Opinion

Similitudes y diferencias entre Mugabe y Ortega

Mugabe está sepultado por la historia, mientras que Ortega continúa aferrado al poder, gastando todo su capital político y desgastándose como persona

Daniel Ortega y Robert Mugabe tienen muchas similitudes, también profundas diferencias. El primero, quien pasó siete años preso de la dictadura somocista, era dirigente del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) fundado en 1961, cuando la victoria político-militar contra la dictadura somocista el 19 de julio de 1979; el segundo, fue prisionero durante 10 años y fundó el Ejército de Liberación Nacional Africano de Zimbabwe (ZANLA) a inicios de los años 60 para luchar contra la minoría blanca racista que controlaba el país y en el que había establecido un ‘apartheid’. Mediante una negociación la guerrilla tomó el poder, también en 1979, y él asumió la presidencia en 1980.

El 6 de noviembre del 2017 el presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe, hizo renunciar a su vicepresidente, Emmerson Mnangagwa, lo que creó una profunda crisis política, y 15 días más tarde se vio obligado a dimitir. Mucha gente salió a las calles a celebrar, pero el cambio no fue producto del protagonismo ciudadano, sino de la intervención del Ejército a favor de una facción del partido Frente Nacional Patriótico de la Unión Africana de Zimbabwe en el poder que dirigía el político depuesto por Mugabe. No hubo muertos ni heridos.

El 18 de abril del 2018 se produce un estallido social en Nicaragua con un masivo protagonismo ciudadano pacífico en todo el país y casi nueve meses después la dictadura de los Ortega-Murillo continúa aferrada al poder tras haber sometido a la población a un baño de sangre (cerca de 400 muertos y miles de heridos) y a una represión extrema (740 personas se encuentran prisioneras tras ser secuestradas por policías y paramilitares  –70 son mujeres–, cientos han sido torturadas, 423 sometidas a juicios políticos con veredictos dictados en El Carmen, 200 están sin procesar, 113 fueron condenadas y cuatro siguen en las mazmorras pese a tener orden de libertad).

En su momento, Mugabe fue el presidente más longevo (93 años) y de más permanencia en el poder (37 años) en el mundo; Ortega es menor (73 años) y ha estado 21 años (no continuos) en el gobierno. Ambos se transformaron de dirigentes políticos de movimientos guerrilleros por la liberación nacional, en líderes de Estado corruptos y represivos. De revolucionarios y redentores sociales transitaron a dictadores sanguinarios y a parásitos oportunistas depredadores del erario. En su metamorfosis, de hombres pasaron a cucarachas.

Entre 1982 y 1987 Mugabe ordenó una matanza de 20 mil civiles, la mayoría de la etnia Ndebele, por considerarlos opositores a su gobierno, y en el 2016 reprimió a la población que en las calles de varias ciudades se manifestó contra la pobreza, la corrupción y los fraudes electorales.

Por su parte, desde su segundo período en el poder, en 2007, Ortega empezó a levantar con mayor continuidad una montaña de cadáveres con la ejecución sistemática en el Norte y el Caribe de Nicaragua, de campesinos alzados en armas contra su gobierno, hasta convertirse en el 2018 en un sanguinario criminal con delitos de lesa humanidad. Aliada con los grandes empresarios, la familia Ortega-Murillo se lanzó a una corrupción desenfrenada, privatizó gran parte de la multimillonaria cooperación venezolana y se ha mantenido en el poder mediante comicios amañados.

La crisis comenzó a gestarse en Zimbabwe por diferencias al interior del Frente Patriótico alrededor de la sucesión del longevo Presidente. Se formaron dos facciones: la dirigida por el vicepresidente Emmerson Mnangagwa (Cocodrilo), apoyado por el Ejército; y la que se formó alrededor de Grace, la esposa de Mugabe, quien repentinamente había saltado a la política.

El estallido social de abril en Nicaragua se produjo un poco más de un año después que la esposa de Ortega, Rosario Murillo, hubiera asumido la vicepresidencia, el 10 de enero del 2017, hecho  que provocó fricciones inter partidarias que no alcanzaron el nivel de fracciones. Aunque Murillo tiene una permanencia de larga data en el FSLN, su perfil había sido bajo, hasta que en el año 2001 súbitamente saltó a un primer plano como jefa de prensa y comunicación de su marido, el candidato presidencial por el FSLN, su proyección fue ascendiendo como vocera que en la práctica coordinaba al gobierno y las alcaldías y llegó a la cima más alta en agosto de 2016 cuando se postula a la vicepresidencia.

Los veteranos de guerra de Zimbabwe se oponían a Mugabe porque este había preferido a los nuevos militantes del partido; los desmovilizados del Ejército y del Ministerio del Interior de Nicaragua, en su mayoría fueron discriminados por los Ortega y Murillo, pues esta última se había decantado en favor de la militancia juvenil, excepto tras al estallido social en que la dictadura los convocó y halagó con dinero, bienes y promesas para convertirlos en paramilitares con armas de guerra que junto a la Policía protagonizaron la matanza entre abril y julio del 2018.

La Policía de Zimbabwe, bajo el mando de un sobrino de Robert Mugabe,  apoyó a su esposa Grace, y en Nicaragua la institución policial dirigida por un yerno de la pareja presidencial, cayó bajo el férreo control de Rosario Murillo.

Luego que Robert Mugabe el 6 de noviembre se lanzara contra su vicepresidente y tras un fallido intento de arrestar al principal jefe militar del país, el Ejército de Zimbabwe comunicó a la población que intervendría para zanjar las disputas inter partidarias, mediante conferencia de prensa del Gral. Constantino Chiwenga, e inició negociaciones con el Presidente para encontrar una salida política a la crisis.

El 15 de noviembre el Ejército arrestó al Presidente, también promovió una manifestación popular el 18 de noviembre, y tres días después, lejos de su pasado de líder y héroe revolucionario y convertido en lo contrario, Robert Mugabe dimitió. En Nicaragua el Ejército permaneció impasible ante la matanza y no reaccionó ante la operación de los Ortega-Murillo de crear un ejército de la familia constituido por retirados y otros civiles paramilitares con armas de guerra, y la Policía, con los que asesinó al menos a 400 personas, hechos por los que ahora son señalados por delitos de lesa humanidad.

Robert Mugabe está sepultado por la historia, mientras que Daniel Ortega continúa aferrado al poder, gastando todo su capital político y desgastándose como persona, disminuyéndose, reduciéndose hasta el punto que de héroe a pasado a un ser un individuo despreciable al que le espera el banquillo de algún tribunal universal por sus delitos de lesa humanidad, de modo que su caída será peor que la de su hermano de lucha de Zimbabwe, con quien compartió en septiembre de 1986 parte de los momentos más felices en la historia de ambos, durante la VIII Cumbre de los No Alineados, en Harare.

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