Emergencia Coronavirus

“Sentía pánico todo el tiempo”: El miedo de parir en una pandemia

Tres historias revelan el miedo que sienten las mujeres que están por ver a sus hijos, y cómo es parir durante una pandemia

Llegó el momento que anticipó por meses. A las 5:00 de la tarde del 13 de mayo de 2020 “Isabella” partió para el Hospital Bautista, dispuesta a dar a luz a su tercer hijo. Se dirigía hacia una cesárea programada, como en sus partos anteriores, pero ahora iba nerviosa como nunca antes. Sentía que este parto sería el más difícil de su vida, incluso más que cuando dio a luz a su segunda hija, en mayo de 2018, en una Nicaragua llena de tranques.

El tercer y último hijo de “Isabella” nació en medio de una pandemia. Y no solo eso: vino al mundo en la semana en la que Nicaragua registró por primera vez un aumento de más de “mil por ciento” de casos de pacientes con covid-19. Entre el 12 y 19 de mayo, Nicaragua pasó, oficialmente, de 25 a 279 casos confirmados de coronavirus, según admitió el Ministerio de Salud (Minsa), en su informe de aquella semana.

El nacimiento, en condiciones “normales” está lleno de angustia, incertidumbre e incluso terror, pero en medio de una pandemia, la angustia se multiplica, la incertidumbre aterra y, después del terror, no hay calma. Tres historias revelan lo que sienten las mujeres que están por ver a sus hijos e hijas pero les aterraba la idea de pisar un hospital. “Isabella” es una de estas madres que relata cómo fue tener a su hijo a pocos metros de la sala covid-19.

Enfrentar solos el temor de ser padres primerizos

David tiene 36 años y Tania 30. Al igual que “Isabella”, les tocó recibir a su hijo en mera pandemia. El parto fue el pasado 29 de junio de 2020, en el Hospital Militar. Tania y David se enteraron que serían papás por primera vez mucho antes de que la pandemia se extendiera por todo el mundo y, su mundo, solo era felicidad. El coronavirus llegó a romper su calma y a llenarlos de miedo. Y ahora, debido a las medidas de aislamiento social que han tomado, también deben sobrellevar solos ese miedo.

Durante el embarazo, Tania asistió sola a sus citas de control en el hospital, porque padece de asma, y eso lo hace más vulnerable ante el coronavirus. Ambos viven solos y tienen meses de no ver a sus padres, amigos o demás familiares. Tania afirma que la soledad es lo que más le afecta, incluso más que el miedo de poder contagiarse. Le hace falta el cariño, los besos, los abrazos y los mimos de su mamá.

En medio de su soledad, en la que ni siquiera sale al supermercado, su condición de salud también es complicada. Antes del coronavirus creyó que una cesárea era lo mejor y más saludable, pero después de que se anunció la primera muerte por covid-19 en el país, a finales de marzo, temía en un quirófano y contagiarse ella o su bebé.

Tania se consoló al constatar varias medidas estrictas en el Hospital Militar. Detalles tan simples, pero que en una pandemia letal hacen la diferencia: como la orientación del lavado constante de manos; para visitantes y personal médico; la separación de los asientos en las salas de espera; la señalización para mantener la distancia en las filas a las ventanillas, comprobó en sus meses de embarazo.

“En el ascensor solamente pueden ir cuatro personas, una en cada esquina, y viendo hacia la esquina”, recuerda Tania, quien así logró tener algo de tranquilidad para traer a su hijo al mundo, en una pandemia.

La vulnerabilidad en hospitales de Nicaragua

“Isabella”, en cambio, no tuvo tranquilidad en ningún momento. Preparó todo cuidadosamente antes de ir al hospital. Esta vez no hubo bolso nuevo, como en sus partos anteriores: llevaba sus pertenencias dentro de una bolsa negra. Tampoco vistió a su recién nacido con la ropa más lujosa: llevó piezas que podían ser descartables. Y al llegar a su casa tras salir del hospital quemó todo lo que llevaba. Pero lo peor fue tratar de salir del hospital.

