Nación

EE. UU. deportó a 432 nicaragüenses hasta septiembre

Sueños truncados: Los nicas deportados de Estados Unidos

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Las historias de Camilo y Neftalí, dos migrantes a quienes el sueño estadounidense se les convirtió en una pesadilla con el inicio de la Era Trump



I. La mala suerte de Camilo

El hijo de Carmen se marchó de Nicaragua cuando tenía quince años. Y tras una estadía de doce años en Estados Unidos, un miércoles del pasado agosto regresó al país del que huyó buscando tener mejores oportunidades económicas. Carmen no esperó a su hijo en el lobby del aeropuerto internacional Augusto César Sandino. Ella aguardó en el portón nueve, bajo el inclemente sol de Managua y en compañía de una treintena de personas que también llegaron a recoger a sus familiares deportados de Estados Unidos.

El portón nueve estaba resguardado por seis agentes de seguridad del aeropuerto. Entre ellos sobresalía un tipo fornido, algo bajo, de lentes oscuros, que tenía en su mano una lista, con nombre y apellido, de los ciudadanos nicaragüenses que regresaban deportados. Carmen se acercó al sujeto que estaba en la entrada y preguntó por Camilo, su hijo. El hombre le respondió y ella regresó con una cara de decepción.

–¿Qué le dijeron?–.

Pues que va directo a El Chipote y que hasta mañana me lo van a entregar– respondió Carmen, con tono apesarado.

Ese miércoles, el grupo que llegó a esperar a sus familiares fue menor que el usual. Un empleado de seguridad comentó que en aquel vuelo regresarían menos de cuarenta personas. En otras ocasiones, el número de deportados ha sido mayor. De un avión bajaron casi 60.

La mayoría de personas que aguardaban también a un familiar, recibieron la misma respuesta que Carmen. El argumento que les ofrecieron las autoridades nacionales, es que el traslado directo hasta las celdas de la Dirección de Auxilio Judicial (DAJ) se debía a que algunos regresaban de Estados Unidos con antecedentes delictivos. Camilo no es un santo, pero según Carmen, no cometió ningún crimen durante su estancia en aquel país. “Si hasta estaba en proceso de tramitar sus papeles para trabajar allá”, aseguró con aplomo.

Carmen tenía la esperanza de ver su rostro, aunque fuese a lo lejos. “No me voy a ir, si es mi hijo y no quiero que venga y no me vea. Tan siquiera que sienta mi apoyo desde aquí”, afirmó la señora.

A mediodía, todos empezaron a desesperarse. El guarda de seguridad confirmó que el avión aterrizó, pero todavía los deportados no bajaban. Carmen suspiró, maldijo al presidente estadounidense Donald Trump y expresó su malestar en contra de la política antimigrantes que el mandatario interpuso desde su llegada al poder.

“Ese hombre odia a los latinos. ¡Si al presidente de México le dijo en su cara que ellos (los mexicanos) iban a construir el muro! Pobre mi hijo, él no ha hecho nada, si me lo deportan es porque ese hombre (Trump) no quiere a nuestra raza”, afirmó indignada Carmen, quien, sin embargo, rápidamente cambió su enojo por felicidad al ver a Camilo.

–Allá viene, allá viene, mi hijo, mi Camilo– dijo con una inmensa alegría.

–¿Cuál es?–.

–Es ese, el que viene a la par del hombre de camisa gris, mi hijo– respondió eufóricamente Carmen.

Nicaragua no es una opción

El Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos (DHS siglas en inglés) deportó entre 2006 y 2015 a 17,543 nicaragüenses nacidos en distintas partes del país. “Es notable el número de personas que son originarias de la zona central y norte”, confirmó una fuente de la Dirección General de Migración y Extranjería a Confidencial. “Y son más hombres que mujeres los que regresan”, declaró.

La organización Nicasmigrante registró 795 nicaragüenses deportados en el 2016. De acuerdo a los reportes informativos de los medios oficialistas, hasta septiembre de este año, alrededor de 432 personas fueron expulsadas de Estados Unidos. De continuar la proyección, es muy probable que el número de nicas que regresen al país al final del 2017 sea menor a cifras anteriores.

