Opinión

Temen hablar de política en público

No pienso que referirme a la libertad de expresión sea un delito en Nicaragua. ¡Qué equivocación la mía!



Durante las presentaciones de mis dos últimos libros —Medios y Poder en Nicaragua (2015) y Asedios a la libertad (2016)— por distintos departamentos del país, miembros de la Juventud Sandinista se han aparecido, cámara en mano, a grabar mis intervenciones, el acontecimiento se repitió en León y Jinotega. Son miembros de la organización Jóvenes Comunicadores, auspiciada por el gobierno. En Estelí se produjo una variante sustancial. Ya no fueron los jóvenes los interesados en filmarme. Esta vez se presentó Joseph Mejía, me lo encontré en el portón de entrada de la Universidad del Norte de Nicaragua (UNN), me saludó y al regresar hacia afuera de las instalaciones, le pregunté qué hacía. “Tomo imágenes de recursos para hacer un comercial”, fue su respuesta. Se metió en un aula y empezó a grabar. Di por cierto su trabajo. Antes de la presentación de rigor, por parte del periodista Roberto Mora, corresponsal de La Prensa en Estelí, Mejía me regaló su tarjeta de presentación. Consideré que se trataba de un gesto amable de su parte.

Al acto asistían como invitados, periodistas y estudiantes de periodismo, comencé mi disertación agradeciendo a las autoridades de la UNN, luego entré en materia: la libertad de expresión y las trabas existentes para su pleno ejercicio, tema que debería interesar a todos los nicaragüenses. Constituye el aspecto central de mi libro Asedios a la libertad. Mejía entró al local con un acompañante, quien hacía las veces de camarógrafo, grabó de principio a fin mi intervención. Después el periodista Gilberto Rugama, abrió el período de preguntas y respuestas. Al contestar buena parte de las preguntas, ambos abandonaron el local. Una estudiante me preguntó si en algún momento había recibido amenazas. Supuse que eran amenazas provenientes del sector gubernamental. Le dije que no. No me han amenazado. Igual pregunta me hicieron en Jinotega. Mi respuesta fue similar. Nunca he sido amenazado, lo que hacen es mandarme a grabar. Sus razones tendrán, alegué. Hasta este día siempre quise creer que no lo hacían con afán intimidatorio.

El periodista Leónidas Rodríguez intervino, haciendo referencia a la autocensura y las amenazas latentes que penden sobre sus cabezas. Es inevitable que los periodistas mencionen los daños derivados de la autocensura. Sienten temor, no solo ellos, también los dueños de medios. Las consecuencias han sido trágicas. No hay un solo periodista que no mencione este mal. En cuanto al miedo de abordar ciertos temas, afirmé que las encuestas realizadas años atrás, recogían estos temores. Insistí en la falta de cumplimiento de la Ley de Acceso a la Información Pública (Ley 621), y el uso discrecional que hace el gobierno con la publicidad oficial. El periodista Miguel Figueroa, se quejó de los tropiezos que tienen con los funcionarios públicos. Jamás los atienden. Debido a su insistencia, aclaré que el polaco Ryszard Kapuscinski, evitaba las fuentes oficiales, bajo el argumento que solo hacen propaganda. Cero autocríticas. Les recordé que siendo un periodista emblemático, sus textos deberían servirles de consulta.

Estuve de acuerdo que la calidad de la información —se debe al menos— al acceso que supone deben tener los periodistas, ante los encargados de administrar la cosa pública. Tienen obligación por ley de atenderles, un principio con rango constitucional. ¿Cuándo ha sido más fuerte la censura, durante el somocismo o en la actualidad? Me preguntó una estudiante. Mencionó el Código Negro. Establecí las diferencias y acoté que el tema era complejo. Las cuantiosas multas impuestas por el somocismo generaron una enorme solidaridad. La ciudadanía abría cuentas bancarias para ayudar a pagarlas. Cité la Declaración de Chapultepec, mencioné el incumplimiento del Artículo 7, que suscribe que los gobiernos no otorgaran la publicidad oficial, ni concederán las frecuencias radioeléctricas, como premio o castigo. En 2001, siendo candidato a la presidencia de Nicaragua, el comandante Ortega se comprometió asumir estos postulados, así como los demás candidatos. La firma se realizó en casa de doña Violeta Barrios de Chamorro.

