Opinión

Siento heridas de muerte las palabras

Daniel Ortega

El mundo real de la pareja de tiranos es una burla y una estafa al pueblo. Burla y estafa a pastores evangélicos comprometidos con Cristo.



Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre/ se escucha que transita solamente la rabia, /que en los tuétanos tiembla despabilado el odio/ y en las médulas arde continua la venganza, /las palabras entonces no sirven: son palabras. / Balas. Balas. /Manifiestos, artículos, comentarios, discursos, /humaredas perdidas, neblinas estampadas. / ¡Qué dolor de papeles que ha de barrer el viento, / qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua! / Balas. Balas. / Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste, / lo desgraciado y muerto que tiene una garganta/cuando desde el abismo de su idioma quisiera/ gritar lo que no puede por imposible, y calla. /Balas. Balas. /Siento esta noche heridas de muerte las palabras. (Rafael Alberti. NOCTURNO).

El Nocturno suele contener en términos poéticos aquellos sentimientos que hieren alma y palabras del poeta, en este caso del español Rafael Alberti, quien así expresa estos adoloridos e indignados sentimientos en su poema, compuesto en su momento contra el dictador Francisco Franco, y con vigencia para este nuevo caudillo de Nicaragua “por la gracia de Dios”, Daniel Ortega Saavedra, sucesor político de Somoza García, asesino de Sandino y cabeza y origen de la somocista estirpe sangrienta, y de la Ortega-Murillo de hoy. De ahí que este poema nos conducirá, con su luz nocturnal, por el tenebroso y sórdido mundo de la actual pareja de tiranos, que están convirtiendo Nicaragua en un inmenso lago de sangre, al aferrarse a su perpetuidad en el poder, y al mayor tranque a la democracia que se ha dado en la historia de las naciones: la reelección.

En la misma medida que la reelección, coraza paramilitar de dictadores, es el mayor tranque para la democracia, Daniel Ortega –aventajado hijo de la reelección- y Rosario Murillo son inexpugnables tranques para la paz, y para lograr un avance genuino y verdadero del Diálogo Nacional. Ahora, cuando el cardenal Leopoldo Brenes y monseñor Rolando Álvarez están en el Vaticano dialogando con el papa Francisco sobre Nicaragua, la pareja celebra esa partida con tal de que no haya diálogo, e impunemente proseguir sus asesinatos para amedrentar a un pueblo que se resiste a ser esclavo de propósitos sórdidos y corruptos. En su interior, la pareja, cuyo hábitat es el desastre, desea fervientemente que no se adelanten las elecciones, pero sí, y cuanto antes, toda catástrofe que, creen ellos, las impedirán, y que en ese hoyo negro caerán todas las naciones, incluyendo los EEUU, quienes aceptarán un vacío de poder sólo solucionable con la perseverancia en el poder de ellos mismos.

El mundo real de la pareja de tiranos es una burla y una estafa al pueblo. Burla y estafa a pastores evangélicos comprometidos con Cristo, a la Conferencia Episcopal, y para colmo, para el papa Francisco, pues pueblo, pastores, sacerdotes y papa, están involucrados en una gestión pacífica y ecuménica para que cese la matanza, y los sacerdotes lo demuestran abogando, aún con riesgos de sus existencias, para que no se siga tiñendo con sangre de hermanos nuestra única bandera bicolor. Mientras esto sucede, el matrimonio Ortega Murillo apuesta por el exterminio de todos nosotros, por el delito de poseer como don la palabra, que siendo del pueblo, es la voz de Dios. -Hay que herir de muerte esa palabra, están diciendo con sus actitudes.

En este sentido, en su mundo irreal, Daniel Ortega no tiene problema alguno, pues no tiene palabra. No tiene problema Rosario, con Nicaragua como un gran lago de sangre, pues para dragarlo cuenta con los conocimientos hidrogógico-hemofílicos de su vasallo Edén Pastora. En el caso del Diálogo Nacional, las palabras del tirano no sirven: son palabras, y eso le hace mucha gracia a la pareja, y a los dos que los representan en el Diálogo. Hoy ya llegamos a 300 muertos, que no existen según las estadísticas represoras. El bebé de 14 meses, Teyler Leonardo Lorío, asesinado el 23 de junio, tenía, orteguísticamente hablando, 140 años, y viejos antecedentes penales. Su muerte, según un hospital capitalino, es atribuible a un suicidio. Los niños quemados vivos una semana antes, también eran delincuentes. Los transeúntes que se atreven a circular por las calles, algo están tramando que justifica disparos a mansalva, y certeros de francotiradores.