Camilo habla con  acento caribeño. Aquel tono chinandegano desapareció. Cuando sostiene una conversación, pronuncia la ‘r’ como ‘l’ y adopta ademanes propios de puertorriqueños o dominicanos.

Su viaje desde Nicaragua fue similar al de varios ciudadanos que llegaron a Estados Unidos de forma irregular. Contactó con un coyote, recorrió Honduras, Guatemala y México, y cruzó el Río Bravo para llegar “al otro lado”. A pesar de tener quince años en aquel entonces, no dudó en ponerse a trabajar para prosperar y enviar dinero a Nicaragua.

No era alcohólico, pero tomaba de vez en cuando cervezas. No se metía en pleitos y huía a los conflictos de las calles. No quería arruinar todo lo que estaba cosechando y mucho menos el futuro que estaba construyendo junto a su mujer, y sus tres hijas.

Durante el Gobierno del presidente Barack Obama, Camilo y la madre de sus hijas, encontraron una ventana hacia la legalización. Asistieron a la oficina de Servicio de Ciudadanía e Inmigración de Estados Unidos (USCIS por sus en inglés) y se comprometieron a pagar los impuestos que no habían cancelado durante muchos años. Era bastante dinero, pero valía la pena saldar esa deuda y así trabajar sin ninguna preocupación de deportación.

Todo marchaba a pedir de boca. La legalización estaba en camino. La empresa de limpieza que tenía junto a su mujer y otros familiares estaba generando buenas ganancias. El futuro parecía resuelto. Sin embargo, en agosto del 2016, unas declaraciones de Trump (entonces candidato a la presidencia) a la NBC, retumbaron en la mente de Camilo.

Trump dijo en esa entrevista que una vez electo presidente, deportaría a todos los inmigrantes indocumentados y rescindiría las órdenes ejecutivas sobre inmigración. En noviembre del 2016 el controversial personaje fue electo como el nuevo mandatario. El miedo a ser deportado renació.

Camilo se desesperó. A partir de ese momento trató de hacer todo a la perfección. Si antes se alejaba de los problemas, ahora no quería ni verlos pasar. Sin embargo, una noche recordó un altercado que tuvo junto a un amigo y que le mantuvo detenido varios días en una cárcel.

“Un amigo de él iba manejando borracho, y mi hijo iba de copiloto. Aquí en Nicaragua no es delito, mientras no vayas manejando, pero parece que allá sí, y los arrestaron a los dos. Las cosas, luego de varios días, se arreglaron. Él siguió trabajando y pagando sus impuestos”, afirma Carmen.

En junio del 2017 Camilo y su mujer recibieron una llamada de la oficina del USCIS, aparentemente de rutina. Aunque existía el temor a ser deportados (la esposa es hondureña), ambos trataron de abandonar esa idea. Primero entró su esposa. Todo marchó bien. Salió de aquel lugar confiada. Luego fue el turno de Camilo. Transcurrieron varias horas y nunca salió por aquella puerta en la que entró. Pidió una explicación, y se la dieron: en los próximos días iba a ser deportado a Nicaragua.

Camilo estuvo casi un mes en detención administrativa, a espera de una decisión sobre su estatus, que podía ser una admisión o una expulsión. La suerte no estuvo de su lado, y las autoridades estadounidenses lo enviaron en un vuelo, junto a otros migrantes, hacia Nicaragua.

Camilo y Carmen, son nombres ficticios que fueron usados para dar forma a este artículo periodístico. Para esta entrevista madre e hijo decidieron no revelar muchos detalles de sus vidas. El hombre de 27 años de edad no quiere exponer a su pareja y a sus hijas, que se encuentran en Estados Unidos, “esperando” a que él regrese para continuar la vida que llevaban juntos. Una que fue arrebatada de forma “injusta” por las políticas migratorias del presidente Trump.

