Opinión

“Silencio”, Fabio duerme en su “reino”

El derecho de expresión está condicionado al conocimiento personal que se tiene sobre lo que se quiere opinar



Si en verdad fuera universalmente reconocido que la libertad de expresión es uno de los valores más importantes de la democracia –sin apellidos ni con sellos ideológicos sectarios—, sacaríamos fácil la conclusión de que no es honesto invocar, menos utilizar, esa libertad para mentir. Pero, se la invoca y se miente con frecuencia en todos los niveles sociales, más allá de lo imaginable, porque el lenguaje –hablado o escrito— es un arma con la que se libra la lucha ideológica, y la mentira le es consustancial.

Para ejercer la libertad de expresión no hay restricciones humanas posibles, pero sí las hay de carácter político, aunque se disfracen de cualquier forma. Existen también, auto restricciones de tipo ético que se las impone el propio individuo cuando es consciente y respetuoso de los demás. Estas restricciones tienen que ver con los límites de sus conocimientos. No se debe –aunque se puede cuando no se es responsable—, utilizar la libertad de expresión para opinar sobre temas que se desconocen, porque esa es otra forma de mentir.

Por eso, el derecho de expresión está condicionado al conocimiento personal que se tiene sobre lo que se quiere opinar. Como todos somos seres sociales, por ende, también somos seres políticos, y como tales no hay asunto de la política sobre lo que no solo podemos opinar, sino que como ciudadanos estamos obligados a hacerlo. Hago esta explicación, porque como ciudadano y sin formación profesional de ninguna especie, me limito a opinar solo sobre asuntos políticos.

Es que, no es lícito ni honesto que, quien no es médico opine sobre temas de la ciencia médica; que alguien opine sobre ingeniería sin ser ingeniero; o que se escriba sobre cualquiera otra profesión académica sin contar con el aval de estudios obligatorios. Sin embargo, cuando un profesional de cualquier carrera académica se decide a opinar sobre política al margen de la verdad, nadie está obligado a creerle. Por la sencilla razón de cuando un profesional opina sobre asuntos políticos no siempre dice la verdad, porque ningún título profesional es una licencia para mentir.

Eso se debe, simplemente, a que un profesional X cuando opina sobre política está ejerciendo su libertad de expresión como ciudadano bajo la influencia de sus intereses personales, los intereses de su grupo político, los de su clase y, a veces, los de otros intereses que no se atreve a confesar. Esto es muy humano, y a nadie debería sorprender, menos molestarse porque se lo recuerden. Voy a referirme al caso de un profesional de la radiodifusión y propietario de la radio comercial más escuchada de nuestro país y comentarista de La Prensa.

Lo que transcribo de su opinión política, como verán, no es ajena a su desempeño profesional; sin embargo, también ha faltado a la verdad aun dentro del espacio profesional que le corresponde y del que vive: “La Habana es el más perfecto ejemplo del reino del silencio, del bozal institucionalizado. Ahí (allí) solo hay un canal de televisión y solo hablan de política Raúl Castro o quien él designe, nadie más, todo lo demás es para dormirse”.

Tanto infantilismo en tan poco espacio no cabe, o no debería caber, en la mente de un profesional de la comunicación y comerciante en publicidad al mismo tiempo, porque esa mentira carece del mínimo respeto por sus oyentes y sus lectores. Y de cosas absurdas parecidas está cubierta toda su columna del día, martes 8 de agosto del 2017. Parece un discurso bufo y no de una persona bien informada. Y lo digo con honestidad: no me atrevo a pensar esa sea una muestra de ignorancia, de maldad o por encargo político.

Y afirmo sin vacilar también, que su escrito no es producto de una persona senil a sus 85 años. Tengo más años (87) y pienso que él, como radiodifusor y comunicador empresarial, se nutre de mejores fuentes de información, y no lucir tan mal informado, ni con un lenguaje rezagado de propaganda política de bajo precio. Un “anti” de cualquier cosa, no hallará la razón escribiendo sobre la base de hechos falsos, pero sí, por puro odio político muy fácil de advertir. Y puedo probar lo contrario de lo que el comunicador afirmó.

