Opinion

Lavrov, el latinoamericano

Son tantas las veces que el canciller Lavrov viaja a Venezuela y Cuba que, más allá de la colaboración militar, parece que lo hace para marcar terreno

El canciller ruso Serguei Lavrov ha vuelto a América Latina. Más bien, ha vuelto a la zona de América Latina y el Caribe que define las fronteras físicas e imaginarias con Estados Unidos: México, Venezuela y Cuba. Casi anualmente, Lavrov realiza giras latinoamericanas: vino en 2014, 2015, 2017 y 2019. En varias de esas visitas pasó por Managua y Caracas, pero en ninguna dejó de poner pie en La Habana.

No creo que algún canciller del periodo soviético (Andrei Gromyko o Edward Shevarnadze) viajara tanto a América Latina o, tan siquiera, a Cuba, que era su principal aliado en la región. Hoy La Habana sigue siendo el vínculo privilegiado de Moscú en América Latina, pero el volumen de los intereses económicos, comerciales e, incluso, militares de Rusia en la isla son mucho menores que durante la Guerra Fría.

Son tantas las veces que Lavrov viaja a Venezuela y a Cuba que parece que, más allá de la colaboración militar, lo hace sólo para marcar terreno. Hay una desproporción entre la dimensión simbólica y la material de esos vínculos, que obliga a una redefinición de la geopolítica en los términos mediáticos del siglo XXI. Los principales socios de Cuba son China, España, Canadá, Venezuela, México y Brasil. El comercio entre Cuba y Rusia ronda los 100 millones de dólares, pero la isla importa de China más de 1000 millones y exporta a ese país asiático más de 400 millones.

El canciller chino, Wang Yi, que sepamos, sólo ha viajado una vez a Cuba, a principios de 2019. La diferencia reside en el tipo de relación que China sostiene con Estados Unidos. Los chinos, por el contrario de los rusos, no necesitan a Cuba para enviar mensajes a Estados Unidos. Sus relaciones con Washington son suficientemente profundas y complejas como para perder tiempo en el viejo juego de la Guerra Fría.

Podría pensarse que Rusia se hace presente en Venezuela y Cuba para decidir un escenario de contención de Estados Unidos. Pero, ¿realmente es decisiva Rusia en la reversión de la política de Washington hacia esos dos países? El juego geopolítico ruso no ha contribuido a la suavización de las sanciones económicas de Donald Trump contra Cuba ni a disuadir a Washington de remover a Nicolás Maduro.

¿Cuál es entonces la función de esa potencia euroasiática en los conflictos regionales de un gobierno, como el de Trump, tan bien acompañado por Vladimir Putin desde el Kremlin? Una hipótesis es que buena parte de esa ofensiva geopolítica tiene como finalidad ayudar a sostener en el poder a los gobernantes venezolanos, cubanos y nicaragüenses y alimentarles la fantasía de que gracias a Rusia tienen el futuro asegurado.

Ya sabemos que las fronteras entre realidad y fantasía, en este siglo XXI, son cada vez más borrosas. Pero que no nos quieran convencer de que Rusia es la garante del equilibrio hemisférico. Mucho menos de que gracias a Rusia, América Latina volverá a unirse contra el imperialismo yanqui bajo las banderas del llamado “socialismo del siglo XXI”.

*Este artículo se publicó también en La Razón.

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