Opinión

El secreto de la fama

Con los pies puestos sobre la tierra, expone las dificultades que sortean quienes padecen el agobio de la sobrevivencia o la obsesión por la abundancia



El secreto de la fama

está en volverse un objeto

Gabriel Zaid

A Gabriel Zaid comencé a leerle de manera tardía, lo hice con mayor regularidad, a partir de la aparición de sus ensayos en Letras Libres, la revista dirigida Enrique Krauze. Su manera de escribir me sedujo. Me llevó a la leer El secreto de la fama (Lumen, México, 2009). Una vez consagrado por la crítica, vuelve a sus orígenes. El ingeniero mecánico —desde sus inicios— ha mantenido siempre interés por la industria del libro. Jamás ha desertado. Su amplio bagaje cultural le permite dominar distintos saberes. Dueño de una mixtura explosiva: liberal, anarquista y católico, enemigo jurado de la fama que le cobija, decidió escribir sobre ella, para sacudirse cualquier vestigio de un mal que tiende acrecentarse y volverse endémico. Sobre todo ahora, en la civilización del espectáculo. ¿Sería su renuencia la que lo indujo escarbar entre sus intersticios para luego revelarnos sus secretos? ¿Sería su rechazo lo que le motivó a mostrarnos la cara del monstruo?

Tomando distancia del virus que aqueja a muchísimos escritores, su recorrido no deja de ser excitante. Tampoco piensen que se muestra envidioso. Conoce el terreno que pisa. Sus múltiples lecturas y su condición de investigador acucioso, le inducen afirmar, que la fama —apoyándose en Rainer María Rilke— no es más que una acumulación de malos entendidos sobre los nombres que van apareciendo. Distingue el heno de la paja. Su recorrido empieza desde la aparición —en Mesopotamia y Egipto— de los primeros escritos literarios anónimos y breves (conjuros, cánticos rituales, invocaciones grabadas en las tumbas), hace cuatro o cinco mil años. Se asoma a verificar los cambios experimentados a través del tiempo. Se brinca de un extremo a otro. Salta de los textos anónimos (pasado) a los textos que tienen al autor como obra (hoy en día). La fama es de origen prehistórico, después los escritores se convertirán en seres legendarios. García Márquez, súper star.

El ruido de la fama —apunta Zaid— tiene su más allá, empalma con la vida ordinaria, repartiendo autógrafos. Todo un sacramento. El minotauro Borges se había adelantado —como siempre—. Se quejaba que lo habían hecho comparecer y firmar tantos libros, que en el futuro los únicos que tendrían valor, serían aquellos que en los que no había estampado su firma. En la actualidad pululan expertos en volver famosos a muchos. Los suben al pedestal de la fama, atrayendo los reflectores. El problema, para Zaid, es que escasean expertos en creación de obras maestras. García Márquez decía que no quería monumentos. Deseaba en cambio, tener camisitas de seda para lucir bien. Los monumentos se construyen para que los orinen los perros y sobre sus cabezas se caguen los pájaros. Monterroso —más caustico— En la oveja negra y otras fábulas (Anagrama, 1991), advierte que a las ovejas negras se les mata, para después erigirles monumentos.

Zaid —de origen palestino— elogia los fragmentos que se desprenden o son desprendidos de las grandes obras. Después adquirieren vida propia. Nuestros mayores nos han enseñado que un fragmento —para que circule— debe ser memorable. Correr de boca en boca. A mí se me volvieron pegajosos: En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarmeVine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro PáramoMuchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota… La intertextualidad permite todo tipo de licencias. Zaid recuerda que en esa repetición infinita, muchos cuelgan sin remilgos, a un autor lo que es de otro o bien, lo dejan perdido en el anonimato. De Jean-Baptiste Say citan su famosa ley, La oferta crea la demanda, que nunca escribió. El riesgo es que fragmento citado, puede algunas veces relegar a la sombra, toda la obra de un autor.