La misma estudiante me preguntó, qué si había libertad de expresión en Nicaragua. Adónde llego me preguntan lo mismo y respondo de igual manera. Existe, nada más que su ejercicio está condicionado y se ve asediada por los poderes públicos como privados. Evocando a Foucault, hablé de la multiplicidad de poderes. Hoy la libertad de expresión también es acechada por diversos actores. Hay que tener presente, que el sector empresarial busca condicionar la entrega de la publicidad. No quieren ser objeto de cuestionamientos, pretenden situarse por arriba del bien y el mal. Siendo extremadamente sincero, me extendí sobre la fragilidad que conlleva estudiar periodismo. Su estatus precario. Ignacio Ramonet, adelantó la metamorfosis radical que experimenta el periodismo. El problema histórico en Nicaragua sigue siendo, que los dueños de medios ungen como periodistas a quienes se les antoja. Hay muy poco respeto por la profesión. A esto deben sumarse los retos y desafíos procedentes de internet.

Casi al final, el periodista Miguel Figueroa, aludió los temores que percibe entre la ciudadanía, de hablar sobre diferentes temas, especialmente políticos. La gente no quiere hablar, esto complica nuestro trabajo, añadió. Muy pocos brindan entrevistas, su actitud se debe a que no quieren ser objeto de represalias. Todo lo anterior ocurrió el 10 de diciembre en el Auditorio de la UNN. En Managua no se habían presentado aún los resultados de la Encuesta Nacional de Nicaragua—2016, realizada a 1560 nicaragüenses, entre el 13 de septiembre y el 19 de octubre de 2016, por Barómetro de las Américas (Proyecto de Opinión Pública de América Latina (Lapop). Otra joven indagó sobre mis propios temores. Hasta la fecha he procurado no autocensurarme. Tampoco pienso que referirme a la libertad de expresión sea un delito en Nicaragua. ¡Qué equivocación la mía! Repetí que me grababan por razones de interés. Al oírme, muchos sonrieron. Después aclararon los motivos de sus carcajadas. ¡Quedé sorprendido!

Mejía y su acompañante, acababan de salir del local; me explicaron que él ya no hacía periodismo, que no trabajaba para ningún medio, que una vez laboró para Telenica, Canal 8. Más bien Mejía ahora trabaja para el Ejército de Nicaragua. Seguramente lo enviaron a grabarte. ¡No lo podía creer! Al enterarme de su ocupación, me interrogué sobre las razones de su actitud. ¿Me entregó su tarjeta con el propósito que me autocensurara? ¿Debería suponer lo contrario? ¿Lo había hecho con la intención de protegerme? ¿Protegerme de quién? ¡Pierden el tiempo! ¡Yo no digo nada que atente contra la seguridad del Estado! Soy crítico de las políticas de comunicación del gobierno. Crítica que también hice durante los gobiernos de Chamorro, Alemán y Bolaños. Las hago como académico y como ciudadano. Indagué entre antiguos topos vinculados con la Dirección de Inteligencia Militar (DIM), si Mejía hacía labores de espionaje y me lo ratificaron. En Estelí todos lo sabían menos yo.

Los resultados de la encuesta de Latino Barómetro 2016, son concluyentes, apuntan en la dirección que me plantearon periodistas y estudiantes. El 63% de los nicaragüenses creen que hay que cuidarse de no hablar de política, incluso entre amigos. Al término de dos años, las cosas han empeorado. En 2014 el 55% opinaba que los nicaragüenses no debían hablar del tema entre amigos, este año hubo un incremento considerable, subió ocho puntos. ¿Temen ser delatados? ¿Triste, no? Como contraste, los medios gozan de altísima confianza. El 69% de los nicaragüenses considera fiable su desempeño. En comunicación no solo es cuestión de quién posee el mayor número de medios. Los radioescuchas, televidentes y lectores, valoran su labor informativa y las condiciones adversas en que ejercen el periodismo. Ante la falta de partidos políticos creíbles y la crisis institucional que vive Nicaragua, los medios han asumido la defensa de las libertades ciudadanas. La preocupación de los estudiantes y periodistas estelianos, ¡son comprensibles!