El mundo real es que estoy viendo un pajarito que a duras penas podría alcanzar en una cajita de fósforos. Donde jamás podrá caber es en las conciencias de Daniel Ortega y Rosario Murillo, ni en la de los esbirros que cumplieron sus órdenes de asesinarlo. No tienen conciencia. Estoy viendo el diminuto féretro de Teyler Leonardo Lorío Navarrete, y a su padre, quien al momento del disparo lo cargaba. Todos estaban inmensamente tristes en aquella vela de nuestras propias almas. La madre, el padre, los abuelos, no oirán las palabras que a Teyler Leonardo le robó la barbarie. Su padre está llorando desconsolado. Cuando poco antes del entierro, Nelson Lorío en un gesto desesperado lo cargó para despedirse de su hijo, me pareció que echaba a volar una palomita, y que la palomita se convertía en una palabra inmortal.

Todo tiene explicación, como que los tiranos no sólo tengan que abandonar el poder, sino también abandonar el país con toda su descendencia. El pueblo pide que salgan los tiranos y su estirpe, y que sean sometidas totalmente sus fuerzas de ocupación. Hasta entonces, sin la funesta pareja en nuestra patria, se podrán realizar elecciones libres, para que llegue el día en que todo aquel que acceda democráticamente a la Presidencia, para servir y no robar, esté dispuesto a abandonarla en cuanto cumpla su único periodo. Será entonces cuando Nicaragua deje de ser un matadero de estudiantes, campesinos, menores de edad y tiernos de ternura recién nacida. Será entonces cuando sea cuna de niños. Cuando se dejen de oír las balas y balas de los dictadores, y pueda escucharse el arrullo de las madres, sin miedo alguno, al unísono con el de las olas de nuestros lagos.

Así también se explica, en el mundo cruelmente real de ahorita, la manera que tienen los tiranos en Nicaragua de celebrar las fechas entrañablemente familiares. El 30 de mayo, Día de las Madres, lo enaltecieron respondiendo con incalificable cobardía a una inmensa marcha pacífica en honor a ellas, la que fue calificada como Carnicería en el Día de las Madres. Hubo 18 asesinatos y 218 lesionados. Los crímenes continuaron todos los días. El 1° de junio, Día del Niño, mataron criaturas y el 16 refrendaron su vocación infanticida quemando vivos a dos niños y a sus padres. El terror imperante impidió realizar La Marcha de las Flores, en memoria de los niños asesinados. Y para completar el ciclo familiar de padres, madres e hijos, el 23 de junio, Día del Padre, asesinaron de un balazo a un bebé de tan sólo 14 meses, que iba cargado por su padre. ¿Protestas, reclamos, comentarios, artículos, discursos? Quieren que sintamos que son “humaredas perdidas. Un dolor de papeles que ha de barrer el viento. Una tristeza de tinta que ha de borrar el agua.”

Vimos a Carlos Mejía Godoy dirigirse a una oficial en El Chipote, inquiriendo por el yerno, “desaparecido” por la Policía, de uno de sus hermanos de Los de Palacagüina. Aquella mujer no parecía humana. Era la sordera personificada, o convertida por sus superiores en tranque para las palabras. Deshumanizar también es matar. Ciertamente esa mujer policía también es una víctima. Y vi entonces a Carlos Mejía Godoy llorar ante la insensibilidad de la pobre mujer. Mejor dicho, vi a nuestra palabra nacional convertida en música, estrellarse con Nicaragua, Nicaragüita, contra aquellos muros de sordera que tampoco tienen palabras para madres y esposas de prisioneros y desaparecidos. En El Chipote la palabra está desaparecida, o está herida de muerte en Medicina Legal. La garganta es entonces un abismo que se pierde en La Cuesta del Plomo.

Algunos explican la pérdida de valores morales, poniendo de ejemplo a madres que venden a sus hijas por una posición relevante, sin importarles que, violándolas, a esas niñas les trunquen la infancia, y luego campantemente las repudian con la complicidad del violador y de las autoridades nacionales. Este mundo apocalíptico que estamos viviendo es, como una antigua película, un Perro Mundo (Mondo Cane), donde horrorizados, pero impotentes vemos a un esposo, un padre, un hijo, asesinado o desangrándose a media calle. Todos lo hemos visto, y escuchado a las mujeres “gritar lo que no se puede por imposible”. ¡Ayúdenme!

¡Ayúdenme!, es el clamor de Nicaragua, el llanto por Nicaragua, el grito de la ensangrentada Nicaragua, el alarido de “lo desgraciado y muerto que tiene una garganta”. Ese hombre, sin derecho siquiera a ser levantado del suelo, ya no podrá decir nada más. Está muerto y por eso, “calla”, y porque “las palabras entonces no sirven.” También las palabras están heridas de muerte por los tiranos. Sus francotiradores les apuntan certeramente. “Balas. Balas”. Y siguen robándoles las palabras a la inmensa muchedumbre de asesinados. Las palabras que ya no se podrán pronunciar, pero que incluso en ese épico silencio de la muerte por la patria, siguen vivas y palpitantes. Aun cuando sintamos esta noche “heridas de muerte las palabras”.