Opinión

Soberanía y Democracia: Notas para una discusión

OrtegaNonGrato

Solamente un acto de voluntad política colectiva nos puede enrumbar hacia un futuro mejor



Hace unos días recibí un correo electrónico en el que se me pedía firmar la petición hecha por un grupo de nicaragüenses para que la OEA –reconocido instrumento de la política exterior estadounidense hacia América Latina– aplique la llamada “Carta Democrática” a Nicaragua. No firmé la petición por razones que expongo en este escrito con el objetivo de contribuir a la necesaria discusión sobre el país que deseamos tener; y, más concretamente, sobre el sistema político que queremos para nuestra sociedad. Para facilitar esta discusión, resumo mi posición en tres postulados interconectados entre sí.

Postulado No. 1:

En las ciencias sociales y en la filosofía política, el concepto de democracia hace referencia a la existencia de dos cosas: un mecanismo formal para resolver conflictos entre los grupos que compiten para controlar o condicionar el poder del Estado (los procesos electorales son un ejemplo de este tipo de mecanismo); y, un consenso social con relación al funcionamiento y a la orientación del Estado, el mercado, y la sociedad. La eficacia de la democracia como mecanismo para la resolución de conflictos depende de la existencia previa de un consenso hegemónico con relación al papel del Estado y de las relaciones entre éste, el mercado y la sociedad. Ese consenso debe reflejar las obligaciones y los derechos de los diferentes sectores sociales. Sin este consenso, los resultados electorales no gozan de legitimidad. Peor aún, en ausencia de un consenso social mínimo, la democracia electoral –como lo muestran las elecciones realizadas en nuestro país desde 1990– simplemente formalizan divisiones sociales existentes (ver Pérez Baltodano, Confidencial, 23/062014).

Postulado No. 2:  

Los principales estudiosos de la historia de la democracia coinciden en señalar que la soberanía es una condición necesaria para la institucionalización de un consenso social democrático efectivo. La soberanía no sólo condiciona las relaciones entre Estados sino también, las reglas que norman la pugna por el poder del Estado. En este sentido, la soberanía funciona como el “contenedor” territorial y legal dentro del cual se aplaca la turbulencia de la lucha política, y se construye el orden. Más concretamente, la soberanía impone limites a la forma y al alcance de esa lucha, ya que obliga a que la disputa por el poder se desarrolle con los recursos domésticos –financieros, discursivos, coercitivos, políticos, etc.– a los que tienen acceso los actores políticos que operan dentro de las fronteras del Estado. Al limitar los recursos con los que legítimamente pueden contar los actores domésticos, se limita también la intensidad, la extensión y las modalidades que puede adquirir la lucha por el poder.

Postulado No. 3:

La participación de fuerzas externas en los conflictos nacionales, y especialmente el intervencionismo estadounidense en nuestro país, ha sido una de las principales causas de la inestabilidad que ha caracterizado nuestro desarrollo. La lucha por la independencia, los vaivenes de Centroamérica antes de su fragmentación, los conflictos políticos internos que desembocaron en la “presidencia” del estadounidense William Walker (1856), la precaria estabilidad social del régimen conservador de los Treinta Años (1857-1893), la caída de José́ Santos Zelaya (1909), la dinámica social que se inicia después de esa caída, el somocismo (1937-1979), el colapso del experimento revolucionario sandinista (1990) y la dinámica electoral iniciada en 1990, han sido eventos y procesos fuertemente condicionados, y hasta determinados, por fuerzas externas que operan de acuerdo a sus propios intereses y objetivos.

El intervencionismo extranjero en el desarrollo político nacional ha contribuido al surgimiento de frágiles y conflictivas alianzas internas que no operan dentro de un marco político-ideológico común (el movimiento armado que derrotó a Zelaya; o la UNO que derrotó al FSLN en las elecciones de 1990); la eliminación de fuerzas políticas autenticas (la destrucción del movimiento de liberación liderado por Augusto César Sandino); y la formación forzada de otras (la creación del somocismo). Todo esto ha dificultado un desarrollo político auténticamente nacional, capaz de generar balances de fuerzas internas y consensos nacionales hegemónicos y, por lo tanto, estables.

