Confidencial

Siete son los colores del aircoiris

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Pensé que lo habíamos superado. Pero entonces salgo embarazada y me doy cuenta que no.Desde que tengo esa prueba de positivo en mis manos me he visto expuesta a comentarios sobre el sexo de mi futura criatura. Todos los primeros meses, mientras yo intentaba sobrevivir a las náuseas, muchas personas especulaban sobre el sexo de mi bebé: “por la forma de la panza es hombre”; “por los achaques, es mujer”; “se te movió pronto, es hombre; “estás ancha de las caderas es mujer”.

Bueno, yo me limitaba a decir que es persona y con eso me bastaba. Hubo quien mencionó la importancia de que el primogénito fuese hombre. ¿Y cómo para qué es importante eso?, les preguntaba yo. Escuché por ahí: “ojalá que no sea mujer, las niñas sufren más que los hombres”. ¿Por qué será?, les preguntaba yo.

Muchas personas que me quieren mucho deseaban saber el sexo para saber qué regalo darle, y entonces yo decía, pero para eso no tenés que saber el sexo, si es tan fácil: una persona recién nacida necesita pañales y alfileres, colchitas, sábanas, ropita que le abrigue, toallas de baño y cosas por el estilo. Yo sabía que se referían básicamente a saber si comprarían celeste o rosado, en dependencia del sexo; o si comprarían pantalones o vestidos, porque dicen que “para las niñas hay bellezas” y parece que para los niño solo hay cosas simples y feas. Como si a un bebé que duerme casi todo el día eso le va a ser relevante. Para nada.

Fortaleza versus dulzura

Vivimos como sociedad en constante ansiedad de conocer el sexo de un feto que está formándose, es una urgencia ubicarle en uno de los dos lados que el sistema nos tiene preparados. Tenemos gran apuro de colocarle el género y construir una identidad que ni sabemos será la que esta persona asuma cuando crezca. Y entonces, se vuelve importantísimo saber si es hombre para colmarlo de carritos y cosas celestes, que reflejen la fortaleza que se espera de él, o si es mujer para salir corriendo a comprarle una muñeca color rosado, tan dulce como ella.

Y volvemos a esta discusión primaria sobre los colores porque son los primeros pasos para socializar a las niñas y niños en las construcciones de género. Son nuestras urgencias, más no cubren las necesidades básicas de una persona recién nacidas, ni las materiales, ni las de cuidado.

Es horrible pensar en adquirir productos para bebé, resulta muy frustrante porque la oferta del mercado es sumamente limitada. Vayan a una tienda lo primero que te preguntan es si es hombre o mujer y enseguida todo lo que te muestran es celeste y rosado. Si hay algo café, te piden que te fijés en el motivo, porque si es un barquito uyuyuy no se lo llevés a una niña, porque eso es para hombres. Y si decís que buscás algo pero que no sabés el sexo, en serio no saben cómo resolver ese gran dilema, no tienen nada más para ofrecerte. Es un poco frustrante, pero ya saben el mercado y el patriarcado son aliados muy fieles.

Un mundo entre rosado y celeste

Y así me ha pasado durante estos meses en los que estoy germinando a mi plantita, pareciera que le espera un mundo tan rosado y tan celeste como si no hubiesen más colores en el mundo. Lo bueno es que soy una feminista que decidió convertirse en mamá y que bebé tiene un papa que reconoce que las construcciones de género son parte de la crianza, y que ese tipo de crianza no trae beneficios para nadie.

Debo confesar que antes me parecía normal, ni siquiera pensaba en esto, pero hace más de una década para acá ya no lo entiendo. O mejor dicho entiendo mejor como es el rollo y no es el que quiero para mi bebé.

Las niñas y niños necesitan estímulos, sin importar el sexo, los colores son parte de ello, los juguetes sin importar el que sea son parte de esto, los juegos que permitimos o censuramos son parte de esto. No podemos limitar su formación y la creación de su identidad a este loco binomio rosado/celeste, muñequitas/carritos, mujer/hombre, privado/público. No sé ustedes, pero ya me cansé de esto. Además si seguimos así, estamos sosteniendo el sistema patriarcal, que daña a nuestra niñez con sus rígidos parámetros que ya no se ajustan a nuestra realidad.
No tengan miedo de romper las reglas en la crianza de sus hijos e hijas, más bien tengan miedo de perpetuar el sistema.


Texto de Lucy Medina, Madre Invitada.

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