En La Habana funcionan varios canales: Cubavisión y Cubavisión Internacional que transmite programas propios y de los otros canales hacia el exterior. Programas dramatizados (así les llaman a las telenovelas), históricos, medio ambiente y sobre ciencias en general. Existe TV Rebelde, especializada en deportes locales e internacionales; Canal Educativo 1 y 2, cuyo nombre lo dice todo; el Canal Habana de asuntos más generales (sin notas rojas, eso sí); y La Colmenita TV, desde los niños hacia toda la familia. También funcionan televisoras en las provincias y, entre ellas, solo mencionaré TV Turquino.

Pero no es la cantidad lo que vale, sino la calidad de su programación: cero enlatados extranjeros enajenantes y contra la cultura, como pasa en nuestro país.  El “reino del silencio”, ¿cómo puede serlo La Habana, realmente? Es cierto, no se miran civiles armados matando gente en centros nocturnos, ni a grupos tipo KKK ayudando a la policía a matar ciudadanos negros en las calles o en sus casas. Es la capital de un país, donde ya han superado más de cuatro millones de visitantes anuales, y les puede ofrecer una variedad impresionantes de entretenimientos culturales y artísticos del más alto nivel.

Hace muy poco tiempo que la Unesco escogió a la Rumba cubana como Patrimonio Cultural e Intangible de la Humanidad. Y es sensato suponer que no es porque el pueblo cubano toque y la baile su Rumba “en silencio”, con un “bozal institucionalizado”, porque la Rumba es parte de su vida diaria, de sus alegrías e incluso en los momentos de agresiones externas y de problemas cotidianos humanamente normales. Cuba tiene institutos gratuitos de formación académica en música y canto, de donde salen los graduados a romper el “reino del silencio” de las noches habaneras.

La oferta cultural solo en La Habana incluye todas las expresiones del arte en un anfiteatros; en varios centros nocturnos donde se hace ruido: bailes populares con orquestas en vivo en los Jardines de la Tropical, parques y otros  centro públicos; en el cabaret Tropicana, en las ondas de las innumerables radiodifusoras, centros culturales y peñas en restaurantes y hoteles de en toda la ciudad donde tocan y cantan música de la trova tradicional, de la nueva trova y música moderna propia y foránea. Teatros con programas de ballet, danza contemporánea, danzas folklóricas, obras dramáticas; de canto lírico, conciertos de canto clásico y popular…y un formidable circo de alta escuela para acompañar el ruido en el “reino del silencio”.

Y más irracional resulta negar la actividad con expresiones artísticas de alta cultura que incluye conciertos de la Orquestas Sinfónica Nacional y cinco orquestas sinfónicas de las provincias.  Todo ese producto artístico y cultural –incluso los carnavales— se puede ver por la televisión, y eso demanda una gran cantidad de profesionales del ramo… ¡y no precisamente es una actividad de “Raúl Castro y quien él designe”! En cuanto a los comentarios políticos, ¿no lo que hace diariamente el comunicador de esta historia?  Entonces, si él se da ese derecho, ¿cómo puede negárselo al pueblo cubano que con su gran nivel cultural también hace política para combatir mejor a sus agresores?

En Nicaragua es una minoría la que lee entre los miles de analfabetas reales y potenciales, y eso facilita la difusión de mentiras de este tipo; hay otro tanto de analfabetas políticos que no leen ni periódicos; otros que se conforman con leer periódicos o con escuchar por radio y ver en televisión la reproducción de falsedades como las comentadas. Esta práctica es una completa tragedia cultural nacional, porque una parte de ciudadanos vive al margen de la información, y la otra parte es víctima de la manipulación.

Pienso, por eso, que lo malo no es solo decir mentiras, sino también en la cantidad de personas a las que pueden engañar.

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Ruperta y Ruperto:

–¿Con cuántas lágrimas llorará Juan Manuel Santos por Venezuela, Rupertó?

–Podría ser con una sola lágrima, Rupertá…

–¿Y eso por qué, Rupertó?

–Porque ya lloró bastante por dos mineros artesanales asesinados por su ejército en el norte de Antioquia… ¡para ubicar en su territorio a una minera multinacional!

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