Confidencial

Testimonio ante el Consejo de Seguridad de la ONU

Félix Maradiaga expuso la crisis de Nicaragua. EFE | Confidencial

Sesión del Consejo de Seguridad,

New York City, 5 de Septiembre de 2018

 

Señora Presidenta agradezco su liderazgo y disposición de poner la situación de Nicaragua en agenda.

Señoras y señores:

Pocas naciones del mundo han tenido una historia tan difícil de búsqueda de la paz, como Nicaragua. Aún está fresca en nuestra memoria el conflicto armado que sufrimos durante la década de los ochenta, que causó miles de muertos y desestabilizó a toda Centroamérica. En esa historia cíclica de conflictos, Nicaragua ha contado con la ayuda de la comunidad internacional cuando ya resulta ser demasiada la sangre derramada. Vengo ante ustedes, para transmitir la urgencia de una situación que amenaza la paz y la seguridad de toda una región, como puede claramente deducirse de los más de 23 mil refugiados nicaragüenses que en menos de cuatro meses han tenido que salir hacia la vecina Costa Rica.

Conozco en carne propia las consecuencia de un conflicto que se sale de control y se expande por toda una región, cuando bien podía ser prevenido usando los instrumentos que permite la Carta de las Naciones Unidas y el sistema interamericano. A mis doce años de edad me tocó vivir en campo de refugiados en el estado de Texas, luego de atravesar solo, como indocumentado, la frontera entre México y Estados Unidos de América tratando de escapar el conflicto armado en Nicaragua. En 1990 regresé a Nicaragua, lleno de entusiasmo en la reconstrucción de mi país.

Las experiencias de mi niñez definieron mi compromiso con los derechos humanos, con el desarme y la no-violencia. Fue así que en el año 2003 me convertí en “Disarmament Fellow” gracias a un programa de Naciones Unidas aquí en esta misma sede. Poco tiempo después inicié un programa académico para entrenar en mi país a líderes emergentes juveniles en los principios de Cultura de Paz.

Fue a través de mis contactos como profesor universitario que una noche del 20 de Abril de este año, recibí llamadas desesperadas de varios mis ex estudiantes. Una de esas llamadas aún parte mi corazón en pedazos, con el ruido de armas de fuego en el fondo, me decían: “!Profesor, nos están matando…ayúdenos!”. Ese día cientos de jóvenes universitarios estaban refugiados en la Catedral de Managua luego de que la policía de Nicaragua disparara indiscriminadamente a los protestantes. Esa tarde misma había muerto de un disparo en el cuello, Álvaro Conrado, un niño de quince años que salió a darle de tomar agua los estudiantes.

Durante las semanas siguientes observé impresionado como decenas de miles de personas salían a las calles pacíficamente a protestar por sus derechos civiles. Al igual que miles de Nicaragüenses, en abril me sumé a grupos improvisados para ayudar a heridos que no eran aceptados en los hospitales públicos. Esta ponencia no me daría tiempo para hablarles del dolor de ver tantos cuerpos de jóvenes desbaratados por balas disparadas por francotiradores. El 30 de Mayo, en la “Marcha del Día de las Madres”, frente a mis ojos vi el cerebro de un adolescente explotar por una bala. Yo personalmente logré sobrevivir un atentado el día 28 de Mayo cuando paramilitares trataron de dispararme a pocos metros de mi oficina.

Uno de los elementos más preocupantes de esta crisis es la criminalización de la protesta cívica a través de la creación de una ley anti-terrorismo que califica como tal a cualquier acción ciudadana de protesta. Una de las primeras denuncias oficiales fue en mi contra, ya que el 3 de junio de este año mientras me encontraba en Washington DC en reuniones con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), el aparato policial al servicio del gobierno me acusó de terrorismo y crimen organizado. Esa acusación ha significado una especie se sentencia de muerte en mi contra ya que desde ese día se arreciaron cientos de amenazas de muerte, policías y paramilitares rondaron mi casa y mi centro de trabajo, e intimidaron a mis familiares.