Contrario a lo que  se cree en Nicaragua, el parto por cesárea es más difícil que el parto natural. La recuperación es más lenta y durante la intervención, la mujer corre más riesgos tanto para la vida de su bebé como la suya. Por esta razón la Organización Mundial de la Salud, (OMS) recomienda realizarlas solo en casos extremadamente necesarios. “Isabella”, que ya había tenido otro parto por cesárea, no tenía otra opción.

Durante su estadía en el hospital, “Isabella” no soltó su botella con alcohol líquido, que esparcía cada vez que tenía oportunidad: en la camilla, en la silla, una silla de ruedas. No rocío el quirófano solo porque no se lo permitieron.

El pensamiento que robaba más su tranquilidad era que desde la sala de maternidad, donde estaba junto a otra embarazada, podía escuchar cada vez que ingresaban un nuevo caso de coronavirus.

“La noche antes de la cesárea no dormí del todo. A cada rato escuchaba entrar casos, se oían las camillas rápido y después entraba el personal a fumigar. La sala donde me metieron, estaba cerca de la que tenían esos casos, porque cuando estuve esperando que me llamaran, vi pasar delante de mí dos casos más. Era terrible, sentía pánico en todo momento. Incluso luego cuando salí me encontré a dos médicos vestidos con esos trajes (especiales) y me quedé paralizada”, recuerda “Isabella”.

El privilegio de parir en otro país

“Durante el parto no me sentí insegura ni expuesta al virus, porque el personal médico tenía todas las medidas de seguridad. El miedo y nerviosismo fue respecto al parto, no pensé nunca en el virus, porque el edificio de maternidad es diferente al de emergencias generales, eso significó alivio y tranquilidad”, cuenta Karen Espinoza, una nicaragüense de 32 años residente en California, Estados Unidos, que parió en medio de la pandemia en ese país.

Espinoza dejó Nicaragua en octubre de 2018. Irse, afirma, fue una decisión difícil: dejó atrás a su familia y amigos, “pero la situación del país me obligó a buscar nuevos horizontes, sobre todo por seguridad”, detalla. Karen dio a luz el seis de mayo de 2020, pasó dos días en el hospital, pero en ningún momento se sintió amenazada por la posibilidad de contagiarse de covid-19.

Para Karen, tener la oportunidad de parir a su hijo en otro país fue realmente un privilegio. Su esposo estuvo en todo momento acompañándola, utilizaron mascarillas todo el tiempo y tanto las enfermeras como el personal médico, tomaron extremas medidas de protección.

“Ahí estuvimos todo el tiempo con mascarilla, lavándonos las manos siempre y desinfectándonos todo el tiempo con dispensador en gel que había en el cuarto. El día que nos dieron de alta, las enfermeras nos llevaron por una ruta distinta a la que ingresamos para evitar contacto con personas ajenas”, añade.

Karen está consciente de las deficiencias del sistema de salud de Nicaragua. “Si me hubiera tocado vivir esta experiencia en Nicaragua creo que el temor hubiese incrementado. No habría dejado de pensar en qué iba a pasar el día del parto, y si los médicos tendrían todos los materiales para cuidarme, cuidarse ellos y cuidar a mi bebé. Y también miedo por el mal manejo del Gobierno en esta crisis”, afirma.

Parir sola y no ver al bebé

Para que “Isabella” pudiera tener en brazos a su bebé tuvieron que pasar diez horas. Como “medida de seguridad” el personal del hospital se lo mostró rápido en el quirófano y luego lo trasladaron a la sala de neonato. Isabella estuvo dos horas en recuperación por la anestesia y luego fue llevada a la sala de maternidad donde originalmente estaba. Su desesperación crecía cada minuto, y no solo por ver a su bebé, sino porque irse del hospital lo más rápido posible.