“Mi hijo ahorita está lejos, largo. No puede recibirlos en la casa”, nos contó vía telefónica Carmen, quien aseguró que ella tampoco estaba en su hogar. “Ando viajando aquí mismo en el país”, argumentó con un tono nervioso.

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Ilustración: Juan García | CONFIDENCIAL.

II. Los planes truncados de Neftalí

El abrazo entre padre, madre e hija, es emotivo. La escena conmueve hasta a un vendedor de bolsas de agua helada que está sentado en una de las bancas de la estación de autobús. Las dos mujeres y el hombre permanecen unidos por más de cinco minutos. Los tres lloran, se besan, se abrazan más fuerte. “Papito, papito, estás vivo, estás aquí”, repite una y otra vez la muchacha. “Si amorcito, ya vine, ya vine, ya no me vuelvo a ir”, contesta sollozando el padre. El abrazo parece interminable, la sensación de recuperar a un ser querido lo extiende más.

El nombre del hombre que bajó del autobús es Neftalí Amador. Tras una travesía de dos meses, regresó a Nicaragua luego de ser deportado de los Estados Unidos. También iba en busca de mejorar su nivel de vida y el de su familia, sin embargo, un retraso del ‘coyote’ que iba a recogerlo le condenó a una captura de parte de los oficiales de migración en McAllen, Texas. “Si el guía hubiera llegado a la hora que era, otra historia sería”, afirma con seguridad este hombre de 45 años.

Previo a su viaje, Neftalí trabajaba como soldador y reconstructor de piezas de equipos pesados y livianos. “Para ese entonces estaba preocupado porque solo sacaba para pagar la luz, unos tres mil córdobas al mes. En la desesperación, un concuño de mi mujer me comentó si quería trabajar en Estados Unidos. Allá iba a ganar 800 dólares al mes trabajando en una empresa de mantenimiento. No lo dudé, él me dijo que se iba a encargar de todo y así comenzó todo”, narra Amador.

El pariente de Neftalí lo puso en contacto con una pareja de guías (coyotes) en Honduras. A cambio de ocho mil dólares, ellos se encargarían del viaje y de llevarlo hasta Tennessee en un período de doce días. Sin embargo, el tiempo no se cumplió por distintas razones.

La primera tuvo que ver con una falsa promesa hecha a Neftalí. “Cuando salimos desde Honduras, junto a cuatro personas más, nos dijeron que íbamos directo, que era como viaje expreso, pero cuando estábamos en la Ciudad de México, nos dimos cuenta que los conductores de los camiones no se movían por menos de 80 personas”. En ese sitio los tripulantes estuvieron varados por once días en una bodega con aire acondicionado y colchonetas.

Los migrantes también fueron abandonados por la pareja de ‘coyotes’ hondureña. “Nos dijeron que quedábamos en buenas manos, pero ya tenía un presentimiento de que no íbamos a llegar a nuestro destino”, cuenta Neftalí. A partir de ese momento, el grupo estaba a cargo de Flamingo, un mexicano que designó a Canelo, el chofer que los iba a trasladar a Reynosa, Tamaulipas.

En el camino hacia Reynosa surgió  otro retraso, otra vez de once días. En esta ocasión el impedimento obedeció a la existencia de los retenes policiales que estaban en la ruta. Los sobornos no fueron aceptados por las autoridades. Canelo explicó que no agarraron el dinero porque había oficiales de rangos superiores en la zona y que eran “incorruptibles”.

Sin oportunidad de avanzar, el grupo fue redirigido a Tabasco. En ese lugar, para esos días llegaron más migrantes. Ahora no eran cuatro, sino ochenta personas de distintas nacionalidades de Centroamérica. El numeroso grupo fue obligado a montarse en un camión refrigerante cuyo aire acondicionado no funcionó. En el camino una joven de 25 años, que tenía ocho meses de embarazo y cuyo objetivo era que su hijo naciera en Estados Unidos, sucumbió a la presión y terminó dando a luz en el parqueo de una gasolinera.

