Opinión

Somocismo, Sandinismo y Orteguismo

El mal endémico del populismo o mesianismo recae en la responsabilidad colectiva, es la misma ciudadanía quien crea estos salvadores



“No olvidemos que hay caudillismo

no solo porque hay caudillos, sino

porque hay una sociedad que los produce”.

Alejandro Serrano Caldera.

 

Nicaragua, tierra de lagos y volcanes, de poetas y, también, de caudillos que han sometido al país a diversos ensayos políticos que no han logrado éxito. El siglo XX fue atrapado por la dictadura que inició Tacho Somoza y que finalizó con el triunfo de la llamada Revolución Popular Sandinista en 1979. Del sandinismo pasamos a la época liberal, y del Pacto Alemán-Ortega, retornamos a un sandinismo que han querido calificar como Orteguismo para crear una disyunción entre el sueño revolucionario y la tiranía de Ortega-Murillo, aun cuando las violaciones sistemáticas de derechos humanos son las mismas de la “década perdida”.

El problema no es solo del individuo que se cree un mesías estatal. El mal endémico del populismo o mesianismo recae en la responsabilidad colectiva, es la misma ciudadanía quien crea estos salvadores que suelen surgir y tomar ventaja en tiempos de crisis. El doctor Alejandro Serrano Caldera nos va decir que es la sociedad la que produce los caudillos. Y estos caudillos hacen de todo (censura, exilio, prisión, muerte, etc.) para contener el poder y entronizarse en él con pretensiones dinásticas.

En los últimos años, Ortega-Murillo han venido socavando nuestra débil democracia e institucionalidad, pues, las urnas de 1990 solo cambiaron el rostro gubernamental, pero la impunidad a los crímenes de 1979-1990 es la sombra que cubre esta transición política. Por ello, Nicaragua ha padecido de anarquías, guerra, inestabilidad y dinastías, que una vez en el poder optan por controlar todo, principalmente el poder electoral para que a través de los fraudes, seguir institucionalizando la violencia y el autoritarismo con el apoyo del resto de poderes sometidos al Ejecutivo.

Estas transiciones políticas: del somocismo al sandinismo, del sandinismo al liberalismo y del liberalismo al orteguismo, son las consecuencias de pactos, acuerdos y cúpulas de una cultura política que intenta acaparar todo el poder y excluir de este a quien se oponga. Por ello, Emilio Álvarez Montalván nos va decir que “no nos agrada entrar en competencia cívica con el adversario, sino que tenemos la compulsión de apartarlo o descalificarlo”. Ahora es clarividente por qué se les llamaba “contrarrevolucionarios” a los opositores a la utopía sandinista, y cómo Daniel y Rosario nos llaman “somocistas” a quienes no formamos parte de su tiranía familiar.

El drama de la Nicaragua de hoy, esa misma que oscila entre pactos, impunidades y amnistías, pareciera que pudiera romperse y terminar con el mal endémico del caudillismo.Es la primera vez que el pueblo exige la verdad, la justicia para las víctimas y que está dispuesto a defender sus derechos y libertades, porque hemos sido víctimas de las elites fácticas y del poder político que tolera la crítica y que impone la verdad que desde el estado quieren dogmatizar. Frente al caudillismo no debe existir la crítica y el debate sobre la cosa pública.

Sin embargo, pese a los deseos de querer hacer avanzar a la Nicaragua, “bicicleta estacionaria” (metáfora del filósofo Alejandro Serrano Caldera), debemos de desterrar el caudillismo político. Fabián Medina Sánchez en su prólogo de El Preso 198 (el dictador Ortega) nos va insistir en la culpa colectiva de crear caudillos: “El problema no es Daniel Ortega… el problema somos nosotros. Si no hubiese existido Daniel Ortega estaría otro. Y eso no va a cambiar mientas nosotros no dejemos de crear los Somoza, los José Santos Zelaya, los Emiliano Chamorro o los Daniel Ortega”. Si al caudillismo no se le sigue ni se le respalda, difícilmente llegará al poder a imponer criterios donde discrepar sea delito.

Esta nueva historia que hoy escribimos con la sangre de nuestros asesinados, de la herida que aún no cierra de los desaparecidos y presos, del dolor del sentirnos apátridas en este exilio, siempre valdrá la pena en las páginas de la historia nicaragüense. La nueva estirpe sangrienta (los Ortega-Murillo) y la juventud que hoy se alza contra la tiranía, la barbarie y el totalitarismo, será recordada y cuando pregunten y diga del porqué de esta resistencia, digamos con las palabras de Pedro Joaquín Chamorro: “que sirva para explicar a los hijos de los que han muerto asesinados por los [Ortega Murillo], el porqué del sacrificio de sus padres”. Es porque Nicaragua vuelva –o logre ser- República.

El reto es grande, enorme, pero la juventud y el pueblo nicaragüense se alzarán con la victoria. Aquella profecía de Darío que las generaciones futuras proclamarán la paz, ya se va vislumbrando en Nicaragua. Es por ello que, concluyo citando las palabras de Cristiana Guevara-Mena en su artículo Relevo generacional: ¿liderazgo o servilismo?: “debemos (los jóvenes) representar algo distinto, golpear la mesa e imponernos con ideas irrefutables y protestar contra el sistema actual. No dejemos que los comportamientos tradicionales arcaicos y mediocres abrumen nuestra personalidad como nuevos políticos. La forma idónea de pensar por nosotros mismos es educándonos para desarrollar criterio y carácter. Es la única manera de generar cambios positivos y sustanciales en la política y, sobre todo, en nuestras vidas. No hay otra manera”.

*El autor es universitario en el exilio.