Peor aún, y como resultado de esta historia, se ha consolidado en nuestro país una cultura política que acepta, con preocupante normalidad, el uso de recursos financieros, políticos y hasta militares extranjeros para triunfar en la lucha por el poder. Así pues, nuestros “líderes” políticos prefieren negociar el futuro del país con la embajada estadounidense, o con Moscú, o con un oscuro inversionista chino, antes que tratar de entender las razones que mueven a sus adversarios políticos domésticos a actuar como actúan, para luego, con este conocimiento, intentar construir las bases de un futuro nacional que nos incluya a todos/as.

Solamente la verdad nos hará libres

Levantar la bandera de la democracia, y al mismo tiempo solicitar la intervención de la OEA para defender esta bandera, como lo hacen los grupos de oposición en Nicaragua, es una contradicción insalvable, por las razones antes expuestas. Pero, peor aún, levantar la bandera de la democracia pidiendo el apoyo de la derecha gringa que gobierna a los Estados Unidos hoy es, en el mejor de los casos, una idiotez. ¿O es que alguien en Nicaragua toma en serio las divertidas palabras de Carlos Trujillo –el embajador gringo en Managua–, quien con cara seria nos asegura que Donald Trump –el presidente más corrupto, autoritario e ignorante en la historia de los Estados Unidos– “tiene el compromiso con que Nicaragua regrese a la democracia”? (La Prensa, 05/10/2018).

El gobierno y el régimen político que hoy controla el país, es el producto de nuestro atraso político; es decir, de nuestra manera de pensar y practicar la política. Así pues, no son los estadounidenses, (ni los curas, ni los guardias) los que nos salvarán de nuestra propia incapacidad para entendernos y construir las bases de una verdadera sociedad política nacional. Repitamos entonces la conocida frase que dice que “solo el pueblo salva al pueblo”; y aceptemos que solamente un acto de voluntad política colectiva nos puede enrumbar hacia un futuro mejor. Este acto debe desembocar en un verdadero diálogo nacional que sea algo más que una terapia colectiva en la que los participantes monologan convencidos de que “los malos” son “los otros” y, de que ellos por sentirse libres de culpa, pueden lanzar la primera y la última piedra.

Pero el diálogo necesita de la palabra; y los nicaragüenses hemos corrompido el lenguaje con que decimos expresar nuestras aspiraciones. Necesitamos, pues, trabajar en la construcción de lo que Octavio Paz llama un “contrato verbal” que sirva de base al consenso social que tanto necesitamos. Una de las condiciones de este “contrato verbal” es el compromiso de todos/as a no disimular las faltas de nuestros aliados y partidarios (ver Pérez Baltodano, Confidencial, 27/06/2018).

Comprometámonos también a no mentir, disimulando y trivializando el trágico legado del intervencionismo estadounidense en nuestro país, como lo hacen los que esperan –con mal oculto entusiasmo–, una “segunda Nota Knox” dirigida a los Ortega Murillo (ver Humberto Belli, La Prensa, 3/12/2018). Respetemos el sentido de las palabras y dimensionemos adecuadamente los retos a los que nos enfrentamos. Nicaragua vive hoy bajo el imperio de un gobierno corrupto y asesino. Pero, por favor, no digamos que Nicaragua bajo los Ortega Murillo ha sido transformada en un Auschwitz centroamericano (ver Rocha Urtecho, Confidencial, 2/12/18). Hacerlo es contribuir a la polarización del país, distorsionar nuestra realidad, e irrespetar la memoria del Holocausto.

Solamente la verdad nos hará libres. La búsqueda de esta verdad nos debe obligar a discutir con seriedad, sin insultos, sin mentiras, sin exageraciones y sin disimulos, el futuro de nuestro país. No debemos, pues, esperar que los Marco Rubio, las Ileana Ros-Lehtinen, “un tal” Almagro, o los Carlos Trujillo de este mundo, nos salven de nosotros mismos y, sobre todo, de nuestra ineptitud para vernos reflejados como un todo en el espejo de la historia.