En solo un capítulo —el segundo— el mexicano cita decenas de autores, lo hace con  gracia y precisión. Torna digerible la lectura. La erudición de Borges —por el contrario— a mí siempre me ha parecido fatigosa, cuando no aplastante. Zaid se vale del célebre Karl Popper, para recordarnos que la crítica —esa que tanto le atrae— nace con los presocráticos. A ellos se debe la novedad histórica de citar. Lo hacían con garbo. En vez de repetir el saber, lo cuestionaban y a la vez se criticaban entre ellos mismos. Deja claro que el fragmento no es una novedad posmoderna. El fragmento como obra, no es un rasgo de la modernidad, aparece en la prehistoria: con los refranes, anteriores a la escritura. Descolonizado y descolonizador —Zaid— observa que libros y artículos publicados en Nueva York, solo citan libros y artículos publicados en Nueva York. Nosotros —se queja— no citamos autores locales. Prueba suprema de colonización.

Es tan cierto lo afirmado por Zaid, que en Novelas y Novelistas El canon de la novela (Colección Voces/Ensayo 164, 2012), me resultó sorprendente, que Harold Bloom  incluyera únicamente un autor de habla hispana: Gabriel García Márquez (Cien años de soledad, 1967). Con justicia, el jamaiquino-africano Franz Fanon, cierra Los condenados de la tierra (1961), tratando de librarnos del embobamiento que provoca la grandeza europea. Un mal persistente entre muchas almas iluminadas. Con la explosión del boom, los  latinoamericanos comenzaron a citar a los latinoamericanos. Con dureza y cierta amargura, Zaid explica que los académicos latinoamericanos (que no tuvieron un boom) citan devotamente a los más oscuros profesores europeos y norteamericanos, ignorando a sus colegas latinoamericanos, ya no se diga a los simples escritores. Sus lugares sagrados son donde obtuvieron sus doctorados. Los citan para recordarnos que estuvieron en La Meca.

Con los pies puestos sobre la tierra, expone las dificultades que sortean quienes padecen el agobio de la sobrevivencia o la obsesión por la abundancia. Novelistas consagrados —me refiero a los nuestros, como diría Luis Harss— están convencidos que las grandes novelas se incuban en épocas de crisis. ¿Hubiera sido mejor —se pregunta Zaid— que Rubén Darío se quedara en Metapa, Joseph Conrad en Berdichev, Ezra Pound en Hailey y T. S. Eliot en San Luis? Invoca a il miglior fabbro. Pound sostenía que en su época era imposible hacer poesía importante en Estados Unidos, había que irse del país. Henry Miller, vilipendiado y demonizado por los temas y el lenguaje utilizado, decía que era preferible vivir como pordiosero bajo los puentes de París, que ser rico en Nueva York. Ernesto Sábato —sobrecogido— se preguntaba cómo era posible que dos países pequeños (Nicaragua y Perú) hubieran parido a dos gigantes: Rubén Darío y César Vallejo.

Apenas llevo tres capítulos recorridos —son diecinueve en total— y me percato que el encantamiento que produce El secreto de la fama, me tiene embriagado. En el tercero precisamente  Citas exóticas— advierte que las citas exóticas de los periféricos, deben distinguirse de las citas metropolitanas. Cuando Michael Foucault cita a Jorge Luis Borges o Jurgen Habermas cita a Octavio Paz, no hacen ostentación de familiaridad con nuestros clásicos. Devela su actitud. Los llama Marcopolos. Viajaron hasta los confines del mundo, para regresar cargados de tesoros. Como todo buen mexicano, Zaid recurre a don Alfonso Reyes, famosísimo autor, quien escribió en coautoría con Enrique Díez-Canelo, Burlas literarias 1919-1922, para reírse de las citas exóticas. Una cosa es que yo les cuente lo leído hasta aquí, otra las que ustedes podrían descubrir —como dueños de su sensibilidad— en este pozo de aguas diáfanas: un librito de 163 páginas.