 10 de julio. La directiva “lamenta y censura los hechos sucedidos el pasado 8 de julio en curso, donde periodistas y reporteros gráficos fueron violentados por la Policía Nacional mientras ejercían su labor de informar, mismo que es un derecho constitucional”. Es la primera ocasión que la dirigencia de una organización simpatizante del partido en el poder, se pronuncia de manera categórica censurando la actuación policial. Su determinación adquiere relevancia si consideramos que el llamado reivindica y se hizo en nombre de todos los periodistas sin levantar banderas partidarias. Las organizaciones de periodistas habían olvidado que buena parte de su trabajo debe estar encaminado a defender la dignidad y el decoro de sus compañeros. Una de las debilidades persistentes de estas organizaciones han sido sus alineamientos políticos. Lastre difícil de erradicar. Las presiones venidas de fuera son constantes, casi imposibles de evadir.

La demanda de la UPN se inscribe dentro de lo establecido en el Artículo 66 de la Constitución Política de Nicaragua. De forma clara prescriben el derecho que tienen los nicaragüenses de disponer de una información veraz, así como también “la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones, ideas, ya sea de manera oral, por escrito, gráficamente, sin censura de ninguna clase”. A renglón seguido establecen “tanto los hombres y mujeres nicaragüenses tenemos la libertad y el derecho a ejercer nuestro ejercicio profesional sin ningún impedimento… Por lo tanto demandamos el respeto de hombres y mujeres de prensa en el ejercicio de su labor profesional”. A la vez emplazan a miembros de la sociedad civil y otras instancias, a desarrollar el diálogo, la tolerancia y la negociación con el ánimo de garantizar la convivencia y la paz. Estoy convencido, que buena parte del periodismo nacional hace suyo el contenido de este documento. Siempre hemos sido abanderados de la tolerancia. Sobre todo en Nicaragua donde es deficitaria.

¿A qué se debió que esta petición no encontrase eco en los medios nacionales? ¿Será que no circuló profusamente y solo fue colgada en la página de Facebook de la UPN? Ni siquiera los medios donde laboran los periodistas agredidos por la policía publicaron el pronunciamiento. La inflexión realizada por una institución sometida a directrices partidarias merecía mejor suerte. ¿La omisión obedece a que dudan de la sinceridad del comportamiento asumido por los directivos de la UPN? ¿Entraron en un compás de espera con el ánimo de saber si esta será norma permanente de una organización hasta hace poco rehén de los intereses del gobierno en el poder? ¿A qué otra razón atribuir la conducta de los medios? Su decisión resulta más bien alentadora. ¿Están a la espera de nuevas protestas y pronunciamientos de parte de la UPN? Sin duda se trata de una posición justa. Inesperada para una gran mayoría.

¿Considerarán tímido lo expuesto al no mencionar la agresión que fueron víctimas los periodistas de la Agencia de Prensa (AP), La Prensa y Radio Corporación? ¿Fue porque no se refirieron a los golpes recibidos por el joven Moisés Julián Castillo y Larry Sevilla de la Corporación, y la rotura de cámaras de los fotógrafos Esteban Félix AP y Jorge Torres La Prensa? La actitud de los directivos de la UPN debió recibir el beneficio de la duda. El llamado hecho a las instancias de gobierno en la antevíspera del proceso electoral resulta emblemático. La presencia de periodistas —para informar sobre los constantes reclamos frente al Consejo Supremo Electoral— no debió ser entorpecida ni agredida por la policía, como exigen los directivos de UPN. La polarización del periodismo nacional en los últimos años —como reflejo de la polarización auspiciada por los políticos— ha sido antes, durante y meses posteriores al cotejo electoral. En vez de sosegar los ánimos los partidos políticos incitan los sentimientos de sus bases.

Los días más aciagos para medios y periodistas fueron durante las elecciones 2007-2008-2011. Las organizaciones gremiales —todas sin excepción— están llamadas a jugar un papel fundamental ante la proximidad de la nueva elección de autoridades nacionales y municipales. ¿Se animarán otras organizaciones? Con no dejarse arrastrar por intereses político-partidarios cumplirían un papel diferente al que han venido jugando a lo largo de estos años. La actitud de los directivos de la UPN es reconfortante. En vez de quedarse callados —como venían haciéndolo— rechazaron la vapuleada recibida por los periodistas, elevando su voz de protesta. ¿Se trata de una medida táctica para llevar agua a su caudal? ¿Debemos interpretar este paso en la dirección acertada? La reticencia asumida por medios y periodistas ratifica la falta de confianza que padece la ciudadanía nicaragüense. En vez de superarse el mal viene profundizándose. La crisis de credibilidad lleva un largo camino recorrido.

¿Cómo restituir la credibilidad perdida? ¿Cuántos gestos deben realizar una organización, un grupo de personas o cualquier entidad para interpretar que su actuación es sincera? ¿A quiénes culpar de la creciente incredulidad de los nicaragüenses? ¿A quiénes favorece esta situación? Uno de los motivos de desconfianza se debe a la actuación retorcida de políticos y partidos. ¿Los medios como canales de difusión de las expresiones político-partidarias, especialmente en época de elecciones, serían capaces de asumir posiciones que eviten la polarización de la sociedad nicaragüense? ¿Sobre todo sus dueños? La apuesta de los directivos de la UPN —mientras persistan— constituye una leve esperanza. En la medida que persista la defensa del periodismo nacional, estarán haciendo una enorme contribución por la dignidad profesional de sus agremiados. ¿Difícil? No lo dudo. Su ejemplo deberá ser retomado por las organizaciones de periodistas.

Las sociedades para prosperar requieren voces críticas. La inexistencia de cuestionamientos por parte de medios, periodistas y organizaciones gremiales, en vez de contribuir a su desarrollo, los convierte en cómplices de los desafueros que puedan cometer políticos y empresarios en el ejercicio de sus labores. La instalación de un solo discurso puede ser el resultado de una alta concentración de medios o de una prensa que transige en su propósito. Medios y periodistas no pueden convertirse en corifeos de los poderosos. Tampoco, atacarlos a mansalva. Evitar la complacencia como también negarse al uso de diatribas. La más auténtica función de los medios consiste en fiscalizar la actuación de todos los poderes. La presión ejercida por la clase política se ha visto reforzada por los condicionamientos de los empresarios. La peor forma de claudicación sería continuar ciegos y mudos. Los directivos de la UPN parecieran haber recuperado la vista y el habla en el momento más oportuno.