“Pasamos cuatro días en ese camión hasta que llegamos a Reynosa, donde estaba el Sheka”, afirma Neftalí. En ese sitio los migrantes fueron distribuidos entre varios ‘coyotes’. El grupo del nicaragüense se redujo a doce personas. Cruzaron el Río Bravo en una balsa un lunes a las 4:00 de la madrugada. Del otro lado, caminaron cuarenta minutos hasta un rancho situado en McAllen, Texas. Luego avanzaron cinco minutos más hacia otro rancho, en donde el último ‘coyote’ les haría el ‘levantón’. Pero el hombre y su camioneta, nunca llegaron.

El ‘coyote’ debía estar a las 6:00 de la mañana. Las esperanzas de Neftalí y el grupo se desvanecieron completamente cuando transcurrieron casi dos horas y las patrullas de migración circulaban a cada minuto cerca del sitio en el que estaban escondidos. “Fíjese que las camionetas pasaron cerca y no nos vieron, pero un perro jodido comenzó a ladrar y eso alertó a los oficiales. Ellos soltaron a uno de sus perros y este fue directo hacia nosotros, ahí terminó el sueño”, cuenta con pesadez Neftalí.

“Pelear” el caso

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Ilustración: Juan García | CONFIDENCIAL.

El ‘Informe Remesas Familiares’ publicado por el Banco Central de Nicaragua (BCN), detalló que el monto de remesas procedente de Estados Unidos ascendió a 181.0 millones de dólares en el primer trimestre del 2017, superando al observado en 2016 (169.1 millones de dólares), lo que significó una variación interanual de 7.0 por ciento.

De acuerdo con este informe, el crecimiento registrado en el flujo de remesas desde Estados Unidos, fue congruente con la disminución del desempleo hispano, el cual representó el 5.5 por ciento de la población hispana total. Adicionalmente, detalla el documento, el flujo de remesas recibidas desde Estados Unidos se vio favorecido por la recuperación de la industria de construcción, que en conjunto con el sector de servicios, concentra la mayor parte de la mano de obra de los centroamericanos residentes en EE.UU.

“Yo lo que quería era estar allá para mandarle a mi familia. Mi plan era trabajar unos dos años, ahorrar para comprar un terreno y montar mi propio taller aquí. Pero no pude. Eso sí, todavía estando preso, tuve una última oportunidad”, cuenta Neftalí.

Esa oportunidad que menciona Neftalí la tuvo cuando estuvo en una prisión en San Antonio, Texas. Tras la detención en McAllen, el concuñado le sugirió que “peleara” su caso pidiendo asilo político apoyado por la situación laboral en Nicaragua. Neftalí lo hizo tal y como se lo ordenó su familiar, sin embargo, varios días después de estar detenido su concuñado nunca contestó las llamadas que le hizo a su casa.

“Esperé doce días en una prisión, aguantando esa comida horrible que daban. Esperanzado en mi concuñado, pero no apareció. Una mañana me llevaron a hablar por teléfono con la oficial de migración para que le expusiera mi caso”, relata el hombre.

Durante esa conversación Neftalí habló sin tapujos. Expresó lo difícil que había sido para él conseguir trabajo en Nicaragua y lo politizado que son los procesos, en los que sin un aval político, no se puede laborar en las instituciones del Gobierno. Luego de varios minutos y de haber estudiado el caso, la autoridad del otro lado del teléfono, respondió positivamente.

“Me dijeron que mi caso era creíble. Yo me quedé callado, estaba feliz pero triste a la vez. Feliz porque tenía una oportunidad, podía salir bajo fianza y tener un permiso de trabajo. Pero con el abandono de mi concuñado, todos los planes se vinieron abajo. No tenía quién me pagara un abogado ni quien pagara mi fianza. Así fue como pedí mi deportación a Nicaragua”, expresa.