Salió del quirófano unos minutos antes de las 10:00 de la mañana, ya antes de las 2:00 de la tarde se sentía lista para salir del hospital. No recuerda sentir dolor en la herida y estaba lista para irse, incluso valoró la posibilidad de firmar una carta de abandono e irse con su bebé. Si lograba tranquilizarse un poco, nuevamente escuchaba sobre el ingreso de nuevos casos y escuchaba al personal desinfectando pasillos a pocos metros de donde estaba su bebé.

“La sala de neonato está separada solo por un pasillo de donde tienen a los pacientes de covid-19. Vi eso cuando me ingresaron. Y eso era lo que me daba más miedo. A las 4:00 de la tarde me senté en la cama y le dije a las doctoras que ya me sentía bien. Pero me decían que hasta el día siguiente me podían dejar ir. Mi esposo estaba afuera en el parqueo del hospital, ahí pasó toda la noche porque no lo dejaron entrar, entonces le comuniqué al personal médico que estaba dispuesta a firmar la carta de abandono con tal de irme”, recuerda.

Debido a su determinación, las doctoras que la atendieron decidieron darle de alta. Se lo comunicaron cerca de las 7:00 p.m. Y mientras los médicos realizaban el papeleo, “Isabella” se levantó sola, se vistió, se puso calcetines, y bolsas en los pies; echó un poco más de alcohol en las superficies y con la ayuda de un guarda se dispuso a irse del hospital. “No sentía dolor, solo sabía que quería irme ya”, recuerda.

Cuando los médicos llegaron para dar de alta a “Isabella” ya estaba vestida, había botado casi todo lo que llevaba, incluso una almohada, y esperaba impaciente en una mecedora cuando se acercaron a darle sus papeles.

“Les pregunté si podía entrar mi esposo, pero me dijeron que no, que tenía que ser el guarda de seguridad. Le eché alcohol a él también, me ayudó con mis cosas, y me fui a traer a mi bebé. Pero casi cuando llegaba a neonato miré a dos doctores todos vestidos con esos trajes, me quedé paralizada y les pregunté si traían un caso. Lo negaron con la cabeza, pero como enojados. Como yo no avanzaba el guarda les echó de mi botellita de alcohol y seguí caminando”, recuerda.

Cuando le entregaron a su bebé “Isabella” salió corriendo hacia la puerta. “Mi hermana también había pasado toda la noche en el parqueo del hospital e intentó ayudarme con el niño, pero yo no quise. Me subí al vehículo de inmediato y llegamos todos a bañarnos y a quemar todo lo que llevábamos. Al bebé le dio fiebre a los dos días de nacer e imaginé lo peor. Pero por suerte un médico que me atendió en teleconsulta me explicó que solamente estaba deshidratado”, comenta.

David y Tania vivieron también una experiencia traumática. Tania al igual que “Isabella”, hizo de todo para pasar el menor tiempo posible en el hospital. Karen, por su parte, explica que ahora que salió de su parto, espera que todas las mujeres que van a tener a su bebé en este difícil contexto de la pandemia reciban la atención necesaria. “Espero que los hospitales tengan un plan y ellas pregunten, estén atentas a cada detalle. Y que también exijan esas medidas de protección”, aconseja.

“Isabella” trata de superar lo que vivió. “Ese miedo no se lo deseo a nadie. Mi otra hija nació en mayo de 2018, regresé del hospital por veredas, porque todo el país estaba lleno de tranques. Me dio miedo, pero después de vivir esto, prefiero los tranques. Nunca habría querido tener que parir con miedo a tener este virus”.

Seguí toda la cobertura de CONFIDENCIAL sobre el coronavirus suscribiéndote a nuestro boletín de noticias diario. Para leer más artículos sobre el tema, hacé clic aquí.

Más en Emergencia Coronavirus

Share via
Send this to a friend