El 11 de julio, un grupo de al menos 20 paramilitares detuvo mi automóvil y, al reconocerme, me obligaron a salir y me retuvieron junto a mis acompañantes apuntándome en todo momento con fusiles Ak-47 y otro armamento de alto calibre. Me preguntaron si estaba listo para morir. En un video grabado por ellos mismos que se volvió viral, me liberaron ileso diciendo (y cito) “agradece al Comandante Ortega que aún estas vivo…” Dijeron que aún no tenían permiso para matarme. Sin embargo, el 13 de julio mientras sostenía una reunión privada con estudiantes en la ciudad de León, más de 30 personas irrumpieron en el salón de reuniones para propinarme una golpiza que me causó varias fracturas. Mientras vivía ese ataque de grupos afines al partido de gobierno, corría por mi mente los mismos sentimientos de dolor que viví a mis doce años al atravesar la frontera, nadando en un río casi congelado y sintiendo que se pierde el derecho a vivir en paz en el mismo país de mi nacimiento.

Aún en medio de todo ese dolor tengo la oportunidad de dar ante ustedes este testimonio. Las voces de cientos de nicaragüenses han sido calladas para siempre. Más de 300 personas—en un estimado sumamente conservador—han sido asesinadas entre ellos, mi amigo el periodista Ángel Gahona, asesinado de un tiro en la cabeza al inicio de la crisis. Mis colegas Cristhian Fajardo y su esposa Maria Adlia, están en la cárcel, al igual que los líderes del Movimiento Campesino Medardo Mairena y Pedro Mena, la señora Irlanda Jerez, y los líderes universitarios Levis Rugama, Yaritza Mairena, Victoria Obando, Edwin Carcache, y Alejandro Centeno. Al menos otros 240  activistas pacíficos, como Noel Valdez y John Amort , están presos por haber participado en las protestas. ¡El número de presos políticos continúa en aumento!

El día de hoy Nicaragua se ha convertido en una inmensa prisión que simula ser un lugar bajo control. Sin embargo, todos los días se vive un ambiente de terror y persecución indiscriminada. Personas armadas enmascaradas acompañados de policías irrumpen en la privacidad de los hogares nicaragüenses, sin ninguna orden judicial. Para ellos, encontrar una bandera azul y blanco—que es una bandera nacional—es un delito. Defensores de Derechos humanos y líderes religiosos de todas las denominaciones están siendo perseguidos y amenazados de muerte. Grupos de paramilitares invaden la propiedad privada, detienen a ciudadanos al azar y les quitan sus teléfonos móviles. El más mínimo hallazgo de un tweet o un mensaje contra el gobierno significa encarcelamiento y graves métodos de tortura tales como la amputación de genitales o la penetración anal forzada a hombres y mujeres usando objetos como pistolas y fusiles de guerra.

¡Nicaragua se está convirtiendo en un país sin esperanza!

Entiendo que el mundo sufre de diversas crisis que obligan a que la comunidad internacional priorice sus esfuerzos y me solidarizo ante ellas. Sin embargo, por más de una década, el régimen de Daniel Ortega se ha beneficiado de estar fuera del radar internacional. Hoy estamos frente a una situación que además de causar atrocidades generalizadas sin precedentes dentro de Nicaragua, generan una peligrosa inestabilidad en una volátil región del mundo.

Esta no es una crisis más de derechos humanos que se puede resolver internamente. Existe una política de estado de violación masiva y sistemática contra la población civil y desarmada. Hay una bomba de tiempo en Nicaragua. Todos los días ocurren crímenes de lesa humanidad que está creando el ambiente necesario para un conflicto interno de mayores proporciones del cual estamos a tiempo de prevenir. Para ello, se requiere de la atención calificada de la ONU para asegurar la paz y la seguridad antes de que sea demasiado tarde.

Tomando nota del mandato del Consejo de Seguridad:

Dejo ante ustedes el clamor de una nación del mundo, pequeña en tamaño geográfico, pero inmensa en su deseo de tener una nueva oportunidad para la paz con justicia.