Casi tres meses después de toda esta experiencia, Neftalí regresó a trabajar de soldador. Afortunadamente las empresas para las que trabajaba de forma independiente le llaman para realizar algunos trabajos. Sentado en el sofá de su casa, analiza todo el periplo y asegura con aplomo que “no regresaría a Estados Unidos, de forma ilegal no, ni que me pagaran el viaje”.

“Si algún día regreso a Estados Unidos lo voy a hacer de forma legal. Irse a como me fui yo, ahorita, con este presidente, es duro, difícil, complicado. Incluso, si ya tenés tiempo viviendo allá, cualquier error te lo cobran y te deportan”, reflexiona.

“Trump aplica la ley de forma rigurosa”
  • La amenaza de deportación aumenta con la administración republicana, contrario a la esperanza que significó Barack Obama

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Martha Cranshaw es coordinadora de Nicasmigrante, una organización social sin fines de lucro, que desde 2006 vela por los derechos humanos de las y los migrantes nacionales. Los análisis realizados por esta institución permiten tener una idea más clara de qué es lo que piensa él o la nicaragüense que está viajando o se encuentra asentado en Estados Unidos.

¿Cómo vivía el migrante nicaragüense durante la presidencia de Barack Obama?

Con Obama los migrantes que estaban irregulares vieron la posibilidad de un camino para un proceso de regularización. Muchas personas comenzaron a pagar sus impuestos y tenían claro que Obama sí estaba deportando, pero lo hacía con un orden de prioridad orientado a los migrantes que habían cometido crímenes o tenían un trámite de juicio. Claro, con Trump esto no es así, la luz que estaba se desapareció y saben que en ese proceso de deportación no existe un orden de prioridad.

¿Cuál era ese orden de prioridad de deportación?

En la época de Obama, si una persona estaba trabajando y no había estado detenida y tampoco era miembro de alguna banda violenta, la prioridad de deportación era baja. Si estabas detenido, no estabas trabajando y no tenía ni un solo delito leve, la prioridad continuaba siendo mínima.

¿Cómo es el actual proceso para deportar a una persona irregular?

De acuerdo a la ley existen varios elementos por los cuales te pueden deportar. Puede ser un delito leve, grave o una condena a prisión. Un delito leve puede ser manejar sin licencia, pero con la política no se respeta el orden de prioridad, deportan a cualquiera.

¿Qué deben hacer los nicaragüenses en Estados Unidos para evitar ser deportados?

Las leyes en Estados Unidos son distintas a las de Nicaragua. No solo no puede manejar el que anda tomado. Su acompañante no debe permitir que este maneje. Con Trump no hay delito grave, ligero o mediano. Se trata de que están aplicando la ley de forma rigurosa. Hay personas que han manejado sin licencia y creen que hacer allá es como aquí en Nicaragua, que se paga la multa y se acabó. En la cultura americana no es así, sobre todo si sos irregular. Este tipo de cosas traen un precedente negativo.

¿Cuál es el panorama actual de los migrantes en Estados Unidos?

Tenemos que estar pendientes de varias cosas. El cinco de octubre es una fecha importante pues se vence el periodo para que las personas soliciten su permiso de trabajo o lo renueven. Con todo esto de los huracanes Estados Unidos va a necesitar mano de obra y no sabemos si pueda haber un cambio, en ese sentido, en las políticas migratorias.

Precisamente el mes de marzo, es el tiempo establecido por Trump y que dio al Congreso para definir una política migratoria. ¿Cómo van a enfrentar esta crisis y qué implicaciones va a tener para las regulaciones migratorias? ¿Cuál va a ser la reacción del Congreso respecto a la política de Trump?

Comparado a otros países de la región, Nicaragua recibe menos deportados de Estados Unidos ¿Cómo debe atender este problema el Gobierno?

No solo el Gobierno, también las familias de los migrantes deben trabajar en atender este tipo de problemática social, disminuirla y preverla. Por ejemplo, si yo tengo a familiares que viven en Estados Unidos y existe un riesgo en que sea deportado, debo ahorrar de lo que me mande para enfrentar alguna situación de crisis. Estamos en el momento oportuno de hacerlo.

 


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